Leyendas Urbanas
Entre la realidad y la superstición

por Alberto Granados

Página 1 2 3 4

Leyendas Terroríficas

Aunque la mayoría evite reconocerlo, todos en alguna situación determinada sentimos miedo. Ante una tormenta, al escuchar un trueno, al ver un relámpago... ¿No ha notado cómo la boca se le secaba? ¿Cómo su corazón latía mucho más deprisa y se aceleraba su respiración?

Es simplemente nuestro cerebro avisándonos de que debemos tomar precauciones. Ante el temor, el ser humano se prepara para huir o protegerse. Nuestro cuerpo se pone en alerta y comienza a generar sus propias defensas: el corazón se acelera, los músculos se tensan y la sangre se dirige con rapidez hacia las piernas para facilitarnos la huida; empezamos a sudar... ¡Hasta el cabello se nos eriza!

El problema viene cuando este miedo se torna incontrolable, cuando nos supera, cuando llega a extremos inimaginables. Ante esto, las reacciones de nuestro organismo comienzan a ser preocupantes: taquicardias, opresión en el pecho, temblores... es cuando entramos en lo que los expertos diagnostican como... ¡pánico!

Pero... ¿dónde se encuentra la frontera entre el miedo y el pánico? ¿Qué situaciones nos provocan terror?

Los creadores de leyendas urbanas conocen desde hace tiempo la respuesta. Por un lado: callejones oscuros, cementerios lúgubres, casas abandonadas; en definitiva, parajes solitarios e incomunicados que logran provocar nuestra ansiedad. Por otro, todo lo que pertenece a otra dimensión, a la de lo desconocido: espectros, espíritus, ánimas... He aquí los ingredientes ideales para una terrorífica leyenda urbana.

Algunas las reconocerá el lector al instante porque nos han acompañado durante varias generaciones; otras en cambio son más modernas, están adaptadas a los tiempos actuales porque para inspirar terror hay un elemento que resulta imprescindible... ¡Deben parecer reales!

Bienvenido al capítulo de las leyendas terroríficas.

VERÓNICA

El frío les sorprendió aquella noche y a pesar del fuego que encendieron no conseguían entrar en calor. Añadieron algunos troncos más para templar algo la estancia. Habían imaginado aquel instante en numerosas ocasiones, ya desde los tiempos del instituto, y por fin se había hecho realidad. Según lo acordado, todos traían una historia que contar. Comenzaron los relatos, casi todos con contenidos terroríficos, asesinatos, cementerios..., la tensión iba en aumento.

Por fin le llegó el turno a Isaías. Se levantó, adoptó una expresión seria y comenzó a relatar una leyenda con voz grave mientras se escuchaba el crepitar de la hoguera y los demás atendían sus palabras casi sin mover ni una pestaña:

Sucedió en nuestro instituto hace algunos años. Me la contó el conserje, Félix, ese hombre tan siniestro que sólo su presencia atemoriza. Por cierto, ¿sabéis que dicen que asesinó y despedazó a un alumno? Bueno, esa historia ya os la contaré otro día —Isaías estaba consiguiendo asustar al grupo—.

Ésta le ocurrió a unos chavales hará unos siete años, cuando decidieron jugar a la ouija en el gimnasio. Unieron sus manos sobre el vaso y comenzaron a moverlo... «Espíritu ¿estás ahí?». «Espíritu ¿estás ahí?».

No se sabe muy bien lo que sucedió, pero el vaso se desplazó hasta la casilla del SÍ, alguien gritó y el pánico comenzó a apoderarse del grupo, estaban atemorizados, sólo había una excepción: ¡Verónica! Una chica de cabello rizado y pelirrojo que nunca se tomaba nada en serio. Se levantó entre bromas: «¡Esto no hay quién se lo crea!», se la escuchó decir mientras se dirigía hacia la puerta con la intención de marcharse. El caso es que sin darse cuenta —ninguno supo explicar después cómo sucedió—, tropezó con algún objeto del gimnasio y se precipitó contra la estantería en la que se apilaban las pesas de musculación.

El mueble osciló y varias se estrellaron contra el suelo, con tan mala suerte que una de ellas se empotró en la cabeza de Verónica. La chica quedó paralizada, exánime, hasta que un delgado hilo de sangre comenzó a recorrer su cara. Los ojos, entornados, se le quedaron en blanco y se derrumbó como si tuviera las piernas de barro.

Esa noche cambió la vida de aquellos muchachos; de hecho Félix me contó que varios de los chicos siguen aún en tratamiento psiquiátrico y uno de ellos, Israel, que al parecer llevaba unos meses saliendo con Verónica, ni siquiera ha podido recuperar el habla desde el trágico incidente. En el instituto se rumorea que el espíritu de Verónica sigue vagando por los pasillos, y que si una joven se coloca sola frente a un espejo con una vela encendida y repite tres veces el nombre de la infortunada, puede contemplar su propia muerte a través del cristal.

—¡Tú estás de coña! —exclamó jocosa Elvira.
—¡Esto no hay quien lo crea!... ¿Y dices que sucedió en nuestro
instituto?
—De coña, ¿dices? —contestó Isaías, acaso tocado en su orgullo.
—Pues si verdaderamente estás convencida de que se trata de una mentira, quizá lo podamos comprobar. Yo estoy seguro de que todo lo que he contado sucedió realmente. ¿Qué te parece si alguna de estas tardes, cuando el instituto esté vacío, nos colamos, entras sola en el baño y repites frente al espejo tres veces el nombre de Verónica?
—¡¡Uuuhhhh, qué mieeeedoooo!!! ¡Pues claro que lo haré, no soy una cobarde como tú y los demás! —exclamó con aire de superioridad.

Continúa > >

Página 1 2 3 4