Felipe II y el secreto de El Escorial

Una biografía maldita

por Mariano F. Urresti

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Seis años antes, estando en Logroño, el rey ordenó a Juan Ruiz de Velasco que abriese un cajón del escritorio que llevaba consigo. Dentro del cajón había un pequeño crucifijo y unas velas de Nuestra Señora de Montserrat.

También conservaba el rey una disciplina bastante usada. Todas aquellas cosas habían sido de su padre, Carlos V, y le dijo al cortesano que recordara siempre dónde estaban, puesto que un día se las pediría cuando creyera que estaba próxima su muerte. Y ese momento, era evidente, había llegado ahora, de modo que mandó al mismo cortesano que abriera el mismo cajón.

Carlos V había muerto empuñando aquel crucifijo, y Felipe II tenía el mismo propósito. Mandó colgarlo dentro de las cortinas de la cama, “frontero con sus ojos”, a decir de Sigüenza, y pidió que tras su muerte el crucifijo regresase al mismo cajón de donde lo sacaron para que, cuando llegara el momento, también su hijo Felipe (III) lo pudiera tener junto a sí.

Y de este modo, armado de reliquias y de un crucifijo, pertrechado de oraciones y rodeado de clérigos, Felipe II siguió dando instrucciones para su tránsito como si fuera un antiguo faraón egipcio. Imaginamos que de vez en vez miraba aquellas terribles pinturas de El Bosco. ¿Adónde iría él? ¿Al cielo? ¿Al infierno que algunos decían que estaba debajo mismo de aquella fábrica de El Escorial?

El Demonio reía y se relamía. ¿Qué estaría haciendo Dios en ese instante?
Ordenó entonces hacer su ataúd, y además exigió que se lo trajesen allí mismo, “y daba en todo la traza y el modo, como si fuese negocio para otro”, leemos al fraile jerónimo. También dispuso que se le fabricase una caja de plomo, y ordenó que una vez muerto lo metieran dentro de ella para evitar los malos olores de la putrefacción. Y si esta biografía maldita está repleta de historias escalofriantes las unas y bellas las otras, no es menos poético el origen de la madera de su propio féretro.

Cinco años antes, paseando cerca de Lisboa, el rey vio los restos de un barco varado en la arena. El viejo buque se había llamado Cinco llagas. Como si tuviese una premonición, Felipe comprendió que aquella madera debía servir para hacer su última morada. Las cinco llagas de Cristo tal vez le recordaron su mesiánica misión a favor del cristianismo, o quién sabe qué pasó por su mente. El propio Sigüenza reconoce en su crónica que desconoce el motivo por el cual el monarca tuvo aquella idea, pero lo cierto es que ordenó que se llevaran a El Escorial aquellos tristes maderos, de los cuales también se hizo una cruz para la basílica del monasterio.

Con medio equipaje hecho, el rey aún se resiste a morir (o a nacer) Aguanta las acometidas de la Muerte hasta que el día 11 de septiembre se despide de los suyos. Les ordena perseverar en la fe y muestra su deseo de comulgar de nuevo. Tenía dicho a sus médicos que le informaran de cuándo había llegado su hora, y cuando éstos se lo hicieron saber, el monarca pidió refuerzos espirituales. ¿Acto de fe o terror desmedido?

Solicitó la presencia otra vez de confesores y clérigos, incluido el Arzobispo de Toledo, y hubo mucha plática y oración, como si aquel moribundo no hubiera sido preparado una y mil veces para el viaje que se avecinaba. Y a pesar de todo, dice Sigüenza, él pedía más y más oraciones y discursos.

Hora y media antes de expirar “tuvo un paroxismo tan grande que todos creyeron que había acabado”, de modo que comenzaron los lamentos y los llantos. Pero como en la mejor de las películas de terror, de pronto el supuesto muerto abrió desmedidamente los ojos y asió el viejo crucifijo de Carlos V con una fuerza propia de un hombre pletórico de salud ante la estupefacción, y tal vez un susto morrocotudo, de todos los presentes.

Pasó una noche más en medio de inacabables oraciones y mil besos al crucifijo de marras repitiendo mil veces mil un millón que “moría como católico”. ¿A qué tanta repetición de lo obvio? ¿O no era obvio?

El alba del día 13 de septiembre estaba a punto de romper por el Oriente. Eran las cinco de la madrugada cuando, al fin, “con un pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas, salió aquella santa alma y se fue (…) a gozar del Reino del Soberano”, asegura el cronista Sigüenza. Pero, ¿estaba el monarca tan seguro como el fraile jerónimo de que lo aguardaba el Reino de los Cielos? ¿Y si se incorporaba a aquellos escenarios terribles pintados por El Bosco y se convertía en un atormentado inquilino más del Infierno?
Un día como aquel, pero 14 años atrás, se había puesto la última piedra de la fábrica del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la fortaleza que algunos dicen que selló una entrada al infierno.

Compusieron el cuerpo según las instrucciones que el propio rey había dejado dichas. Lo envolvieron en una sábana sobre camisa limpia que le pusieron a solas don Cristóbal de Mora y don Fernando de Toledo para que nadie viera el terrible estado en el que se encontraba su cuerpo. Esos dos cortesanos fueron los encargados de cumplir una última voluntad del soberano: ataron a su cuello un cordel del que colgaba una vulgar cruz de palo, que fue la única joya, si puede ser llamada así, que llevó consigo hacia el más lejano poniente.

Antes de cerrar el féretro, el futuro Felipe III quiso ver por última vez a su padre. Luego, gran copia de caballeros sacó el ataúd de la minúscula alcoba real y se formó una comitiva enlutada y dramática que recorrió como Santa Compaña los pasillos escurialenses con el muerto a hombros. Se celebró misa, y finalmente lo condujeron a dormir el sueño eterno con los suyos.

No sé lo que hizo el Demonio al ver muerto a su adversario, pero Dios no pareció mover un músculo. Tras la muerte del rey amaneció precisamente el día del Señor, un domingo, luminoso y alegre. Era el día 13, el número que en el Tarot corresponde a la Muerte; una carta de cambio, muda y transformación.
¿En qué mudó Felipe? ¿En Rey Prudente o en Demonio del Mediodía?

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