Felipe II y el secreto de El Escorial

Una biografía maldita

por Mariano F. Urresti

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Llegan brazos y canillas ante el moribundo y tiene lugar otra escalofriante escena en la que el atormentando rey besa “con boca y ojos” aquellas reliquias y pide que se las pongan sobre la rodilla herida. Naturalmente, de inmediato siente alivio, de modo que le confeccionan un altar allí mismo, a los pies de su cama, con huesos y pellejos.

Es hora de revisar una vida, suponemos. Y entonces Felipe II “mandó hacer muchas y notables limosnas en estos días que duró su enfermedad”, escribe Sigüenza. Y así fue como se casaron muchas huérfanas, se socorrió a viudas y gente humilde y se dijeron muchos novenarios de misas. Y mientras, el rey no pierde de vista sus reliquias, hasta el punto de cuando caía en la inconsciencia su hija solía gritar que nadie las tocara, aunque nadie las tocaba, para que de inmediato su padre recobrar la conciencia ante el temor de que, en efecto, algún cortesano las cambiase de sitio.

¿Dónde fue a parar el rey del mundo? ¿Adónde se llevaron al nuevo rey Salomón? ¿Quién es ése desconocido que ocupa su lugar en esa cama? ¿Cómo fue que se esfumó tan gran monarca en un abrir y cerrar de ojos?

Cave, cave, dominus videt

“Mandó poner a todos los lados de la cama y por las paredes de su dormitorio crucifijos e imágenes”, leemos en la crónica de Sigüenza. Entre esas imágenes estaban algunos cuadros de un pintor extraño, un cicerone de mundos lejanos y próximos al mismo tiempo, cancerbero de infiernos y caricaturista de la moral humana: Hieronimus van Aeken, El Bosco.

¿Por qué ordenó Felipe II que trajeran a El Escorial cuantas obras de El Bosco fuera posible? ¿Qué razón tuvo para consumir sus últimas horas en este mundo contemplando las aterradoras descripciones del infierno que plasmó en sus obras el genial artista flamenco?

Esas preguntas serían suficientes para escribir un libro, pero aún resulta más inexplicable responder por qué Felipe II hizo traer a su presencia todas las obras que pudo de ese pintor. Y se dice que llegó a tener al menos nueve de ellas, entre las cuales estaban algunos de los trabajos más representativos de nuestro hombre. Detengámonos en alguno de ellos para comprender la tremenda incomodidad que supone para la ortodoxia explicar la muerte de Felipe II contemplando imágenes de esa guisa y no de santos convencionales.

Tomemos, por ejemplo, la Mesa de los Pecados capitales. ¿Qué nos encontramos en ella? En primer lugar, sorprende que la obra se estructure en cinco círculos. El más grande es el del centro, dividido a su vez en tres anillos concéntricos. Se supone que es el Ojo de Dios, y una leyenda escrita en latín nos advierte que todo lo vigila: Cave, cave, dominus videt (Cuidado, cuidado, el señor observa).

En el anillo exterior están representados los siete pecados capitales: Ira, Soberbia, Lujuria, Avaricia, Gula, Pereza y Envidia. Finalmente, en los cuatro ángulos de la tabla hay otros tantos círculos donde aparece el tema favorito de El Bosco: Muerte, Juicio Final, Infierno y Gloria.

Y ahora, imaginen a Felipe II. Los ojos desorbitados, los labios resecos, las llagas supurando, mascullando oraciones y besando pellejos y huesos de santo mientras en la pared de su alcoba se daban cita los peores sueños de El Bosco. Y es que hay algunos autores que creen que en esas horas finales de su vida el rey hizo que trajeran a su presencia todos los cuadros de este pintor flamenco que tenía en el monasterio. Otros creen que no tuvo todas las obras en la habitación, pero sí varias. Y desde luego, existe el consenso de que la sí tuvo delante en el postrer instante de su existencia fue El Jardín de las Delicias, o al menos una copia de ella.

El Jardín de las Delicias es otro tríptico sobrecogedor que cuando está cerrado nos muestra una inquietante burbuja de cristal que a modo de un matraz alquímico representa la Creación. Y una vez abierto, nos encontramos ante el despliegue propio del microcosmos de Hieronimus.

En la tabla izquierda aparece la creación de Adán y Eva. Él se muestra absolutamente desnudo, y ello ha llevado a algunos investigadores a plantear la posibilidad de que El Bosco pudiera haber estado vinculado a la corriente herética de los Adamitas. Se trató de una secta cuyo origen algunos fechan en el segundo siglo de nuestra era y que se mostraba a favor de la desnudez del cuerpo y de la práctica del sexo de forma absolutamente libre. Padres de la Iglesia como San Epifanio o San Agustín ya los mencionan, de modo que debían traer de cabeza a los prebostes católicos desde el principio.

Para esta curiosa secta, el matrimonio era cosa detestable y realizaban sus rituales completamente desnudos. Los hay que hermanan a este grupo curioso con los gnósticos carpocratianos, que también tenían costumbres muy relajadas en lo que al sexo se refiere. En todo caso, huelga decir que fueron perseguidos con saña, pues nada molesta tanto a la Iglesia como el cuerpo humano que el propio Dios creó, y además a su imagen y semejanza. Y ésa es una reflexión que podrían hacerse cardenales y mitrados sin demora.

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