Felipe II y el secreto de El Escorial

Una biografía maldita

por Mariano F. Urresti

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La Muerte del Demonio del Mediodía

Nacer y morir tal vez sean experiencias muy similares. Y Felipe II, a quienes sus admiradores llamaron Rey Prudente y sus enemigos Demonio del Mediodía, tuvo miedo a ambas.

Tuvo miedo a nacer y el parto se demoró 13 interminables días. Y tuvo miedo a morir y su agonía se convirtió en vía crucis de 53 jornadas. Un verdadero camino hacia el calvario, sino fuera porque sus enemigos dirían que no fue un Mesías del catolicismo, como él pensó, sino el mismísimo Demonio.

Y ya fuera Dios o fuera el Demonio quien lo ideó, su muerte, rodeado de fantasmas interiores, heridas sangrantes y huesos de muerto fue un verdadero martirio.

Desde 1592 su salud se había deteriorado irremediablemente. La gota había afilado aún más sus garras para clavarlas en las carnes del rey, hasta el punto de que ni siquiera podía firmar los documentos que tenía ante sí. Los dolores eran tan intensos que ni siquiera podía permanecer en la cama sin padecerlos. Tampoco había modo de estar sentado, y fue entonces cuando su ayuda de cámara, Jean L’Hermite, ideó un ingenio consistente en una silla articulada que permitía al monarca cambiar de postura.

Siendo consciente de que el tiempo se le escapaba de entre sus doloridos dedos y que le llegaba el momento de enfrentarse con sus propios fantasmas, el rey prefirió hacerlo en su madriguera y ordenó su traslado al monasterio de El Escorial.

El mes de junio de 1598 expiraba cuando salió del alcázar madrileño una comitiva espectral. El 30 de junio partió de Madrid para no regresar. Durante seis días su silla articulada fue transportada por porteadores que se turnaban en el oficio. Jamás pareció el monasterio escurialense tan lejano de Madrid como en aquel verano en el que el rey que se creyó Mesías comenzó su itinerario hacia otro mundo. Y al fin, el día 5 de julio pudo ver las torres orgullosas y enigmáticas de su templo.

Al día siguiente entró en la fábrica de Dios cuya construcción tanto había incomodado al Demonio.

In ictu oculi

“En un abrir y cerrar de ojos” se va la vida. Se escurren los granos del reloj de arena de modo tan sigiloso que no escuchamos sino la caída al fondo del último de ellos, cuando ya todo es demasiado tarde y nos enfrentamos a las imágenes de nuestra propia vida. ¿Qué hemos hecho en ella?

Dicen que el insigne pintor barroco del siglo XVII Juan de Valdés Leal se inspiró en El Discurso de la Verdad, escrito por Miguel de Mañara, para pintar los dos lienzos tenebrosos que evocan Las Postrimerías de la Vida. En uno de ellos se representa el Triunfo de la Muerte bajo la forma de un esqueleto que porta una guadaña. El descarnado personaje se alza sobre todas las cosas de este mundo, desde una tiara papal hasta los libros de los más sabios. “In ictu oculi”, en un abrir y cerrar de ojos, se lee en una leyenda que aparece en la obra, todo se fue.

Detengámonos en este cuadro, puesto que si bien es cierto que es posterior a Felipe II y nada tiene que ver con él, la verdad es que la muerte del monarca podría haber inspirado al andaluz Valdés Leal tanto o más que el texto cuya lectura lo impulsó pintar esta obra.

Fray José de Sigüenza nos dice en su crónica sobre El Escorial que el monarca sufrió el 22 de julio de 1598 calenturas a las que se unió un principio de hidropesía. Se le hincharon vientre, piernas y muslos al tiempo que una sed feroz lo consumía.

Aquella fiebre lo marchitó durante siete días completos, presintiéndose tan a las puertas del infierno que el fraile jerónimo afirma que Felipe se sintió “asado y consumido del fuego maligno”. ¿Creyó tal vez el rey que aquél era su postrer destino?

Ya fuera Dios o el Diablo, alguien envió al monarca una agonía cruel. Apareció encima de la rodilla derecha “una postema de calidad maligna, que fue creciendo y madurando poco a poco con dolores muy fuertes”, escribe Sigüenza. El médico Juan de Vergara abrió con hierro aquel absceso purulento, pero aquel sajar y sangrar no sería el último, sino el primero de los que padecería el rey en su temible agonía.

Pudiera ser fe, pero también miedo, lo que llevó a Felipe a ordenar lo que en seguida se dispuso. Buscó burladero en Dios y se confesó ante fray Diego de Yepes, a quien le pidió que le leyera la pasión según San Mateo. ¿Era lectura para confortar el alma o porque se sentía en igual trance que el Mesías?

Mandó que trajeran ante sí sus reliquias favoritas, de modo que al pie de su cama, de cuya vera no se movió su hija Isabel Clara Eugenia, se fue formando un espectral espectáculo con “la rodilla entera con el hueso y pellejo del glorioso mártir San Sebastián”, un brazo de San Vicente Ferrer, una costilla del obispo Albano y otros fetiches de similar naturaleza.

Y todo ello fue traído ante la minúscula alcoba del gran monarca en una procesión de gran solemnidad que habría que haber visto para poder describirla con justicia recorriendo los sombríos pasillos del monasterio. El confesor Diego de Yepes, el prior fray García de Santa María y el mismísimo príncipe Felipe, en breve Felipe III, formaron parte de la dantesca romería.

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