«Conspiración en la Luna»

por José Lesta

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LA LUNA NO DEBERÍA ESTAR AHÍ


Quizás lo más inexplicable de nuestra querida y vieja Luna sea que, sencillamente, no debería estar ahí. Aunque parezca increíble, esto es exactamente lo que piensa la mayoría de los científicos hoy en día. Pero dejemos que sea el prestigioso escritor de ciencia-ficción y divulgador ruso Isaac Asimov el que nos lo explique:

«Después de todo, la Luna existe y está ahí. ¿Por qué no aceptarlo? La respuesta es que estudiando el resto del sistema solar llegamos a la conclusión de que la Luna no debería estar ahí. El hecho de que lo esté es una de esas casualidades demasiado buenas para poder ser aceptadas. Los planetas pequeños, tales como la Tierra, con débiles campos de gravedad, normalmente carecen de satélites. Plutón no tiene ningún satélite conocido, ni tampoco Mercurio o Venus… Pero la Tierra, de manera sorprendente, sí tiene uno: la Luna.
Pero esperen un momento. No he mencionado a Marte. Marte, aunque es solamente un décimo de la Tierra, tiene dos satélites. ¿Qué les parece?

Bueno, no todo consiste en tener satélites. Lo más importante es el tamaño de esos satélites. Digamos, pues, que en general, cuando un planeta tiene satélites, éstos son mucho menores que él. Así pues, si la Tierra tuviera un satélite todo nos haría sospechar que, como mucho, sería un pequeño mundo, quizás de unos 45 kilómetros de diámetro.
Pero no es así. La Tierra no sólo tiene un satélite, sino que tiene un satélite gigantesco, de más de 3.200 kilómetros de diámetro. ¿Cómo es posible? Sorprendente».

No es de extrañar que Asimov se sorprenda. El satélite más grande que gira alrededor de Júpiter es 18 veces más pequeño que el planeta, mientras que la Luna, es tan sólo 4 veces más pequeña que la Tierra. Además, se da la “buena casualidad”, como diría Asimov, de que gira a la misma velocidad que la Tierra, es decir, siempre nos muestra la misma cara. Algo estrechamente relacionado con la evolución de la vida en la Tierra.

Sin embargo las sorpresas que deparó la Luna fueron aún mayores. En el viaje de regreso de la nave Apollo 12, la NASA estrelló el módulo lunar, que era inservible, contra la superficie de la Luna. De esa manera podían observar que ocurría si un objeto con la fuerza de choque de una tonelada provocaba una pequeña sacudida en nuestro satélite. Los resultados –publicados en la revista Science el 12 de noviembre de 1971- que detectaron los sensores sísmicos dejados en la Luna fueron desestabilizadores. Las ondas de choque, en vez de atenuarse, aumentaron con el paso de los minutos. Duraron casi una hora. ¿Cómo era posible?

LOS TERREMOTOS ETERNOS


Al parecer, y por alguna razón que aún se desconoce, las ondas sísmicas en la Luna aumentan paulatinamente y se mantienen por largo tiempo hasta que comienzan a desaparecer. Pero había que hacer más experimentos para averiguar qué era lo que ocurría realmente. Éste era uno de los cometidos de la fallida misión Apollo 13, cuyos tripulantes estuvieron a punto de perder la vida.

En el viaje de ida se hizo chocar contra la Luna la última fase del cohete Saturno que los había llevado hasta el espacio. El impacto se produjo a tan sólo 135 kilómetros del lugar donde la anterior misión, Apollo 12, había colocado un segundo sismómetro de precisión. De nuevo sorpresas. Esta vez las ondas de choque se multiplicaron frenéticamente —casi 30 veces— y el terremoto duró 3 horas y 20 minutos. Los siempre comedidos científicos de Houston estaban impresionados.

El experimento sísmico más interesante se realizó en la misión Apollo 14 tras dejar colocado un nuevo aparato para mediciones sísmicas. Era la primera vez que estaban asentados en la superficie lunar tres sismógrafos. Con ellos era posible triangular las señales y tener una idea más detallada de lo que estaba ocurriendo en el enigmático interior de nuestro satélite. Tras efectuar su regreso a Tierra, la Apollo 14 también estrelló los restos inservibles de su nave.

A los pocos días, el boletín oficial de la NASA –en su artículo Apollo 14: Science at Fra Mauro, página 17- describió así lo ocurrido: «La Luna reaccionó como un gong. Vibró durante 3 horas y las vibraciones llegaron hasta una profundidad de unos 30 a 35 kilómetros». La Luna sonaba como una campana. Pero hubo algo más que los científicos comentaron entre sí pero no publicaron: las ondas sísmicas hicieron temblar a la Luna de un modo tan preciso que la vibración se propagó por toda su superficie «como si en su interior hubiese un gigantesco amortiguador hidráulico». ¿De qué está hecho el interior de la Luna?

GAGARIN NO FUE EL PRIMERO


Si la vieja Selene nos sorprende con sus poco convencionales datos, los secretos de la carrera espacial son, si cabe, más inquietantes.
Veinte días antes del vuelo de Gagarin, un hombre con el cuerpo semicalcinado y abrasado por las llamas llegó al prestigioso hospital Botkin de Moscú. El médico que lo trató, el doctor Goliakovski, jamás había visto quemaduras de ese tipo: «Carecía por completo de piel, no tenía pelo en la cabeza y sus ojos habían desaparecido de su rostro, pero el paciente estaba vivo».

El estado de aquel hombre era tal que sólo pudieron inyectarle analgésicos a través de las plantas de los pies. Aún así, su cuerpo resistió 16 horas más hasta que su corazón dejó de latir. Se trataba de un hombre joven, concretamente del teniente Sergeiev, de la Fuerza Aérea soviética. Tenía tan sólo 24 años.

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