Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Jesucristo

por Miguel Lorente

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El «big bang» del cristianismo


Hace cerca de 2.000 años, alrededor del año 30 de nuestra era, tuvieron lugar unos acontecimientos que cambiaron la historia de la humanidad. En Jerusalén, una zona periférica y pobre del Imperio Romano, fue ejecutado un tal Jesús, un profeta de Nazaret.

Una crucifixión como aquélla era algo absolutamente normal en una región en la que, además de los delincuentes comunes, abundaban los rebeldes contra Roma y no faltaban los predicadores que molestaban a las autoridades religiosas judías. De hecho, poco antes había muerto uno de esos predicadores, un tipo estrafalario e incordiante que bautizaba a sus seguidores en el Jordán, y junto con Jesús fueron ejecutados dos ladrones.

Tanto para los romanos destinados en aquel rincón del mundo como para la población local, el hecho no tenía nada de extraordinario. Y sin embargo, pocos años después, el reducido grupo de seguidores del profeta crucificado se había convertido en una amenaza para el Imperio; tanto como para que fueran reconocidos y perseguidos con saña por el poder de Roma. Había nacido el cristianismo.

El cristianismo es un pilar esencial del mundo actual, impregna la cultura, el arte y el pensamiento de Occidente; y es la religión de un tercio de la humanidad; como tal, su historia es bien conocida. Pero, curiosamente, se sabe muy poco de su momento fundacional. Se conoce bien la vida de Jesús y el desarrollo posterior de la iglesia que se basa en él.

Pero el momento en que todo comienza, el big bang del cristianismo permanece envuelto en la bruma. Ese momento no es otro que el de la resurrección, el período que va desde el apresamiento de Jesús hasta su marcha definitiva de este mundo (lo que, en la tradición cristiana, se conoce como la Ascensión), los 42 días oscuros en que el cristianismo da su primer vagido.

Éste es el tema del libro «42 días, Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Jesucristo», el análisis minucioso de la muerte, resurrección y posteriores apariciones de Jesús; unos hechos absolutamente extraordinarios, porque, ocurriera o no la resurrección, hubo personas que creyeron en ella, y esa creencia se extendió por todo el mundo y cambió la Historia.

Una tesis atrevida


La tesis central de esta obra, cuyo autor es médico forense, es que Jesús no llegó a morir en la cruz. Sufrió un coma superficial que le llevó a padecer una muerte aparente. Dado por muerto por los soldados romanos, fue descolgado de la cruz y llevado al sepulcro de José de Arimatea, como cuentan los Evangelios.

La propia acción del descendimiento tuvo efectos rehabilitadores; al tumbar el cuerpo, se redistribuyó mejor la sangre y se facilitaron los mecanismos respiratorios. Luego, en el sepulcro, los productos que le aplicaron para lavar y preparar el cuerpo para la sepultura (áloe y mirra), tuvieron efectos terapéuticos (cicatrizantes, hidratantes, antipiréticos y otros, efectos todos propios de esos productos), y Jesús revivió.

Más que una resurrección como normalmente se entiende, como retorno de la muerte, se trató de una resucitación biológica, un fenómeno en el fondo natural, pero extraordinario por el cúmulo de circunstancias que coincidieron en él.

Fue extraordinario que Jesús no muriera en la cruz, máxime con todas las torturas que le habían infligido anteriormente; sin embargo, no era algo totalmente imposible, el historiador Flavio Josefo registra algún caso semejante en sus escritos. Otras circunstancias (la prisa de los discípulos, motivada por el miedo y por la proximidad del sábado, durante el que no podría hacerse nada) contribuyeron a lo excepcional del suceso.

Ese cúmulo de casualidades constituye para el autor un verdadero milagro. A este respecto, recuerda la escena de una antigua película en la que un grupo de mujeres rezan, emocinadas y convencidas de hallarse ante un milagro, a los pies de una imagen de Cristo de cuyos ojos caen lágrimas. Alguien le hace notar al cura de la Iglesia que las lágrimas no son sino gotas de agua que escapan de una cañería picada que se encuentra justo encima del Cristo. Pero esa coincidencia, viene a decir el cura, ¿no es acaso el milagro?

La muerte y supervivencia de Jesús, afirma por su parte Miguel Lorente, es un milagro de ese tipo. Y no hay contradicción entre los hechos históricos, tal como él sostiene que fueron, y la idea de la resurrección como comúnmente la entienden los cristianos. Jesús venció a la muerte en unas circunstancias prácticamente milagrosas, y al reencontrarse con sus discípulos, éstos interpretaron como resurrección aquella resucitación biológica.

Los hechos históricos y la fe confluyen en ese momento maravilloso.

Una investigación minuciosa


Esa tesis, que puede expresarse en pocas palabras, está ampliamente justificada y documentada en el libro. Miguel Lorente parte del testimonio más sólido de la pasión de Jesús, la Sábana Santa de Turín.

En su opinion, la Sábana es auténtica (las dataciones que sitúan su origen en siglos posteriores pueden explicarse por los avatares históricos sufridos por la tela: el efecto del fuego y del agua, contaminaciones orgánicas, incorporación de materiales extraños), y es la que envolvió el cuerpo de Jesús no en el momento del descendimiento de la cruz, sino posteriormente, al ser tendido en el sepulcro para ser lavado.

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