LA VOZ DE LAS SOMBRAS

Ocurrió exactamente hace una década y no lo olvido. Si cabe he ido recordando con mayor nitidez a lo largo de todo este tiempo, quizá exagerando inconscientemente algunos detalles a fuerza de revivir aquella estampa que para mi es, ante todo, auténtica y emocional.

A los recién inaugurados estudios de la nueva emisora Radio Voz -aquella que iba a ser la nueva Antena3 y al final no fue ni su sombra -  llegaba, en mitad de la madrugada, un individuo de porte extraño, diferente, digno de la crónica negra clásica. Lucía perilla afilada, mirada aquilina y pelo con inicio de volutas al modo de Gustavo Adolfo Bécquer enmarcando un rostro anguloso y pálido.

En las primeras semanas de distante convivencia- yo hacía de reportero volante del célebre Espacio en Blanco- aprovechaba para aproximarme disimuladamente a su mesa de trabajo, allí al fondo, siempre en el rincón oculto de las miradas curiosas tal y como mandaban- según sus palabras- los cánones de este tipo de periodismo en el que cualquiera puede ser el sospechoso.

- ¿Y cómo se llamará tu programa? – le pregunté un día intentando ubicarlo definitivamente.

Me miró muy serio, abrió su paquete de cigarrillos Lola- una marca prácticamente desaparecida ya en aquel entonces y que engalanaba su caja con flores secas y amarillentas-  y cogió uno con la mano temblorosa. Era tan evidente el cimbreo que, a pesar de la diferencia de edad, quise reconfortarle pensando en los nervios del inminente estreno.

- Está próximo el debut y la tensión se acumula ¿eh?- insistí ante su silencio.

Se atusó la perilla y sonrió.

-No es eso –contesto con aquella voz que ahora vuelvo a escuchar perfectamente- Al revés, a mi ya pocas cosas me espantan. Quizá tu tengas nervios por el inicio, amigo...yo los tengo pero solo de ganas por ponerme delante de ese micro y contar todo lo que se.

Aquella noche, ya muy tarde, me enseñó el tesoro de su cajonera. Libros a medio terminar, proyectos, portadas de prensa antigua, informes policiales, fotografías de psicokillers y hasta crónicas recortadas de su tiempo de director en el rotativo más clásico del lado oscuro: El Caso.

Al final, tengo que reconocerlo, me apasionaba más el encuentro clandestino con Juan Ignacio Blanco que casi la labor en mi propio programa. Con él, siempre escuchando, aprendía.

En su rostro a veces demacrado vi lo que era un periodista de sucesos comprometido con un oficio siempre mal visto. No era el atildado hombre de los asuntos de negocios, no era el apuesto galán de los magazines, no era el dinámico y juvenil locutor de deportes. No; él era y representaba todo lo contrario. Era el otro mundo que está ahí y a veces asusta y fascina, como el miedo y lo irracional que llevamos dentro.

Como la pintura negra de Goya, el cuadro grotesco de Solana y la fotografía de Buñuel en Las Hurdes. Como el crimen de Cuenca y el cadáver solitario en mitad de la vía. La esquina amarga e hipnótica de los que cuentan el mundo del crimen y la investigación policial.

Él representaba al reportero resucitado de aquellos años treinta a los que yo tanto admiro y menciono; Olmet, Alardo Prats, Ignacio de Arcelu, Ignacio Carral... un contador, un denunciante de lo que pasa, un cronista, un notario de la maldad, pero también un investigador comprometido que permanece alerta para conocer más y quizá evitar la próxima desgracia.

Un periodismo donde el narrador es ya detective, donde se está siempre solo ante la encrucijada del suceso, donde se confunden los términos, y a veces se acaba siendo protagonista de la propia crónica. Un periodismo que es el  más vivo y orgánico, el más primitivo y directo, el más auténtico. Ese mismo del que ya apenas solo queda el recuerdo reciente gracias a criaturas noctámbulas como Juan Ignacio.

- Iker, acuérdate de lo que te digo, esto trae muchos sinsabores. Otros periodismos son más cómodos. Te darán más. Ganarás más, serás más célebre....

Decía eso y se reía porque yo me reía también. Sabíamos que esto no se elige, que es como el misticismo del religioso, como la locura, como el artista que es arrastrado por los pinceles o el instrumento. Algo fuera de la racionalidad. Un torbellino interior que no te deja escapar.

- No se comprende socialmente nuestra labor, nadie nos da facilidades...

Y cuanto más hablaba, entre calada y calada, más ganas tenía él de salir ahí fuera a hablar y yo de escucharle…

- Invítame a un café, anda, y te cuento la verdad del caso aquel de...

A través de largas horas y el humo denso de sus Lola tuve el privilegio de asistir como  alumno a un improvisado curso que se impartía en el rincón de aquella redacción  diáfana, con esa horrible luz blanca que apenas dejaba resquicios para la penumbra.

- La iluminación es muy importante a la hora de entrar en un tema o hacer que los invitados se sumerjan en ese asunto…no lo olvides.

Si la memoria no me falla o se me distorsiona- que todo es posible- recuerdo que a pesar de la cercanía, del coleguismo, del fluido diálogo en el mismo idioma, Blanco siempre fue frío, sin dejarse llevar por los afectos. Distante como el funambulista que viaja en el alambre que se alza sobre el abismo de ese lado oscuro, sangriento, irracional que, pese a quien pese, a veces late en un rincón oculto de nosotros…porque somos nosotros mismos.

He tenido la fortuna en todos estos años de aprender de otros maestros en esas lides, desde Paco Pérez Abellán a Manolo Giménez, Salvador Ortega o Pedro Costa. Cada uno con su estilo, con su propia escuela, más o menos aséptica, más o menos divulgativa y documentada. Pero –misterio- nada se me quedó tan grabado como aquellos meses y aquellas lecciones con el solitario hombre de la perilla; aquel ave nocturna siempre aferrada a sus cigarrillos y viejos recortes al final de la redacción. Él era el periodismo de sucesos en sí, con sus excesos y su peligro, con su genialidad y su impacto. Con sus glorias y caídas.

En un cementerio de la provincia de Murcia hay una tumba a la que nunca le faltan las flores. Es el pequeño nicho de Juan Pedro Martínez Gómez...El Niño de Somosierra.

Escucho y estudio permanentemente programas de radio. Son mi oficio y mi pasión y  procuro analizar sus inicios, sus estructuras, su interconexión entre palabra y documento sonoro. Soy un enamorado de la forma, de la atmósfera, del formato, de la creación para generar sensaciones. Intento aprender cada día de los que saben más que yo. Por eso no deja de sorprenderme que, después de diez años,  todavía escuche aquel arranque del Niño de Somosierra algunas noches, aunque nunca pude grabarlo más allá del soporte de mi propia memoria.

Se ha quedado ahí, en el alma,  como un impacto. Como el ejemplo que sobrecoge, exponente de la auténtica radio del suceso. La forma de intercalar los testimonios, de adentrarse poco a poco  en la historia, de sentirla, de emocionarse jugando al límite… Eso no se olvida aunque pase un siglo, como no se olvida esa crónica vieja que recortamos porque nos emociona y queremos arrancar del olvido al que siempre condena un periódico en veinticuatro horas.

Con los bamboleos de esta profesión nómada le fui perdiendo la pista. Coincidí tiempo después en algunos lugares de modo circunstancial y seguí de lejos su creciente fama que siempre es limitada en esa guillotina moderna de la televisión. Supe de su inmersión en las tinieblas del caso Alcácer, de su amistad con el padre de una de las niñas asesinadas, de su obsesión- como buen periodista de sucesos- por sacar la verdad a la luz, de sus posibles errores y hasta de las acusaciones que le hicieron y de sus supuestos problemas con la justicia.

- Volveremos a vernos amigo...hasta entonces, buen trabajo y disfruta del privilegio de contar.

Hace tiempo que no se de él. Mucho tiempo. Aquel torbellino del espantoso crimen de las tres jóvenes levantinas lo llevó a esos territorios a los que muchos no llegan porque no lo viven ni tienen sensibilidad para ello. Es el espectro que te atrapa y te lleva a un mundo terrorífico que desde fuera  ni siquiera se puede atisbar. Esa tela de araña que puede acabar atrapándole a uno para luego devorarle lentamente.

No se qué ha sido de él,  ni cómo le va, ni qué le pasó. Me llegaron, como siempre,  rumores maledicientes de aquellos que sufren con el éxito ajeno y se reconfortan en la desgracia y, como es natural, no les presté ni un minuto de atención pues la imagen que permanece en la retina de mi corazón, la que de verdad importa,  es aquella. La del hombre apasionado, al límite, entregado a una fuerza que se siente o no se siente.

Aquella noche hace tanto tiempo Juan Ignacio me sonrió entre la nebulosa de su propio humo y me dijo como se llamaba su programa.

- La voz...de las sombras.

Una madrugada de estas, hace solo unas cuantas, me despertó su imagen, me levanté como un resorte y me fui al despacho a anotar la idea que había llegado de la nada, como transportada en un sueño. ¡Haría una sección llamada La Voz de las Sombras! ¿Para qué cambiar nada?

No es un homenaje a aquel programa y si lo es. No es un homenaje a aquel cronista y si lo es. Por encima de todo es un recuerdo gratificante y auténtico a través del micrófono y la palabra. Como él hacía y seguramente volverá a hacer algún día.

La sección salió al aire la semana pasada como locura personal, recuperando un antiguo suceso ocurrido en las Islas Canarias ya olvidado hace décadas. Lo exhumé con paciencia de los viejos archivos y noté de inmediato -gracias a la tecnología sms- que el contenido y la forma sorprendía favorablemente a los que escuchaban. Y pensé que uno de aquellos amigos anónimos, quién sabe,  pudiera ser un hombre de perilla afilada, sonriendo entre calada y calada desde algún lugar sin identificar.

Fue emocionante leer, a eso de las cuatro de la madrugada y recién terminada la emisión, los mensajes de los oyentes que se agolpaban en la pantalla del ordenador de mi mesa. Una mesa, huelga decirlo, que siempre está en una esquina de la inmensa redacción vacía, clavada en ese ángulo lejano y discreto, tal y como mandan los cánones del auténtico periodismo del otro lado.

                                                                                                                                                                                                                                                                               Iker Jiménez