«Gracias, Chicho»

“Personas que puedan juzgar de verdad tu trabajo, como yo…pocas”

Martes 3 Febrero 2009 | Iker Jiménez

Reconozco que pocas veces me he sentido tan emocionado ante el micrófono. Al otro lado, el genio del suspense, del terror, de la comunicación audiovisual. Sin más.

Narciso Ibáñez Serrador había hecho un gran esfuerzo la noche del 1 de febrero para estar con nosotros. Hacía tiempo que su delicada salud le había mantenido apartado del mundial ruido en su confortable guarida. Quién sabe si escudriñando futuros proyectos, creando mundos nuevos con esa fuerza, con esa irradiación inmortal, que solo poseen los maestros.

Maestro, si señor. Y gigante. Y coloso. Así reconozco a Chicho. Con él me ocurrió como con Félix Rodríguez de la Fuente. De niño me impresionó, quedó grabado su discurso, su lección, en lo profundo de la mente. Pero seguro que sin comprenderla en su sentido más importante. Con el pasar de los años, con ese ir conociendo poco a poco algo de este extraño oficio, volví a verlos, volví a disfrutarlos, volví a sentirlos en su hondísima dimensión- a veces no percibida por críticos necios y por quienes han tapiado definitivamente su capacidad de emocionarse- de genios sin parangón.

También reconozco que tuve que contener mis lágrimas al escuchar lo que Ibáñez Serrador dijo de Cuarto Milenio. Lo dijo con esfuerzo, y con corazón. Rotundo, reiterándolo, como quien sabe que da un mensaje importante.

¡Y vaya si lo era!

Efectivamente, quién mejor que él. Quién mejor que la persona que inspira elementos muy importantes de esa insólita y ya longeva aventura de La Nave del Misterio. Las introducciones a los temas, el sentido narrativo de muchas cosas, las recreaciones, los relatos más intimistas.... Quién mejor que tú, maestro.

Innovador, arriesgado, contracorriente, durísimo director, exigente con cada detalle. En eso debía ser muy parecido al gran Félix. Y ambos conforman un tandem que es inspiración constante. En 1966 rompió el concepto audiovisual de este país con sus Historias para no Dormir. En ellas, llegaba un universo nuevo. ¡Ahí es nada! Por allí desfilaron, deslizándose en nuestras noches por la crujiente puerta entreabierta, Edgar Alan Poe y todos los grandes maestros de la literatura oscura. Incluido él bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel.

Cómo olvidar sus saludos a la audiencia, sus reflexiones antes de cada capítulo, sus juegos con el humor negro, dando paso al tema. Cómo borrar la estampa de su padre, el gran narciso Ibáñez Menta. Cómo olvidar obras maestras que ahora, aquí, en este tiempo de bits y de banda ancha, reivindico para los más jóvenes y lo hago con un grito: ¡Descubrid ese mundo! ¡El mundo de El Extraño Caso del Señor Valdemar, de Los Bulbos, de El Refugio, de Él Último Reloj, de El Televisor…!

Después, siempre experimentando, siempre hacia delante en la creatividad, nos aterró, nos mantuvo agarrando las sábanas con largometrajes como La Residencia o la insuperable, la onírica, la terrible, ¿Quién puede matar a un niño? basada en relato de Juan José Plans. Ahí es nada, el terror puro con niños y en pleno día. Así son los genios. Así son las personas de las que aprender. Así era “nuestro” Alfred Hitchcock. Aunque, a mi modesto entender, él es mucho mejor que Hitchcock.

No tenía esperanza de hablar con él. Las noticias que me llegaban no eran halagüeñas y quería respetar el reposo. Pero algo me empujaba, quizá el impacto de indagar febrilmente y desde hacía mucho no solo en las Historias para no dormir, sino en las maravillosas Historias de Medianoche que legó a la Cadena Ser en los años setenta mostrando su total dominio de las ondas radiofónicas. Sinceramente, mucho menos imaginaba que, con tremendo esfuerzo, siguiese, analizase y valorase nuestro programa. Y no soñé con que le oiría decir lo que dijo. Con sentimiento. Con verdad.

No sé como expresarlo. Sé lo que siento, y lo que he sentido viendo introducciones de Chicho, de Félix o de Fernando Jiménez de Oso en Televisión. Sé lo que me queda por aprender y sé la suerte que tengo por haber podido ir observando, analizando, experimentando, creando poco a poco este teatro mágico de los sueños, de la imagen, del sonido y de las sensaciones que es la querida Nave del Misterio. Dos “obras” cada semana en escenarios muy distintos. Dos obras donde no hay interpretación pero si verdad y riesgo con los ambientes, con los sonidos, con las rupturas de ritmo y contenido. Con un lenguaje fascinante que transmite un mensaje. La necesidad de conjugar esos géneros, con los mejores temas, con la emoción, con el hallazgo, con el descubrimiento, con el humanismo, con el amor por el conocimiento. Y además rodeados de buenos amigos y prestigiosos visitantes.

Todo eso le gusta a Chicho. Es un universo que comprende. Y a mi me honra.

Quién mejor que él. Evidentemente. Y ahora pienso que si en este camino hubo alguna vez alguna amargura- que muy pocas, la verdad- , momentos difíciles o cualquiera otra circunstancia, todo queda atenuado definitivamente. Mágicamente. Es más, toda la nombrada fama, que poco me importa, todo el supuesto poder mediático, que menos me preocupa, todo el hipotético éxito, que no acabo de saber bien lo que es, en definitiva todos esos parabienes los cambio ahora mismo por un puñado de palabras. Por esas frases. Image

Por ese reconocimiento. Todo a cambio de esa verdad. Gracias maestro. Yo ya estoy pagado.
Fuerza y luz para ti.

Iker Jiménez