LANZO UN RETO

Leo y no salgo de mi asombro. Escucho y no salgo de mi asombro. El asunto de Bélmez -un ciclón cuya fuerza vuelve a agitar portadas y polémicas - está pasando de castaño oscuro.

Ante todo dejo claro que me avergüenzo de algunos colegas -aunque no sé si llamarles así ya que la mayoría caen por rebote en esto del ¿periodismo? como pueden caer en presentar espacios tipo Tómbola - al leer ciertas columnas hablando de “timo”, “estafa” o  “truco”.

Desde cabeceras supuestamente serias hasta las revistillas del corazón más colorista, pues hasta ahí están llegando los misterios mezclados con el famoseo dentro de este panorama cutre que algunos quieren para nuestros temas a cambio de un puñado de euros.

En tan diversos foros se alude alegremente –con esa alegría del ignorante o del embustero-  a “estudios” y pruebas que demostraron la supuesta falsedad hace ya treinta años. Pruebas, muchas, que jamás se hicieron; aunque  claro, para saber esto hace falta haber investigado de verdad. Los que lo hemos hecho, obteniendo actas y documentos que luego otros han utilizado en formatos y programas dignos del rubor, sabemos que nada está claro en este asunto. Todavía. Que nada es tan sencillo y que, ante todo, los que acudieron con la idea de silenciar el asunto mintieron. Mintieron, sin más. Y no lo digo yo, lo han dicho los implicados. Durante años y ante mi grabadora.

Hablar en el 2004 de sales de plata en las primeras caras es ser un malintencionado, sin más, pues la propia comisión ultraescéptica enviada por el Ministerio de Gobernación ya demostró en febrero de 1972 que esa teoría era absurda. Para ellos era una solución de hollín y vinagre. Y años después eso paso a ser un disolvente alemán. Por cierto que los informes sobre esta investigación “se perdieron”. Pero esa es otra larga historia.

Comprendo, sin embargo,  que es mucho más sencillo ir al rebufo, siempre al rebufo, comentando lo primero que viene en el teletipo. Ese es el periodismo de hoy, si señor. Como monigotes zafios que encima quieren hacerse los listos. Y, es significativo, que todo ese sentido crítico y analítico que supuestamente se tiene ante cualquier declaración política, económica, social o deportiva aquí se anula, como por arte de magia. Sin más. Esos abajofirmantes tan sesudos que en sus medios habitualmente tamizan la información, la discuten, le dan la vuelta...cuando se trata del MISTERIO , como por un extraño influjo, se limitan, como cacatúas , a repetir hasta la saciedad lo que afirman otros. Si timo, timo. Si truco, truco. Lo que diga el jefe o la agencia. Si están hechas con sangre de la matanza- esta fue la primera y valiente hipótesis a la que se agarraron algunos científicos como a un clavo ardiendo- pues teleplastias hechas de morcilla.

Y aquí paz y después gloria. 

Los mismos “sabios opinadores” que siempre buscan los tres pies al gato de cualquier tema, no indagan ni investigan ni quieren la verdad ahora. Parece que están deseosos de teclear las palabras “estafa”, “engaño”, “mentira”.

La pregunta está clara ¿Por qué?

¿Ese es vuestro periodismo? ¿Ese vuestro criterio? ¿Ese vuestro estilo?

Pues por eso no sois mis compañeros. Marionetas influenciables al sol que más calienta. Sin redaños, valor ni ganas de conocer lo que pasa de verdad. Simples escribas cortesanos que oyen tronar y no saben donde. 

Hay una tendencia a negar sistemáticamente, a tirar toneladas de tierra sobre el misterio. Cueste lo que cueste. Ahora más que nunca me enorgullezco de la larguísima investigación que inicié en 1994 con Lorenzo Fernández para sacar a la luz la Operación Tridente. Me enorgullezco de cómo obtuvimos las cartas de amenaza del Ministerio de la Gobernación, las actas notariales ocultadas durante décadas, la voz de los que habían sido obligados a no decir la verdad.

Ahora, repito, muchos se llenan la boca con aquello. Como si ese paso crucial lo hubiésemos dado gracias a sus inexistentes pesquisas. La diferencia es que cuando lo hicimos las bocas llevaban selladas veinte años. Y ahora parece que la historia se repite. Al igual que entonces, investigadores sin escrúpulos, periodistas a las órdenes y gente -inocentemente o simplemente dejándose llevar- están contribuyendo a que SIN PRUEBAS, sin análisis de ningún tipo, ya se hable de timo.

Que ganas tienen. Eso, repito, aunque NADIE sepa nada por el momento.

Que vergüenza y que retrato de lo que algunos creen que es periodismo.

Vienen estas reflexiones en plena repercusión de los inesperados artículos de un periodista de El Mundo que han vuelto a poner el tema en órbita. Y no me refiero a este periodista en concreto en los términos arriba mencionados. Y me explico. Al menos él defiende una teoría propia. Ha hecho sus pesquisas y ha planteado algo. Algo tan grave que,  por lo menos -y se esté de acuerdo o no-  hay que escuchar y contrastar si realmente queremos acercarnos a la verdad. Solo espero, eso sí,  que no sea esta otra fría operación en la que ese reportero sea el primer manipulado con información sesgada. Eso solo se descubrirá en los próximos días, escuchando sus argumentos y contrastándolos con los que justamente habrán de defenderse. Sus acusaciones son tremendas, y deberá demostrarlas.

Y nosotros, que para eso estamos, podremos así conocer el asunto en profundidad, con toda su dimensión. La gente quiere respuestas. Y nosotros los primeros.

Desde luego que no creo que nadie del SEIP haya falsificado manualmente las caras. Simplemente sospecharlo sería terrible. Pero no menos cierto es que siento un poso de inquietud a la espera de esos análisis sobre el cemento. Análisis en los que al parecer intervendrá la Universidad Complutense y que fueron anunciados por Pedro Amorós mientras hacíamos el programa en la universidad de Alicante el 22 de octubre.

Yo sigo pensando exactamente lo mismo. Ahora tenemos la oportunidad. Ahora. Con eso podríamos saber si hay o no hay sustancias sobre el cemento. Con eso podríamos tener una información valiosísima al margen de creencias o tendencias. Y si las caras no son un truco habrá que contarlo. Y si son un truco, también.

Ante todo, luz y taquígrafos.

Yo me refiero en estos términos de repulsa a los que leyendo el teletipo, sin  haber puesto el pie en Bélmez en su mayoría, se permiten opinar generando un estado óptimo para que la gente crea que todo lo de las caras, de principio a fin, es un burdo fraude de la España negra.

Muchos dirán ¿y si lo es? Si lo es habrá que descubrirlo investigando, con análisis, para aprender como se hizo. No desde el púlpito de la elucubración y la invención. Sencillamente con el espíritu limpio ante una oportunidad que -y desde aquí lanzo el RETO- debería ser planteada a mi parecer también en la vieja casa. ¿Estarían dispuestos a que se recortase una de las viejas caras? ¿Estarían dispuestos a que se llevasen por ejemplo al CSIC con un acta y protocolo notarial? ¿Hay miedo a algo? ¿No sería el modo de acabar con tantas dudas de una vez por todas?

Yo me presto a eso, si ellos quieren, pagando el proceso de mi bolsillo. Ahora, si los propietarios de la casa desean saber más, tenemos una oportunidad de oro.

Ahí lanzo mi pañuelo. Y quien quiera que lo tome.

Hace un mes hice una crónica con mis impresiones y las mantengo. Ex profeso estoy desde entonces como observador en esta historia. Principalmente por respeto a las personas que están investigando desde el principio en ese recinto. Lo que espero, como periodista y curioso de este asunto, son pruebas. Pero pruebas físicas, científicas, que nos permitan saber algo.

Igual entonces muchos tienen que tragarse sus palabras necias...o no. Pero necesitamos saber, y esa será nuestra postura. La de escuchar a todos y plantear un posible AVANCE para caminar en una senda que- no nos engañemos- no siempre ha sido fácil en torno a Bélmez.

Mi relación con este asunto siempre ha sido muy peculiar. Al tiempo que dimos luz a la Operación Tridente , yo fui el único -y no me avergüenzo- en criticar duramente en un periódico como los hijastros de María pedían una desorbitante cantidad -600.000 pesetas- por grabar allí. Y todo el ¿mundillo? Se me echó encima. Así fue.

¿Acaso era un ataque a María o a su familia? NO. ¿Acaso hay alguien intocable por decreto? NO.

Era un ataque, en todo caso,  a lo que podía suponer esa actitud para la credibilidad de un misterio.  Quizá por eso la relación que tuve con la dueña de la casa estaba llena de claroscuros, presidida siempre por un curioso sentido del afecto mutuo que duró hasta su muerte. Ella sabía que yo estaba allí convencido de que ella no engañaba a nadie. Pero también sabía que de descubrir un truco sería el primero en contarlo. Eso hacia nuestra relación tan directa, tan viva. Sin peloteos. Con broncas. Y con cariño.

Delante de su mortaja, en aquella soledad de su velatorio, donde no estaba ninguno de los que ahora hablan tan ufanos de timo, estafa y sales de plata… vi su cara. Y la primera efigie que al parecer surgió en la segunda casa me impresionó mucho. Como en un flash. Eso no lo niego. Y a pesar de la subjetividad lo mantengo ante quien sea.

Esa inquietud al ver la cara es casi la misma que tengo aguardando las pruebas científicas. Solo ellas nos sacaran de dudas y plantearan un nuevo espacio de discusión. Creo que mucha gente se está equivocando. De pleno. Y creo también que, de un lado y de otro, como siempre, recibiré muchos palos. Aunque esté alejado de este segundo rebrote desde el inicio. Esos palos son lógicos. Son el precio de nuestra libertad innegociable. 

Por último una recomendación; solo un consejo de amigo a tanta gente que -quizá cargados de  exceso de credulidad- nos escriben sobrecogidos y hasta avergonzados al comprobar que lo de las caras “es un timo porque lo han dicho los papeles o las webs”.

Como diría un viejo sabio: “usen su cerebro”. Si lo hacen para otras muchas cosas, si saben de sobra que lo que sale en un periódico esta sujeto a mil intereses que  a veces  nada tiene que ver con la verdad, ¿por qué no actúan del mismo modo ahora?

Sean críticos con todo, con todos.  Y aguarden. Esa es la única formula para custodiar nuestro gran tesoro. Ese que vale más que el oro en este tiempo de pelotas, oportunistas y vendidos. Nuestra independencia.

                                                                                                                                                                                                                                                                               Iker Jiménez