Resurreccionistas
Los ladrones de cuerpos

por Javier Pérez Campos

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Es curioso que una de las “normas” de los resurreccionistas era la de, a pesar de secuestrar el cadáver, no robar ninguna de las pertenencias con las que este había sido enterrado a pesar de su valor, quizá por superstición, quizá por miedo a represalias mayores… Aunque, como cabe esperar, no todos aceptaban esta norma.

Muchos han dedicado las páginas de sus novelas y escritos a esta época tan oscura, de gran auge sobre todo en Londres y Edimburgo, donde se desarrollaron todos estos movimientos. Así, R. L. Stevenson habló de este macabro oficio en “El profanador de tumbas”, al igual que Lovecraft en “El caso de Charles Dexter Ward” y “Hebert West: Reanimator”, o Edgar Allan Poe en muchos otros cuentos.

En cuanto a pinturas, muchos son los grabados de la época o que tratan de reflejar cómo era la medicina… Pero una de las más espectaculares es la pintura que se le encargó a Rembrandt  para la sala de anatomía de Amsterdam, representando al Dr. Deijman durante la disección del cerebro del condenado Joris Fonteyn, que actualmente puede ser contemplado en el Rijksmuseum de Amsterdam.

- Y de un negocio, surgió otro…

Con el tiempo este negocio fue extendiéndose. Se pagaban, aproximadamente, 7 libras por cada cuerpo. Para comprobar el valor de cada libra en aquella época y poder así establecer una comparación entendible con el valor que tendría cada cuerpo en la actualidad, acudo a una auténtica joya de 1805 llamada “Demostración histórica del verdadero valor de todas las monedas que corrían por Castilla durante el Reynado del señor Don Enrique IV y de su correspondencia con las del señor Carlos IV”, del padre Fray Liciniano Saez.

Antes de la decimalización de 1971, cada libra estaba formada por 20 chelines (en la actualidad, son 100 chelines los que forman una libra), y equivalía a 5.65 gramos de plata cada libra. Por tanto, se pagaban unos 39 gramos y medio de plata por cada cuerpo previo encargo…

Y así, pronto surgieron nuevos negocios que trataban de abatir este negocio. Surgió la labor de los cuidadores de cementerios, que velaban cada noche por la seguridad del lugar desde un caserón conocido como Watch-house (Casa de vigilancia) situado en el interior de los camposantos, donde desde varias ventanas se establecía una vigía casi continua que, en ocasiones, resultaba poco productiva cuando el sueño atenazaba a aquellos solitarios trabajadores… Se crearon incluso sociedades de vigilantes, como la de Glasgow, que contaba con 2000 miembros.

En el cementerio de Galsnevin (Irlanda), podemos encontrar una placa que agradece la labor de los vigilantes nocturnos por cuidar el Santo Lugar de las manos de los resurreccionistas.

Pero más curioso fue un invento que aún hoy puede ser contemplado en varios museos como el Aberdeen Museum (Aberdeen, Escocia), cementerios de la época e incluso iglesias como la de Geryfriars (Edimburgo)… Eran los conocidos como mortsafe, que aparecieron por primera vez en 1816; se trataba de unas barreras de hierro que se disponían sobre las tumbas para evitar cualquier contacto con la misma.

Generalmente estos dispositivos eran horizontales y se colocaban de forma paralela a la tumba; pero en otras ocasiones, los mortsafe se asemejaban a grandes jaulas que rodeaban el nicho y se alzaban unos metros sobre él. Generalmente estos artefactos se retiraban a los 6 meses de estar enterrado el cadáver; tiempo suficiente para que la descomposición hiciera que el cuerpo no pudiera ser aprovechado para su estudio de disección.

También aparecieron los grandes ataúdes de hierro armado que eran soldados para impedir su apertura…

Sin embargo, todo esto, unido a la creación de catacumbas o mausoleos, era bastante costoso y solo podía ser permitido por los más ricos, por lo que las clases más bajas, ante el miedo a rezar frente a un ataúd vacío sin tener conocimiento de ello, idearon varias técnicas sencillas pero poco prácticas si se daba la desagradable situación del robo del cuerpo. Así, esparcían flores o ponían algún guijarro sobre el nicho para detectar a posteriori si la tierra había sido removida.

También podían disponer de familiares que vigilaran sus tumbas durante la noche de forma voluntaria; un hecho que se repetía en muchos cementerios donde grupos de personas custodiaban las tumbas durante la noche hasta el amanecer…

Sin embargo, ante estas vigías que acababan de surgir, los resurreccionistas acudieron a la picaresca más tétrica para seguir ejerciendo su labor e inventaron una nueva forma de trabajo sobre la que informó la gaceta médica The Lancet. Se situaban unos metros más allá de la tumba, ocultos en la penumbra que solo la niebla y la noche ofrecían. Allí cavaban un hoyo, y a través de él realizaban un túnel por el que se introducían en busca del ataúd, al que realizaban un agujero por el que sacaban al cadáver para arrastrarlo hasta la superficie.

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