Resurreccionistas
Los ladrones de cuerpos

por Javier Pérez Campos

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Los saqueadores de tumbas siempre han existido. Los móviles son diversos; desde los robos de joyas y oro en el antiguo Egipto hasta la búsqueda del legendario “mercurio rojo”, un elixir que otorgaría riqueza, suerte y salud eterna a aquel que lo bebiera y que se encontraría, siempre según la leyenda, escondido en la garganta de las momias egipcias.

Y aunque esto parezca digno de película o de épocas remotas, en enero del pasado año hubo una gran cantidad de búsquedas ilegales de riquezas faraónicas al oeste de El Cairo, concretamente  en la localidad de Nahia.

Sin embargo, los casos que nos ocupan ahora son más cercanos a nosotros en el tiempo e impresionan por lo macabro del tesoro anhelado y codiciado…

- A tiempos desesperados, medidas desesperadas.

En la segunda mitad del S.XVIII se produjo el mayor conjunto de transformaciones económicas, sociales, culturales e históricas desde el Neolítico. Pero, entre una gran cantidad de logros y riquezas para un pequeño sector de la población, trajo otra gran cantidad de manifestaciones, revueltas y, en definitiva, miserias que se reflejarían en la proliferación de polémicos oficios  que rozaban la ilegalidad por lo escabroso.

Para ello también hay que comprender que en el S. XVII se había producido la revolución científica, que había dado lugar a un profundo estudio de la anatomía, haciendo necesaria la presencia de cuerpos sobre los que realizar los estudios e investigaciones crecientes a lo largo del siglo. Hasta entonces, la situación de la medicina era desesperante, no solo por el escaso conocimiento sobre la materia sino también por la mala aplicación de la misma.

Por ejemplo, los cirujanos de algunas ciudades eran los propios barberos que usaban sus navajas por escalpelos, y que en ocasiones hacían mayor daño con el remedio que la propia enfermedad, siendo incapaces de detener hemorragias que hacían desangrar al paciente en escasos minutos, de forma que los cirujanos eran menos valorados que los médicos y tenían que luchar contra curanderos o sacamuelas para ganarse el pan.

Ante esta situación tan precaria aparecieron medidas escabrosas. Y es que, como se defendían algunos por aquel entonces: a tiempos desesperados, medidas desesperadas.

El S. XVIII fue un tiempo desesperado tanto para aquellos trabajadores que habían quedado en paro como para aquellos que estudiaban la anatomía sin una base sobre la que apoyar sus estudios.

Además, gran cantidad de mujeres se dedicaban a la prostitución, dando lugar a la expansión de enfermedades de tratamiento para entonces desconocido como la sífilis y la gonorrea. Y en Inglaterra, para evitar contagios e infecciones que pudieran provocar los cadáveres, solo se permitía ceder a la medicina a aquellos cuerpos de personas que hubieran muerto ahorcadas; pero aquello no era suficiente, pues de esta forma solo se podrían proporcionar unos 55 cadáveres a la medicina. Esa combinación dio lugar a la macabra labor de los resurreccionistas…

- ¿Quiénes eran los resurreccionistas?

Llegaban de noche para no ser vistos, saltaban los cercados del cementerio y se disponían a trabajar… Cavaban con palas de madera para no hacer ruido, levantaban la tapa del ataúd y ataban una cuerda al cadáver, al que sacaban tirando de la misma.

Aquella labor era poco dificultosa en Inglaterra, donde los ataúdes eran enterrados muy cerca de la superficie; quizá por ese miedo a ser enterrado vivo que aún perduraba en aquellos tiempos, y que daba lugar a la creación de diversos ingenios y artefactos como campanillas situadas fuera del nicho, que se comunicaban por hilos a los dedos del cadáver, y que resonarían en la fría noche de moverse algún dedo por estar vivo.

Como curiosidad, aquello fue el origen de la expresión “salvado por la campana”. Pero imaginen la labor del cuidador del cementerio, permaneciendo en vela durante la madrugada para evitar que los “resurreccionistas” se colaran en su lugar de trabajo, mientras algunas campanillas titilan mecidas por el gélido viento de la noche inglesa…

Sin embargo, la labor de los cuidadores de cementerios no llegó hasta que el robo de cadáveres empezó a ser un verdadero problema.

Aquellos silenciosos hombres entraban en los cementerios y realizaban una labor desalmada y paciente; cavaban, se llevaban el cadáver y, en el mejor de los casos, volvían a dejarlo todo tal y como lo encontraban. Posteriormente, vendían aquella particular “mercancía” a las facultades de medicina o a compradores privados que estudiaban aquellos cuerpos o que, en otras ocasiones, hacían montajes para vender a la ciencia y adquirir así cierto renombre como descubridores de nuevas especies.

De esta forma, muy pronto surgió el miedo a ser desenterrado, al secuestro de familiares fallecidos para hacerlos protagonistas de disecciones, sumándose este al miedo a ser enterrado vivo.

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