Enigma, la máquina que ganó la guerra

Así lo contamos en Cuarto Milenio

Para muchos expertos y analistas políticos la famosa máquina Enigma fue el “arma” más importante que se empleo en la II Guerra Mundial. Las ordenes e informaciones más decisivas de la contienda fueron transmitidas a través de esta máquina con el objetivo de que no fueran descifradas por el enemigo. Se dice que la Enigma provocó más victimas que la bomba atómica.

José Ramón Soler Doctor Ingeniero Industrial y autor del libro “Soldados sin nombre” dará las claves de este artefacto y el papel fundamental que desempeño durante la Guerra Civil española.

El arma secreta de Franco

Una investigación de EL PAÍS descubre en una oficina del Ejército de Tierra un lote de las máquinas Enigma, que, compradas a Hitler, permitieron al bando nacional encriptar mensajes

ELPAÍS.COM | octubre 2008.- Franco contó durante la Guerra Civil con un arma secreta que le permitió estar conectado de forma segura y permanente con sus principales generales para coordinar las ofensivas bélicas y mantener a los militares republicanos ciegos sobre sus intenciones. Era una especie de máquina de escribir que consistía en un sofisticado sistema de cifrado para su tiempo fabricado por la Alemania nazi y denominado Enigma. EL PAÍS ha encontrado estas máquinas secretas españolas, que han permanecido ocultas más de 70 años.

En una oscura oficina del cuartel general del Ejército de Tierra, muy cerca de la plaza de Cibeles, se acumulan 16 cajas de madera que hasta un chamarilero despreciaría. Sin embargo, el brigada que nos acompaña las toma con cuidado. Una a una. No sólo por su peso, unos 11,5 kilos, sino porque es consciente de que entre sus manos tiene una pieza de historia. Carecen de cañones y explosivos, pero desempeñaron un papel trascendental para que los nacionales ganaran la contienda. Las deposita sobre una larga mesa de madera de una sala de reuniones contigua. Todas son iguales. De 30 centímetros de largo, 28 de fondo y 15 de alto. Sin marcas exteriores, pero con cerradura. Cuando ha puesto varias, las abre.

Se asemejan a las máquinas de escribir de nuestros abuelos. Esas que guardamos como reliquia. De color negro, destacan tres filas de teclas con 26 letras del alfabeto y los guarismos del 0 al 9 en blanco. Carecen de carro y de rodillo para colocar el papel. En su lugar hay un panel con las mismas letras que se iluminan y, además, sobresalen varios rotores con muescas que giran y unas minúsculas ventanas, a través de las que se aprecia una letra o un número. Estamos delante de uno de los objetos más deseados y buscados por expertos, coleccionistas y, sobre todo, criptógrafos, los dedicados a ingeniar métodos para enviar y recibir mensajes de forma segura. La máquina Enigma es, por excelencia, la pieza más deseada en ese mundo de secretos, a pesar de que no fuera la más perfecta, ni la más manejable ni, por supuesto, la más segura.

Casi todos hemos visto las películas Enigma (2003) y U-571 (2001), que cuentan cómo los aliados obtuvieron máquinas Enigma para conocer las posiciones y movimientos de los temibles submarinos alemanes durante la II Guerra Mundial, pero pocos saben que esta guerra encubierta comenzó en los campos de batalla españoles, al ser nuestra Guerra Civil, la primera contienda donde se puso en práctica esta máquina de cifrado. Además, en muy escasas ocasiones se han descubierto tantas juntas porque había órdenes estrictas de destruirlas para que no cayeran en manos del enemigo. España fue un caso excepcional. Británicos, soviéticos y estadounidenses recuperaron algunas al final de la guerra, pero hasta ahora se conocía muy poco del destino de las Enigmas españolas. Y lo más sorprendente es su perfecto estado.

La historia de estas Enigmas comienza en el verano de 1936. En esa época, España no era, ni mucho menos, una potencia criptográfica, y la manera de ocultar sus comunicaciones telegráficas y radiales -fueran militares o diplomáticas, entre Madrid y las embajadas en el mundo- consistía en libros de cifra que transformaban la información (texto claro para los expertos) en otro ininteligible (texto cifrado) según una clave formada por conjuntos de números y letras. Entonces se carecía de sistemas mecánicos.

Hoy sabemos que Londres rompió, como dicen los criptoanalistas, los códigos y las claves españolas durante la I Guerra Mundial (1914-1918) gracias a penetrar clandestinamente en la Embajada española en Panamá y robar su libro de cifra. El 24 de agosto de 1918, los británicos entregaron fotocopias del mismo a la Oficina de Cifra de Estados Unidos -conocida como MI-8 o Black Chamber-, dirigida por el mítico criptógrafo Herbert O. Yardley, quien se puso inmediatamente manos a la obra. En escasas semanas y con la ayuda de una espía infiltrada como secretaria en la delegación española en Washington, a la que se bautizó con el nombre de Señorita Abbott, Yardley logró descifrar la clave -que denominó Número 74- y, a partir de entonces, los estadounidenses pudieron conocer los telegramas enviados por el presidente del Gobierno español, conde de Romanones, o su ministro de Estado (Exteriores), Eduardo Dato-. Algunos de ellos pueden hoy consultarse en las carpetas almacenadas en los Archivos Nacionales de Estados Unidos en Maryland.

Conscientes o no de estas debilidades, el Gobierno de la República hizo gestiones para adquirir en Europa las más modernas máquinas de cifra y mejorar la seguridad de sus comunicaciones. En 1931, el embajador en Berlín recibió una oferta para adquirir máquinas Enigma, modelo A, a un precio unitario de 600 marcos (unos 1.000 euros actuales). Sin embargo, se desechó esta opción y se optó por comprar tres máquinas tipo Kryha por 1.000 marcos cada unidad -una para el Ministerio de Estado, otra para la Embajada en Berlín y una de reserva-, que al final fueron del modelo de bolsillo Liliput. Tres años después, en 1934, el Ministerio de Estado autorizó otra compra, esta vez a través del consulado en Copenhague, de dos aparatos más por 414 pesetas.

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