Por Raúl Ruiz-Berdejo

LA MANO NEGRA: “SESION”

Cuando ya estaban casi arriba del pico, les dieron el alto los tres guardias civiles. ‘El mudo’ huyó y se escondió en unos matojos. A Bartolomé le detuvieron, le pegaron y le preguntaron por su acompañante. Después de torturarlo durante bastante tiempo, le quitaron la ropa y le golpearon con piedras. Lo amarraron y, mientras se bebían el vino, el bigote comentaba: Sufre perro, con nosotros no juega nadie.

El bigote le amarró a un palo y el loncho le golpeó en los costados con un trozo de tuna que había cortado con su navaja. Hecho esto, subieron hacia la cueva por un camino formado por piedras a modo de escalón. Mientras lo hacían, le golpeaban con el candil en el costal derecho, cerca de la cintura.

Ya en la cueva, el mudo resbaló, oyeron el ruido y, rápidamente, lo cogieron. Una vez capturado el mudo, se repartió la tortura. Querían que sufrieran por órdenes de dos señoritos jerezanos y la excusa era robar y un amor prohibido.

A Bartolomé le partieron un diente de una patada, mientras intentaba convencerles de que no era a él a quién buscaban pero la tortura continuó y le pegaron un tiro en el muslo.

Minutos más tarde, llegó una limonera con dos caballos y, en ella, los dos señoritos. Estaban cazando en Ubrique cuando recibieron un manuscrito del cabo de la comandancia de la Guardia Civil de Benaocaz, Pedro Ferrer García, en el que se les informaba de que Bartolomé estaba en Antequera.

Cuando subieron a la montaña y vieron al blanco, respiraron aliviados pese a que no lo conocían en persona. Uno de los señoritos encendió su pipa y le quitó, a Bartolomé, una cruz de Caravaca que llevaba colgada del cuello.

La cruz aún está allí. Después, le taparon los ojos, le metieron pan en la boca, le echaron pólvora en los ojos y les amarraron de pies y manos a una tabla larga que les recorría la espalda, hasta la cabeza. La tabla debía evitar que, cuando les dispararan a la cabeza, la sangre saliese por detrás.

Los dos señoritos empuñaron sus revólveres. Ellos rezaban mientras sangraban por los ojos, por la pólvora. Le dijeron, irónicamente, al ‘bigote’ que diera la orden para disparar y, posteriormente, los ejecutaron.

Una vez efectuados los disparos, devolvieron los revólveres a la Guardia Civil y cogieron un hierro de la limonera para marcarlos, como al ganado.

Hicieron una hoguera para calentar el hierro y les marcaron el muslo derecho, pero antes le cortaron un dedo al blanco y se lo metieron en la boca.

Tardaron parte de esa noche y el día entero en enterrarlos. Los cuerpos estaban desnudos, los bajaron y los enterraron abajo a la izquierda. Por donde estuvisteis, en un radio de diez metros, están enterrados los dos.

Los civiles cobraron dos mil reales para los tres y más para los cuarteles de los pueblos.

La noche siguiente la pasaron en Antequera, en un cortijo llamado “Villadolores” propiedad de Dolores Guzmán, hoy en ruinas. Allí celebraron una fiesta con el señorío y los civiles. Comieron faisanes, perdices y venado, y mostraron dos cabezas de ciervo como si fuesen el blanco y el mudo.

Trascripción de una de las sesiones de escritura automática

 

Sobre "LA MANO NEGRA"

Me he preguntado mil veces por qué decidí escribir este libro, por qué un buen día elegí el caso de “La Mano Negra” para poner a prueba la eficacia de las prácticas espiritistas a las que me había ido acercando paulatinamente. Probablemente la respuesta sea mucho más sencilla de lo que en un principio hubiera podido imaginar, quizá fueran mis raíces andaluzas las que me empujaron a tratar de buscar una respuesta a los sucesos más enigmáticos de cuantos ocurrieron en la baja Andalucía durante los últimos tiempos.

La historia cuenta que el 14 de Junio de 1884, una multitud se agolpó en una céntrica plaza jerezana para presenciar la ejecución en el garrote vil de siete hombres acusados de asesinato y de pertenecer a una sociedad secreta denominada “La Mano Negra”. Una sociedad que, según se ha demostrado con el paso de los años, no fue sino una excusa para disipar los brotes de inconformismo que empezaban a surgir de entre la clase obrera.

Sin embargo, y a pesar de que esta legendaria organización ha sido ya desmitificada, los sucesos ocurridos durante aquella década de los ochenta del siglo diecinueve siempre me han generado una cantidad incontable de interrogantes, suficientes como para embarcarme en esta investigación, alejada de los métodos más convencionales, con la esperanza de calmar mi sed de conocimiento.

 

 Probablemente nunca podremos defender ante un tribunal una hipótesis, la que les presentamos, que ha sido reconstruida valiéndonos de métodos que jamás serían validos al empirismo jurídico.

Sin embargo, y pese a que debo de reconocer mis reticencias a creer en energías más allá de la muerte, la historia que resultó de aquellas sesiones de miedo, curiosidad y misterio encaja perfectamente con los datos que poseemos de aquellos sucesos y, pese a quien pese, sería tan válida como la que se utilizó en su día para condenar a muerte a unos humildes trabajadores.

Los siete hombres que esperaban aquella tarde su fatal destino nunca tuvieron nada que ver con ninguna sociedad secreta. Sin embargo, el tiempo los continúa considerando autores de un atroz asesinato.

En este libro tratamos de explicar que no fue una Mano Negra, quemada por el sol y encallada por la azada, la culpable del derramamiento de sangre que entonces se produjo, sino una mano blanca, cuidada y aseada, esa misma mano que nunca tembló mientras destrozaba las vidas de cientos de inocentes.

Estas páginas pretenden servir de homenaje a los mártires de ésta negra historia, a sus familias y, también, a los hombres de bien que, durante años, buscando en montañas de documentos, escarbaron en la memoria de un pueblo deseoso de olvidar y plantaron cara al tiempo, impidiendo que desterrara de la memoria colectiva aquellos sucesos que mancharon con sangre unas tierras, ya de por sí, empapadas en sudor. En ellas, pretendemos dejar al descubierto la atroz campaña urdida por algunos de los estamentos más favorecidos de la sociedad para mantener, valiéndose de cualquier medio, el orden social establecido.

        

Nuestra principal hipótesis es producto de una investigación en la que se han usado procedimientos que escapan a una sociedad anclada durante siglos en el más profundo de los escepticismos. Sin embargo, nuestra nueva reconstrucción de los hechos nos ha permitido desenterrar una ingente cantidad de mentiras, contradicciones y aberraciones, además de permitirnos ver lo sucedido bajo una perspectiva que, por sorprendente que pueda parecer, encaja a la perfección con las pruebas de que disponemos.

Este libro no pretende ser el reflejo histórico de aquellos trágicos acontecimientos que asolaron la campiña andaluza, sino una invitación a la reflexión, una exposición de incongruencias.

Quizás la historia expuesta en esta obra no sea la más absoluta de las verdades, puede ser que todo se deba a un cúmulo de casualidades agrupadas por el azar o la providencia, algo que puede resultar más increíble, si cabe.

No pretendo hacerles creer en la vida más allá de la muerte, yo que siempre fui de los que usó aquello de “si no lo veo, no lo creo”, pero sí me gustaría invitarles a una aventura que, además de ofrecernos una versión distinta de aquellos hechos, nos ha servido para sacar a la luz la enorme cantidad de mentiras y malos entendidos que se utilizaron para cortar aquellas siete cabezas de turco.

El objetivo de esta obra es, por tanto, exponer las numerosas irregularidades que rodearon aquellos procesos y, si bien la versión que logramos reconstruir con nuestras pesquisas carecerá para muchos del más mínimo de los fundamentos, nos debe al menos de servir para dudar de una historia que se nos presenta repleta de falsedades.

No pretendo, tampoco, hacer apología de la desconfianza, sino destacar la conveniencia de discernir, dudar y criticar aquellas decisiones que, a lo largo de los tiempos, se han tomado tratando al pueblo como borregos pues no siempre las versiones oficiales son las buenas.

Sé que algunos lectores encontrarán escandaloso, e incluso fantástico, el contenido de este libro. No obstante, según la justicia, para defender la vida de un hombre debería ser suficiente con demostrar su no culpabilidad, y si tras leer este libro consigo que, en vuestro juicio interno, los absolváis me daré por satisfecho.

Raúl Ruiz-Berdejo

“La Mano Negra”