Jugando con lobos

“Ha sido uno de los rodajes más especiales de nuestra vida. El asunto es complicado. En la Sierra Norte de Madrid, a apenas 80 kilómetros de la capital, el lobo ha regresado. Y con él resucitan temores, miedos, leyendas, mitos y ritos. Algunos tan antiguos como el hombre. Como el lobo...”

Iker Jiménez



15 Enero 2011 | Queríamos palpar y tocar todo eso. Porque eso ha renacido en algunos pueblos y aldeas en pleno siglo XXI. Y la experiencia ha sido increíble. Hemos visto a los perros mastines ojo avizor, hemos contemplado el miedo y la indignación en los pastores y ganaderos que señalan las laderas sombrías exclamando ¡que viene el lobo!. Hemos escuchado a madres e hijas con miedo a salir a los caminos cuando cae el manto de la noche. Hemos visto las imágenes de terneros y ovejas despedazadas, muflones devorados hasta quedar en limpio hueso y también hemos visto lobas atropelladas, la lengua en el asfalto, los ojos aún abiertos, en plena Nacional I.

Todo a las puertas de Madrid.

Hemos entendido el temor comprensible de algunos ganaderos y el terror de los amigos del lobo. Porque hay que saber que el maravilloso, fascinante, mágico, Canis Lupus Signatus, estuvo a un paso de la extinción. Como el Lince. Como tantos otros que agonizaban en los años setenta.

Considerada alimaña despiadada, inútil, dañina y casi diabólica desde el remoto tiempo de las leyendas y los cuentos eternos, la mirada atávica del lobo estuvo a punto de morir para siempre.

La labor del gran maestro Félix, a contracorriente, en solitario, lo resucitó. Una serie de documentales de lobos y cachorros, con los que penetrábamos en su mundo vetado, nos reconciliaron de inmediato con la especie. La lejanía se tornó proximidad, y todos los niños- y no tan niños- de España, sentimos de pronto amistad por el fiero lobo solitario. El errante lobo condenado a la desaparición.

Gracias a Félix, que de niño se cruzó la mirada, a la espera, entre cazadores, y no vio nada diabólico en él, sino la más acabada y perfecta síntesis de la naturaleza salvaje, el más armonioso y estremecedor cántico de libertad en un mundo rural que agonizaba, el lobo vivió. Treinta años después el mismo lobo, con su ancestral historia a cuestas, baja de los montes de Segovia y Ávila. Y se acerca a la capital.

Recogimos el miedo y al mismo tiempo registramos las historias de grandes sabios del mundo lobero. Eminencias como el profesor de la universidad de Salamanca Ramón Grande del Brío, que nos contó durante horas historias increíbles. Historias de lobos que adquieren propiedades casi sobrenaturales. Historias de conjuros y amuletos que nos estremecían bajo los focos, ante la presencia de las estrellas y el viento helado de la sierra.

Lo que no esperábamos era ver el lobo. Tocar el lobo. Sentir  al lobo. Y ese milagro se produjo. Pasarán muchos años, muchos, hasta que podamos eliminar de nuestra piel, de nuestra alma, el feroz, el ancestral aroma del lobo. Estuvimos con ellos y con Carlos Sanz, el mítico Lobero de Félix Rodríguez de la Fuente.

Nos pidió, en mitad de la vereda, que nos mantuviésemos en cuclillas. Sin miedo. Los lobos son sabios, nos dijo, y detectarían de inmediato nuestras intenciones.

Ellos no se dejan engañar. No son como los hombres.  

Y entonces, durante horas, jugamos con lobos. Nos besamos con los lobos. Amamos a los lobos. Pocas veces Carmen y yo hemos sido tan felices como bailando con el amigo lobo. El amigo que a veces, cierto,  mata y despedaza… porque en eso consiste su genética y su ancestral pasado.  Es el superpredador en un mundo que ha cambiado y que ya no entiende. Es el lobo errante que teme al hombre porque solo el hombre es capaz de poner fin a su supervivencia milenaria.

En su mirada casi transparente, en su sonrisa oriental, en su poderosa cabeza, detecté todo el misterio. Toda la fascinación, toda la magia que se remonta a siglos paleolíticos.

Y entendí a tantos amigos del lobo. Porque yo ya soy uno de ellos. Ya somos uno de ellos.

Iker Jiménez

Fotografías: Iker Jiménez, Carmen Porter, Javier Pérez Campos