"A LA SOMBRA DEL GRIAL" Mariano F. Urresti | Ikerjimenez.com | Diciembre 2006 | Imprimir

El Grial y el Atlante de San Pantaleón de Losa

¿Qué es el Santo Grial? ¿La copa en la que José de Arimatea recogió la sangre de Jesús de Nazaret? ¿El recipiente que sirvió al Nazareno para instaurar la Eucaristía? Si es así, ¿qué razón hay para que en tradiciones antiguas como la egipcia, la griega o la celta aparezcan leyendas similares? ¿No se empleaba el vino en los rituales dionisíacos como si fuera sangre dadora de vida? ¿No tenían los celtas el Caldero de Lug entre sus leyendas mitológicas y era fuente de toda riqueza e incluso de vida eterna?
¿Qué ha llevado a los hombres, incluso a los más malvados como los nazis, a buscar el Grial? ¿Qué me ha llevado a mí a intentar localizarlo por media España?

¿Qué hacía yo un 27 de Julio en un lugar remoto de la provincia de Burgos junto a una iglesia custodiada por un gigantesco atlante?

El 27 de Julio es el día señalado. Es el día en que
se conmemora la muerte por martirio de San Pantaleón, de cuya vida y milagros vamos a ocuparnos, y es por lógica impecable cuando decenas de peregrinos se dan cita en lo alto de un farallón del norte de Burgos donde se encuentra una de las ermitas más misteriosas de nuestro país: la ermita de San Pantaleón de Losa.

Allí, los romeros escuchan misa de campaña mientras unos cientos de metros más abajo discurre el río Jerea cantando, seguramente, canciones de gesta y secretos griálicos.

Y es que aquí, en esta tierra de las Merindades burgalesas, se ha creído ubicar con más o menos tino el misterioso paradero del Santo Grial. Y aquella mañana, mientras los romeros subían a la ermita a besar las reliquias del santo, yo me uní a ellos.

Nos encontramos en territorio mágico. Nos aguardan lugares con nombres evocadores como Siones (clara alusión a Sión) o como Criales (obvia alusión al Grial), un pueblo sito a escasos kilómetros de San Pantaleón de Losa. Comarcas donde los pueblos han escrito y reescrito páginas de leyendas, de cultos ancestrales y de templos tal vez malditos.

Y ahora que estamos ya avisados y con el zurrón repleto, hagamos nuestra excursión por los valles de Losa y de Mena.

Debe saber el lector que en el siglo III de nuestra era nació en Nicomedia Pantaleón, y lo hizo en el seno de una familia que, en sí misma, es un símbolo de lo que luego vendría: un padre pagano llamado Eustorgio, y una madre cristiana de nombre Ebula. Es decir, que ya está aquí la mezcla de cristianismo y paganismo que el día 27 de Julio, alrededor del Ángelus, se manifestó palmariamente ante nuestra cámara de fotos en la misa de campaña celebrada por el párroco José Manuel Villeral. Y la instantánea fue la siguiente: en el improvisado altar compartieron escenario la estatua de Pantaleón, la de la Virgen con el Niño en el regazo al modo de una Isis pagana (talla ésta contemporánea de la ermita, consagrada en 1207), el impresionante atlante de la portada y el propio cura rural.

Pantaleón estudió Medicina con el famoso Eufronio y de él se cuentan proezas entre las cuales no fue la menor invocar a Jesús y resucitar a un niño que había sido mordido por una serpiente.

Después, con Diocleciano en el poder, resulta perseguido y encarcelado, como otros muchos cristianos. Pero hay un par de cosas notables que lo diferenciarán de los demás: intentan matarlo de seis maneras diferentes, y todas resultan baldías. Reconstruyamos brevemente los hechos.

Al parecer, lo arrojaron a un caldero repleto de plomo derretido, pero el santo enfrió el caldero y salió tan fresco. Lo abandonaron luego en el mar con una piedra al cuello, lo que debía contribuir sin duda a su ahogamiento, pero asombró a sus verdugos caminando sobre las aguas.

Más tarde, lo echaron a las fieras del circo, lo que tuvo la prodigiosa consecuencia de que las fieras se volvieran mansas. Y suponemos que ya al borde de un ataque de nervios, sus verdugos tomaron la decisión de atarlo a un olivo y decapitarlo sin más prolegómenos, pero resultó que la espada ejecutora se reblandeció y no había modo de cortar con ella ni siquiera el aire.

Afortunadamente para los malvados, un día el santo decidió que le había llegado la hora de morir y se dejó decapitar el 27 de Julio de 305, pero aún tuvo tiempo de un postrer milagro: al cortarle la cabeza manó sangre y leche, y un olivo seco reverdeció. Y a partir de ahí, milagros, puesto que reliquias suyas van a parar a diversos lugares, caso de Ravella (Italia) o al mismísimo valle de Losa, lugar donde nos encontramos. De allí, se dice, llegaría al Monasterio de la Encarnación de Madrid la ampolla de sangre que se licua coincidiendo con esta festividad.

El lector avisado ya se habrá dado cuenta de que todo este asunto tiene un trasfondo alquímico (cambio operado en los elementos, sangre), griálico (recipientes mágicos que contienen mágica sangre) e iniciática (resurrección de un muerto, muerte de la serpiente, decapitación propia del iniciado que pierde su identidad intelectual personal al modo de Santiago, Prisciliano y otros muchos). Además, eso de la cabeza nos da quebraderos de la misma y nos lleva a pensar en el Temple irremediablemente, como ahora se verá. Y por si todo ello no fuera suficiente, el escritor, editor y amigo Sebastián Vázquez nos hacía caer en la cuenta de que el día 27 de Julio nos encontramos en el grado quinto de Leo, en el que hemos entrado fechas antes; es decir, en el pentagrado de Leo. Y de ahí a relacionar penta y Leo para llegar a Pentaleón o Pantaleón, hay muy poco esfuerzo. ¿Casualidad? Déjenme dudar.

Alrededor de las 12,40 horas la misma oficiada por el párroco José Manuel Villeral ha finalizado no sin antes haber narrado la leyenda del santo y haber besado los fieles una foto de las reliquias del mismo. Y en un instante memorable, de pronto, al otro lado del objetivo de mi cámara fotográfica aparecen, alineados –yo diría que en conjunción heterodoxa- la imagen de la Virgen y de San Pantaleón, el atlante de la portada de la iglesia, y el bueno del párroco.

Y pienso: ¡bendita chifladura esta de la España misteriosa! ¡Bendita chifladura en la que aparece el ancestral culto a la Madre Tierra, ahora bajo el disfraz de una Virgen; un santo sospechosamente griálico, como Pantaleón; un atlante (¡sí, un atlante!, que está ahí en la portada de la iglesia como esperando a que otro guardia milenario lo releve en su sagrada función de custodia del misterio) y un cura que representa a la Iglesia que trató de ocultar todo lo que pudo de aquellos viejas creencias.

Y acabado el oficio, hablamos con el sacerdote, que nos informa de los trabajos arqueológicos efectuados por el CSIC y que han sacado a la luz un pasado celta, romano y medieval en la ermita. Es decir, que tal vez lo importante no es el culto del lugar, sino el lugar mismo, que atrajo a todo hombre de poder desde tiempos herrumbrosos.

¿Y las representaciones fantasmagóricas de la ermita? ¿Y el atlante? ¿Qué hay de los templarios?

El párroco nos dice que los arqueólogos tratan de explicar los extraños símbolos del lugar (caras desconcertantes, seres tal vez torturados, símbolos enigmáticos) diciendo que se representan allí las distintas formas de suplicio que se emplearon para tratar de matar, sin éxito, a Pantaleón. En cuanto al atlante, su vestimenta oriental, al modo asirio, parece ser, según esta versión oficial, la representación del propio santo cargando a la espalda con una bolsa de medicinas. Otras fuentes han visto en esta desconcertante figura a Adán llevando a cuestas el pecado.

Pero, ¿qué pasaría si en realidad el llamado atlante fuera un atlante o símbolo de todos ellos y de los supervivientes, que debió haberlos, de aquel mítico continente?

¿El Temple? Al párroco no le cabe duda de que debió estar allí. Hasta ahora, se sabe que los Hospitalarios de San Juan tuvieron encomienda en lo alto de este farallón en el que colocaron este desconcertante edificio. Y la falta de pruebas de la presencia templaria es, seguro, la mejor prueba de que allí estuvieron, como en otros pueblos de la comarca. La Orden de San Juan, ya es sabido, se hizo con gran parte de las posesiones templarias tras la disolución de la Orden del Temple a comienzos del siglo XIV.

Y, si estuvieron allí, ¿qué hacían? ¿Qué interés podían tener por estos pagos? Veamos una posible explicación.

En Septiembre de 1984 José María de Areilza escribía en el periódico El País un artículo a propósito de la búsqueda del Grial en la Sierra Salvada. Recuperaba el estudioso la clásica leyenda medieval que presentaba a unos caballeros templarios custodiando el cuenco donde supuestamente fue a parar la sangre de Cristo tras su crucifixión. Como ya dijimos anteriormente, la leyenda hablaba de una fortaleza llamada Montsalvat y cuya localización trajo de cabeza al nazi Otto Rahn, que creyó encontrarla en la mítica Montségur de los cátaros, y a otros muchos buscadores posteriores.

Pero Areilza avanzaba otra posibilidad: tal vez la búsqueda hay que orientarla a la Sierra Salvada, cuya cumbre más excelsa es precisamente el Monte Salvado. Y esta sierra él la denominaba como “el antemural de la meseta castellana que se extiende de Este a Oeste entre el pico Goldecho o Charlazo (...) hasta la peña de Aro, en cuyo paraje cambia de nombre la cordillera para llamarse Peña de Angulo; pico del Ahorcado, Peña Complacera, asomándose finalmente al real valle de Mena, que se extiende al pie del escarpe”. Es decir, que La Salvada, como también se la conoce, viene a dividir Burgos, Vizcaya y Álava.

Y se podrá pensar lo que se desee, pero no deja de ser singular que nos encontremos con este extraño paraje de poder que es San Pantaleón de Losa a pocos kilómetros de esta Sierra, y que haya un pueblo vecino cuyo nombre sea Criales, que ya hemos dicho que recuerda tanto a la palabra Griales que no podemos dejar de mencionarlo.

¿De dónde le viene el nombre de Salvada a esta sierra? Sin duda esa es una buena pregunta. La fuente que hemos referido recogía la leyenda según la cual derivaba de la exclamación proferida por unos nobles leoneses que se batían en retirada desde Arrigorriaga considerándose a salvo una vez alcanzaron el portillo de la cumbre que desemboca en el valle de Losa, ya tierra castellana.

Otros autores, caso de Néstor de Goicoechea, han preferido ver raíces euzkeras en el nombre. Pero tal vez para entender en su plenitud el asunto debamos llevar al lector a trasponer con nosotros, subiendo por Peña Angulo y bajando a Arciniega, la montaña. Desde ahí, llegado al cruce que sale a nuestro encuentro tras descender el puerto, giramos a la izquierda por la carretera BU-344: estamos en el valle de Mena y otra sorpresa aguarda.

En efecto, seguimos al norte de Burgos pero ahora en el valle anejo y también dentro de la comarca de las Merindades. Álava queda al Este y Vizcaya al Norte. La carretera C-6318 atraviesa el municipio. Estamos en el territorio de los autrigones que se enfrentaron a Roma, junto a cántabros y astures entre 29 y 19 a.C.

En Mena hay varias joyas del arte románico, caso de la iglesia de Vallejo. Pero unos cientos de metros más allá está el siguiente objetivo de nuestra búsqueda griálica: el pueblo de Siones (¡habráse visto nombre tan evocador!) y su iglesia de Santa María.

Si primero sorprende que haya un pueblo con semejante nombre en una comarca repleta parajes salidos de la fábula griálica (Sierra Salvada, Criales...), ahora debemos añadir una iglesia desconcertante dedicada a Santa María de Sión, como si fuera la réplica de la que un día se fundara sobre el monte Sión en Jerusalén.

La tradición asegura que fueron los templarios los constructores de esta iglesia del siglo XII situada a los pies de los Montes de la Peña y rodeada por robles, hayas y encinas. La obra conoció una reconstrucción en el siglo XIX y una postrer restauración en 1999, pero hay que entrar en ella (en la casa situada justo en frente del templo se custodia la llave) para valorarla en su justa medida.

En efecto, en el exterior, la iglesia tal vez no diga demasiado, si bien en algunos capiteles de las columnillas adosadas a las ventanas encontramos tallas extrañas (una calavera, caras que se tapan la boca como para omitir secretos de indescifrable poder, etcétera), pero la grandeza de la iglesia está en su interior.

Consta de una sola nave, aunque tiene dos portadas, cabecera con ábside semicircular y torre sobre el crucero. Y la decoración es rica y llena de símbolos que nos deben hacer prestar atención, especialmente en la zona del presbiterio.

Encontraremos la serpiente que, dicen, representa el pecado; o la lucha entre David y Goliat; o el no menos mítico combate de San Jorge y el dragón; o la justa entre dos caballeros (¿templarios?); o la propia cruz del Temple en algún capitel. Pero, especialmente, el visitante se ve obligado a pensar en el Grial, y no sólo por todo cuanto llevamos dicho, sino por la representación de la mítica copa en uno de los capiteles interiores en manos de un caballero.

¿Esta copa es el Grial? Es más, ¿fue el Grial una copa? ¿Cómo responder a preguntas que se han formulado durante varios siglos?

                                                                MARIANO F. URRESTI

"A la Sombra del Grial", de Mariano F. Urresti, editorial EDAF
424 páginas, 15 x 23 cm. Rústica con solapa
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