"Leyendas de Escocia"

por Javier Pérez Campos

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Me envuelvo del sonido de gaitas que tocan bajo la lluvia para escribir este artículo… Para recordar un mágico viaje por los bellos pasajes escoceses… Por castillos con leyenda (y de leyenda), por callejones encantados y por la vieja historia revelada solo a algunos curiosos.

Acompáñeme por los callejones empedrados, parques verdes y tabernas de madera, todo ello rodeado de niebla, en un paseo nocturno pero iluminador, como los viejos faroles de gas que aún alumbran algunos de los comercios del casco antiguo de Edimburgo. Acompáñeme por este viaje a caballo entre la leyenda, la historia, y las míticas historias de terror de Robert Louis Stevenson, que tanto tienen ahora que ver…

Primera parada: Glasgow

La lluvia caía impetuosa sobre el oscuro asfalto… Era casi el único sonido que podía escucharse ya a las afueras del aeropuerto 'Glasgow International'.

Glasgow no es una ciudad especialmente turística ni cultural, sino más bien comercial e incluso industrial, teniendo en cuenta que ya desde el S. XVIII adquirió una gran importancia económica debido al comercio, principalmente de ron y azúcar, con Europa y Estados Unidos, además de ser el centro de manufacturas textiles, construcción naval e industria siderúrgica y carbonera.
Recuerdo cómo un fantástico caballero escocés típico, de falda y sporran, nos contó la leyenda de la ciudad, que hoy cobra forma en su emblema oficial y que puede verse en la mayoría de las farolas que alumbran algunas calles.

Como podemos observar en la fotografía (1), se trata de un pez, concretamente un salmón, que lleva un anillo en su boca.
La leyenda cuenta que un rey entregó un bello anillo de oro a su esposa. El más caro de todo el reino para ser exactos. Sin embargo, tiempo después, la reina otorgó el caro anillo a un buen soldado, con quien mantenía un desliz. Cuando el rey se enteró de todo aquello, se acercó al dormitorio del soldado cuando éste dormía, y tras quitar el anillo de su dedo, se acercó al río Cycle, y lo tiró sin pensarlo dos veces, embargado por la furia.

Al día siguiente, el rey pidió a la reina el anillo, intentando que esta supiera de su coartada. Ella, tras ir en busca del caballero y descubrir que este no tenía en anillo, rezó a San Mungo, pidiéndole que este apareciera.

Nadie sabe cómo ni por qué, pero en la cocina del gran castillo, la reina encontró el anillo al abrir la tripa de un salmón rosado, que probablemente había sido pescado en el río Cycle… El rey, al ver que la reina le mostraba su anillo, pensó que todo había sido un malentendido, y su matrimonio quedó a salvo.

Tras escuchar la leyenda, y agradecer a aquel caballero el interés, envuelto en sonido de gaitas, nos dirigimos a Glasgow Green. Kilómetros de parques, monumentos e historia pura y dura, que no deja de sorprendernos… Uno de los parques más antiguos de la ciudad, donde se celebraron más de sesenta ajusticiamientos entre 1814 y 1865.

Toda la información referente a estos sucesos se encuentra en el People’s Palace, un museo dedicado a la historia de la población de Glasgow, incluido el registro de ajusticiamientos, entre los que encontramos, además de otros muchos:

James Dyer: Allanamiento de morada 24 Octubre 1821
T. Donachy: Allanamiento de morada y robo 5 Junio 1822
Francis Kean: Robo 2 Junio 1824
William Devon: Asesinato 21 de Julio de 1824

El último ajusticiamiento público en Glasgow Green es el de Edward Pritchard, el 28 de Julio de 1865, por el asesinato mediante envenenamiento de su suegra y su esposa.
Más de doscientos crímenes se registraron en un periodo de 51 años en la ciudad de Glasgow.

Fotografía (2) emplazamiento en la actualidad, del lugar en que se llevaron a cabo más de sesenta ajusticiamientos a lo largo del S. XIX.

Tras la visita a Glasgow Green, caminamos hacia la imponente catedral de Glasgow, que es la mayor de toda Escocia. Se trata de una iglesia de estilo gótico, donde se encuentra enterrado San Mungo.

Llama la atención que la catedral está rodeada de nichos y tumbas “esparcidas” por el suelo, casi aleatoriamente. Tal es así, que para poder ver el Memento Mori (traducido del latín: “Recuerda que eres mortal”) situado en el exterior de la catedral, debes sortear los viejos mármoles de siglos ya pasados de la necrópolis.

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