«Apolo XII: la vida es persistente»

por Miguel Gilarte

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En ocasiones, pasamos por alto acontecimientos que han tenido una importancia crucial en un campo determinado de la ciencia. Algunos grandes proyectos en astronomía y astronáutica, no se han difundido con la debida formalidad, sin ahondar en las implicaciones que se pudieran derivar de ellos.

Uno de estos grandes acontecimientos, ha quedado relegado, olvidado y con una incipiente información que a muchos de nosotros nos va a sorprender en lo que se desprende del artículo que sigue.

Miguel Gilarte

Encuentro en la Luna y nuevas esperanzas

Dos misiones a la Luna, una no tripulada y otra con dos astronautas, se dieron cita en la superficie de nuestro satélite, con períodos de tiempo muy diferentes pero con resultados muy alentadores para poder encontrar vida en otros planetas.

Los resultados de estas misiones, han sido fundamentales para comprender la fortaleza de la vida en situaciones extremas, en situaciones que ni tan siquiera podía imaginar aquella vida, que durante miles de millones de años, se aferró a un ambiente muy diferente al que le depararía el tiempo.

Se ha encontrado vida en los ambientes más hostiles; en la Antártida y en sus profundas y gélidas aguas, en los desiertos más secos y en las profundidades abisales de los océanos. Curiosamente hay una novedad con todos estos descubrimientos. Nuestro Sol, del que siempre hemos dicho que es origen de la vida y la mantiene, es ahora en parte cierto.

El Sol generó la vida en la tierra porque somos materia del Sol, pero para una gran multitud de vida terrestre, el Sol ya no es necesario directamente. Aquellos organismos que viven en las profundidades abisales a kilómetros de la superficie de los océanos, no conocen la existencia del Sol, jamás los rayos de nuestra estrella, han tocado a aquellas criaturas.

Cada vez que intentamos conocer más a la vida (aunque realmente no sabemos con seguridad qué es la vida, y hay muchos científicos que intentan descifrarla, entre ellos el sevillano Pérez Mercader, director del Centro de Astrobiología en Madrid, el único del mundo fuera de EE. UU.), más aprendemos de su persistencia en lugares extremos, a temperaturas extremas, en ambientes irrespirables, con gases sumamente venenosos para el hombre, pero ahí está.

No tenemos que ir muy lejos para saber de la dureza de la vida y como se ha aferrado a esos ambientes. En ocasiones anteriores hemos escrito sobre los estudios que lleva la NASA en Río Tinto, río de la provincia de Huelva, de color rojo, con una acidez escalofriante y alto contenido en hierro, entre otros agentes que nos indicarían la ausencia total de vida. Pues es lo contrario.

Mientras más se investiga en estas aguas, más vida se encuentra. Recuerdo que se escogió Río Tinto, por ser un lugar muy parecido al que debía tener (o tiene) Marte cuando el agua fluía por sus ferrosos suelos.

Las misiones Surveyor

Las misiones Surveyor, estaban destinadas a realizar fotografías del suelo lunar, pero aún más, estaban diseñadas para aterrizar suavemente sobre la superficie de nuestro satélite y realizar algunos experimentos, principalmente mediante un brazo extensible, recoger muestras, analizarlas y mandar los resultados a la Tierra.

El Surveyor III realizó un aterrizaje algo brusco en el interior de un cráter de 300 m de diámetro ubicado en el Mar de las Tempestades en 1967, pero la misión fue todo un éxito. Una vez bien asentada en el suelo, la nave extendió su brazo y abrió varios surcos sobre la superficie, de modo que mediante las cámaras de TV, los científicos de la Tierra podían ver la naturaleza de las muestras que surgían bajo el suelo lunar.

La misión Apolo XII

El Apolo XII, con unas maniobras magistrales, aterrizó a pocos metros de la posición de la sonda Surveyor III, aunque en un principio, y cuando faltaban unos 2.000 m de altura para tomar tierra lunar, los astronautas no avistaban el cráter en el que debía estar la sonda, teniendo que pedir las coordenadas de aquel pequeño cráter a la Tierra, e inmediatamente se percataron de la localización del mismo.

Una vez que Apolo XII tomó Tierra lunar, los astronautas no localizaron la Surveyor III desde las ventanillas de la nave, pero al bajar por la escalerilla del módulo de aterrizaje el astronauta, y volverse de espaldas, pudo identificarla con claridad. Apolo XII se había colocado justo en el borde del cráter de 300 m de diámetro y a sólo 183 m de la Surveyor. La exactitud del aterrizaje, fue bordada.

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