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Extractado del libro "Aquella casa maldita en Amityville", editorial EDAF
Día 8
Jueves, 25
de diciembre de 1975
George se sentó en
la cama. Sabía perfectamente la hora que era sin necesidad de tener que mirar el
reloj:
las tres y cuarto de la madrugada. No entendía cómo era posible que esa
noche también se despertara a la hora de siempre. Había dormido profundamente,
pero solo una hora, porque se habían acostado tarde después de marcharse la
madre y el hermano de Kathy. Pensaba que hoy dormiría hasta por la mañana, pero
se había equivocado.
A su lado, su esposa descansaba tranquilamente, bocabajo y tapada hasta la
cintura. Todo parecía normal, no se escuchaba nada, salvo el silbido del viento
entre los árboles del jardín. Se respiraba cierto ambiente acogedor, y cayó en
la cuenta de que era la primera vez que tenia esa sensación en la casa desde que
se habían mudado, hacia una semana. El dormitorio estaba oscuro, pero podía
ubicar los objetos gracias a la luz de la Luna que entraba desde el jardín.
De pronto, su mujer empezó a murmurar algo entre dientes, pero George no logró
descifrar lo que estaba diciendo. Se esforzó. Incluso acerco su oído a ella con
la intención de escuchar mejor sus palabras, pero no lo consiguió. Kathy inspiró
profundamente y se incorporó de golpe. Parecía perdida. Su cabeza empezó a
moverse con rapidez, mirando a un sitio y a otro, como desorientada. Con la
respiración entrecortada, logró pronunciar algunas palabras.
—¡En la
cabeza!
—gritó sin mirar a su marido, que la observaba estupefacto-.
i Le dispararon en la cabeza!.
George la cogió por el brazo y le acarici6 la cara. Después la abrazó con
dulzura.
—Vamos,
cariño. Tranquilízate. Solo ha sido una pesadilla. Nada más...
Kathy se acurrucó entre los brazos de su marido y volvió a quedarse
profundamente dormida. Entonces la dejó nuevamente sobre la cama y se levantó
para ir, como todas las noches, a la caseta del embarcadero. Otra vez sintió la
imperiosa necesidad de comprobar si la puerta estaba o no cerrada. Se vistió, se
puso su chaqueta de abrigo y salió al frío helado del jardín. La luz de la luna
imprimía tonalidades blanquecinas a todo cuanto había a su alrededor. Se miró
las manos, y también las vio blancas.
George llegó al embarcadero donde guardaba la lancha. Harry, el perro, salió de
su caseta al oír sus pasos, pero ni siquiera ladró. Lo reconoció de inmediato.
George se quedó unos instantes acariciando al animal, mientras miraba hacia la
puerta cerrada del recinto de madera. Dejó a Harry y se acercó un poco más.
Observó la cerradura
y se dio cuenta de que la llave seguía echada. Todo en orden. Se levantó el
cuello del abrigo para protegerse la nuca y echo a andar por el camino de vuelta
a la casa.
Al llegar a la altura de la piscina algo llamó su atención en el primer piso. Se
detuvo en seco y miró hacia la ventana de la izquierda, la de la habitación de
la pequeña Melissa. Le pareció ver un movimiento, pero no pudo distinguirlo
claramente. Entonces se restregó los ojos con las manos para aclarar la visión y
trató de enfocar un poco más la vista hacia el cristal.
El corazón se detuvo
de golpe.
Allí, desde la ventana de su habitación, Missy lo observaba intensamente. Seguía
todos sus movimientos con los ojos abiertos como platos. Detrás de ella,
George
creyó ver de forma borrosa la cara de un cerdo con unas brillantes pupilas de
color rojo, que parecían taladrarlo con la mirada. Su respiración se agitó y no
tuvo más remedio que llevarse la mano al pecho, tratando de recuperarse de la
impresión. Cuando recobró el aliento, echo a correr con todas sus fuerzas hacia
la casa. A oscuras, subió de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera y
llegó, casi sin respiración, a la habitación de Missy.
Todo parecía estar
en calma. La niña descansaba plácidamente en su cama. Daba la sensación, además,
de que su sueño era muy profundo. Desde la puerta, George miró hacia la ventana
donde, supuestamente, acababa de ver a Melissa y lo que el había identificado
como una cabeza de cerdo con ojos brillantes. Pero no había nada. Solo la luz de
la Luna, que se colaba a través de los cristales e iluminaba esa parte del
dormitorio.
Contrariado, y un poco confuso, George se dio media vuelta con la intención de
meterse de nuevo en la cama y seguir descansando. Pero no llegó a dar ni un solo
paso. Un leve crujido, lento, que se repetía en una especie de vaivén
desconcertante, empezó a sonar a su espalda. Entonces giró la cabeza en dos
segundos que le parecieron eternos, y vio que Missy seguía dormida en su cama. A
través de la ventana se veía el jardín y la claridad plateada del reflejo lunar.
Pero esta vez si
pudo observar algo distinto. Sus ojos se fueron desplazando muy despacio hacia
la derecha. Y allí, cerca de la ventana, a los pies de Missy,
la mecedora de su
hija se balanceaba sola adelante y atrás, sin que nadie, aparentemente, lo
estuviera provocando.
La mecedora estaba vacía.
A las nueve de la mañana, Kathy y George desayunaban en la cocina. Los niños
seguían dormidos aún a esa hora. Ambos habían decidido comentar algunas de las
cosas que habían ocurrido en los últimos días, pero los dos se callaron
determinadas experiencias. Ninguno de los dos quería ser tornado por loco. Así
que Kathy no contó a su marido el episodio del crucifijo en el armario, y el
decidió no comentarle nada, de momento, sobre lo que había ocurrido la noche
anterior en la habitación de Melissa.
Lo de la temperatura
en esta casa es muy extraño
—dijo Kathy, apurando el último sorbo de café—. El
frío parece que se mueve. No siempre esta en el mismo sitio. A veces esta aquí
en la cocina, otras veces en el baño... anoche, por ejemplo, la habitación de
juegos del ático estaba helada. Y no dejaba de ser sorprendente, porque me
acerque al radiador y estaba caliente. Pero no se podía estar en ese cuarto del
frío que hacia.
—Si —respondió George, sintiéndose comprendido—.
El frío se mueve... aunque
parece que siempre se mueve conmigo, Kathy. Te juro que en los siete días que
llevamos aquí todavía no he podido entrar en calor. Es como si se hubiese
alojado en mi...
Kathy recogió los platos y las tazas y las depositó en el fregadero.
Eso me recuerda, querido, que necesitamos Hemos gastado mucha estos días y el
pronóstico del tiempo no hace más que anunciar nieve. También deberíamos comprar
algunos alimentos... No hemos salido de los límites de esta parcela en una
semana, y la despensa empieza a estar vacía.
Oye —dijo el, cambiando de asunto: la idea de salir no le apetecía lo mas
mínimo-. ¿No crees que tendríamos que llamar de nuevo al padre Pecararo? Es muy
raro lo que me dijo sobre el cuarto de la costura. Hemos convencido a los niños
para que no entren allí, pero ni tú ni yo sabemos la razón exacta...
Kathy movi6 la cabeza afirmativamente y se dirigió al teléfono. A los pocos
segundos regresó algo cabizbaja.
No responde. Debe de haber viajado a casa de su madre para pasar junto a ella la
Nochebuena. Lo intentare más tarde. Ante el silencio de George, Kathy se dio
cuenta de que su marido había eludido el tema de ir al supermercado. Así que
suspiró profundamente y se quito el delantal.
—Está bien,
querido. Me ofrezco voluntaria para ir a la compra.
Sobre las siete de la tarde, Kathy decidió subir a la habitación de juegos para
ayudar a sus hijos a cambiarse para la cena. La comida estaba prácticamente
preparada y George parecía no tener muchas ganas de hablar. De nuevo se había
irritado, y ella no tenía ni idea de la razón que le había provocado el enfado
esta vez. En cualquier caso, no estaba dispuesta a dejar que nada enturbiase su
buen humor esa noche. Por la tarde había empezado a nevar, eso le había traído
una agradable sensación de bienestar.
Mientras imaginaba los copos de nieve cayendo sobre la hierba del jardín, Kathy
llegó al descansillo de la primera planta. Se disponía a girar a la izquierda
para subir al ático, cuando escuchó hablar a Melissa en su habitación. Sonrió,
pensando que por fin sus hijos hablaban civilizadamente entre ellos en lugar de
pelearse, y le sorprendió gratamente el hecho de que los mayores guardaran
silencio mientras Missy se dirigía a ellos.
Pero cuando llegó a
la altura de la puerta del dormitorio, Kathy descubrió que su hija estaba
hablando sola.
Es bonita la nieve, ¿verdad, Jodie? —preguntó Missy, balanceándose lentamente en
su mecedora y mirando hacia el otro lado de la habitación.
Kathy siguió la mirada de su hija, pero su vista se perdía en un rincón vacío
del dormitorio.
-¿Con quien
estás hablando, pequeña?
—interrumpió la madre sonriente, pensando en el típico juego de niños de amigos
imaginarios con los que se habla y se juega.
Con Jodie, mamá. Es un cerdito. Y es mi amigo. Nadie puede verlo. Solo yo.
«Vaya» —pensó Kathy—. «Esta vez si que ha llegado lejos con la imaginación. No
ha pensado en una amiga o un amigo humano, sino en un animal... y nada de un
perro o un gato, no: un cerdo. Era de lo más rebuscado, y cómico al mismo
tiempo.»
—Bueno, cariño —dijo Kathy en voz alta—. Casi es la hora de la cena, así que
podemos ir lavándonos las manos, ¿de acuerdo? Papá nos está esperando abajo. Yo
iré a buscar a tus hermanos...
—A Jodie no le gusta
papá —mencionó la niña cuando su madre estaba a punto de atravesar el umbral de
la puerta.
—Ah, ¿no? ¿Y por qué
no le gusta, si puede saberse?
Melissa permaneció callada unos segundos, sin dejar de balancearse y de mirar al
rincón solitario. Finalmente, respondió a su madre.
Dice que le recuerda
a la persona que lo mató...
Kathy se sorprendió
con aquella respuesta. Una cosa era que su hija se inventase personajes o
amigos, pero otra bien distinta resultaba aquel comentario nada usual para un
juego de una niña de cinco años.
Melissa, por favor —repitió su madre, intentando desviar el tema de la
conversación—. Levántate de ahí y ve a asearte. Es casi la hora de cenar.
Kathy dejó la habitación de su hija y caminó despacio hacia la escalera del
ático. Al pasar junto al cuarto de la costura se quedó mirando unos instantes la
puerta cerrada de la habitación, en la que no entraba nadie desde el día
anterior. Entonces se dio cuenta de que Missy estaba mirando a un punto concreto
de la pared que compartían el dormitorio y el cuarto de la costura. Sintió un
escalofrío y empezó a subir rápidamente hacia el ático intentando apartar ese
pensamiento de su mente.
A
una media hora en coche de allí, el padre Ralph Pecararo descansaba en su casa,
anexa a la parroquia del Sagrado Corazón.
Llevaba dos días sin
salir debido a la gripe, que le provocaba una fiebre que subía por encima de los
cuarenta grados.
El sacerdote se metió en su cama, realmente sorprendido por el
hecho de que los Lutz no respondieran a sus llamadas.
La policía le había
confirmado que estaban en su casa y él no dejaba de telefonear. Pero no
alcanzaba a conocer la razón por la que no descolgaban el auricular.
Toda esta historia
le parecía cada vez más misteriosa. Tiritando de frío, y sudando al mismo
tiempo, el padre Pecararo decidió hacer caso a su médico y aparcar todo el
trabajo pendiente, tanto del tribunal como de sus pacientes.
Intentó descansar,
pero no pudo.
En su cabeza
circulaba constantemente una misma palabra: «maligno».
Su preocupación por
la familia Lutz se multiplicó por tres.
AQUELLA CASA MALDITA EN AMITYVILLE
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Datos del Autor:
CARLOS CALA BARROSO
nació en Morón de la Frontera (Sevilla) en enero de 1974. Es licenciado en
Periodismo por la Universidad Hispalense de Sevilla. Toda su vida profesional ha
estado vinculada a la Cadena SER, donde empezó a trabajar en 1992. Actualmente
pertenece al equipo de los Servicios Informativos de la SER y también colabora
en el programa Milenio3. Ha escrito numerosos relatos cortos y guiones
radiofónicos y fue miembro del Grupo de Teatro de los Corrales Andaluces. Esta
es su primera novela.
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