PEDRO

por Fernando Rodríguez | Lunes 9 julio 2012

 Cuando muere alguien joven y con la mayor parte de su vida por delante, siempre me viene a la cabeza la frase de William Munny, el personaje creado por Clint Eastwood en la magistral “Sin Perdón”. Munny, asesino de hombres mujeres y niños, decía en el ocaso de su redención: “Matar a alguien es algo muy duro, le quitas lo que tiene y lo que podría llegar a tener”.

Esta vez le ha tocado a Pedro. Mi hermano. Mi amigo. Lo que tenía y podría llegar a tener.

Pedro tenía una sonrisa nunca forzada que iluminaba cualquier habitación en la que estuviera, una sonrisa sincera que podía convertir en hogar una oficina. Tenía una pareja, Fernando, que ha quedado mutilada para siempre. Tenía una ahijada, Alejandra, mi hija, a la que habría que inventar el verbo para definir la adoración que sentía por ella. Tenía más de un millón de amigos, a los que había enseñado con ilusión la nueva casa que se había comprado en un piso 26, sin miedo a las alturas. Más cerca del cielo.

Tenía unos billetes de avión para dentro de unos días a Brasil, su patria chica, que con el tiempo se pondrán amarillos-brasileño. Se iba con Fer, como siempre. Tenía adoración por su trabajo y sus compañeros, perdón, amigos. Pedro no tenía familia ni compañeros, ni subordinados, ni jefes, ni primos ni tíos, tenía amigos y sólo amigos.

Tenía unas zapatillas New Balance, unas chanclas brasileñas, un par de polos y tres pantalones vaqueros. Tenía una tele pequeñita que le había regalado Fer, un Ipad y un móvil. Lo material no era lo suyo, nunca lo fue.

Tenía también una terraza con plantas que sólo enseñaba a sus amigos, una mochila que llevaba a la espalda, todas las temporadas de Los Simpson, más de un centenar de libros y un diccionario al que le faltaba la palabra “No”.

Tenía una generosidad que jamás he visto en otra persona, tenía unos recuerdos del pasado más lejano que le atormentaban y que iba dejando atrás con el coraje y la valentía que sólo tienen los mas grandes. Los elegidos.

Eso tenía Pedro. ¿Y qué podría llegar a tener una persona de 43 años? Todo.

Otro millón de amigos, unos papeles del juzgado con la forma de una boda que certificaran que quería a Fer para siempre, muchos años de viajes a Brasil, porque no, Pedro, nunca te hubieras retirado allí como querías. Cuando decías esa palabra: “Retiro”, tu mismo sabes que nunca hubieras podido. Te hubieras aburrido.

Podría tener todo lo que hubiese querido, aunque él ya tenía bastante. Tenía de sobra. Era feliz con la seguridad que sólo tienen los niños y algunos adultos con la conciencia tranquila.

Deja tres hermanos para los que era el nexo de unión, era el penúltimo de nosotros y era un padre para todos. Más que un padre. Un héroe, un ídolo, una fuente de inspiración, un soplo de aire fresco, una solución inminente a cualquier problema, del trabajo o de la vida.

Mucho me temo que no sólo nos ha dejado huérfanos a nosotros, su familia, si no que también ha dejado huérfana a la gran familia de la tele. El demostró que las cosas se pueden hacer de otra manera. Con fe, ilusión y con una sonrisa sincera en el rostro.

A Pedro no lo ha matado William Munny, asesino de hombres, mujeres y niños. A Pedro le ha matado su propia ilusión. Su infinita generosidad le llevó a creer que podía con todo, con sus propios problemas y con los problemas de su millón de amigos. Ese “voy a llamar a Pedro”, es una frase intuitiva que mucha gente seguirá diciendo en sus cabezas ante el menor contratiempo hasta que nos demos cuenta de que ya no estás. Nadie puede con todo, ni siquiera Superman. Ni siquiera tú, Pedro.

Pedro, hermano, amigo, compañero, padre, padrino: Para mi desgracia te conocí tarde en toda tu luz, en todo tu esplendor. Eso que me perdí. Si te hubiera descubierto antes, mi vida hubiera sido mucho más fácil y bonita.

Te quiero. Con locura y para siempre. Aunque ya sabes que los Rodríguez nunca decimos eso.

Fernando Rodríguez