El ángel de la televisión

por Iker Jiménez | Sábado 7 julio 2012

 Estoy triste, Pedro. Quizá más triste de lo que nunca podría haber llegado a imaginar. Pero no lo estoy por ti, porque sé muy bien que ya estarás atravesando los espacios cósmicos rumbo a la otra orilla. Explorando feliz un universo nuevo y fascinante con esa mirada que ponías justo antes de reír. Esa mirada con la que nos obsequiaste y calmaste cientos de veces, en los buenos y en los malos momentos.

Tengo la certeza de que en esa mágica dimensión que se abre a la vuelta de la esquina de la vida ya estarás preparando la producción de otro programa y buscando el mejor plató del cielo.

Absolutamente liado. Con mil frentes abiertos. Viviendo a tope. Como siempre. 

Estoy triste, pero por nosotros. Esa es la verdad, Pedro. La terrible y egoísta verdad que me sale de dentro y que necesito confesarte. Por nosotros, que no sabemos ni qué decir y que solo podemos llorar. Por nosotros, que nos hemos quedado bloqueados con el corazón reseteado. Por nosotros, que no vamos a saber a quién acudir en busca de esa ayuda. En busca de ese afecto. En busca de esa sonrisa que solo tienen los seres de luz.
Por nosotros, que de pronto nos hemos quedado huérfanos de ángel.

Porque eso eres tú, Pedro. Yo lo sé y nadie me va a convencer de lo contrario. Y ya sabes lo cabezón que soy. Tú eres el ángel de la tele que se nos apareció un día y prometió velar por nosotros. Que se cruzó en nuestro camino para cuidarnos como nadie lo había hecho nunca. Nuestro protector bajo cuyas alas nos cobijábamos. La mejor persona que hemos conocido nunca en estos mundos insólitos de la pantalla. La mejor y para siempre.

Por eso te queremos tanto, Pedro. Por eso te querremos más allá del tiempo y de la lógica. Porque solo un ángel puede ser así y ahora empezamos a ser conscientes de la suerte que hemos tenido al coincidir contigo en esta aventura de la existencia. Porque resulta extrahumana tu bondad, tu cariño, tu afecto y tu tutela. Extrahumana porque no la hemos visto en nadie. Y porque has sido un misterio que en poco menos de dos años nos ha cambiado la vida. Como un cometa que llega, resplandece y se marcha con rumbo lejano. Dispuesto a iluminar a otros en algún lugar que desconocemos.

Pero aquí nos hemos quedado con tu último destello y sin poder abrazarte. Sin poder agradecerte una vez más todo lo que nos has dado. Todo lo que has hecho por nosotros. Por tantos cientos de horas disolviendo nuestros miedos e inquietudes. Por tantos entuertos que, como un quijote con ipad, has resuelto eficazmente por nosotros. Batiéndote en duelo en todos los terrenos. Sin pedir nada a cambio.

Como siempre, Pedro.

Podremos decir a los nuestros que conocimos a un ángel. Que nos reímos con él. Que peleamos en su bando, con fe y con determinación. Que reímos con los triunfos y nos animamos en las pocas derrotas. Siempre pensando en la siguiente historia. En el siguiente reto. En el próximo desafío.

Hay muy pocas personas en el mundo, en la Historia, que hayan tenido ese privilegio. Convivir con un ángel y aprender de él. Por eso, a pesar de la tristeza, y creo que en nombre de esa Nave del Misterio cuyo depósito llenaste con el combustible de la ilusión y el entusiasmo, quiero darte las gracias. Una vez más…y como siempre.  Porque ha sido un honor. Ha sido una hermosa aventura imborrable que ahora duele en el alma por su brevedad en el tiempo, pero que recordaremos como una de las etapas más felices de nuestras vidas. Gracias por hacernos mejores. Gracias por tu legado. Gracias por tu lección. Gracias por tu ejemplo.

Suerte, Pedro. Te querremos. Siempre.

Iker Jiménez