La conexión Buonarroti
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Capítulo I (continuación)
Y así comenzaría fraguarse una relación que conduciría al joven Buonarroti durante los siguientes años a través de un mundo pagano, alejado del cristianismo, y donde el muchacho comenzó a sentir en su interior algo que había intuido ya cuando se cruzaba en la mansión de los Médici con cualquiera de los bellos efebos que la poblaban. Hasta entonces se había prohibido a sí mismo ceder a esos pensamientos, pero Poliziano le habló de tiempos donde el amor no se detenía ante la frontera que el cristianismo establecía entre personas del mismo sexo.
Aquella noche Miguel Ángel se ocultó entre las sombras del jardín del palacio. No tardó en acudir a la cita Ficino, y poco después llegó su amigo Poliziano. Miguel Ángel los vio sentarse en un banco de piedra y tuvo que reptar por el césped para situarse lo suficientemente cerca como para espiar la conversación.
-Gracias por venir –en la voz de Ficino había un temblor desconocido- No se me ocurre nadie mejor que tú para confesarle lo que he descubierto.
-Me alarmas, Marsilio ¿Qué sucede?
-Como bien sabes, de un tiempo a esta parte insisto en que no hay cuerpos bellos individualmente, sino que son un único cuerpo. La Belleza es una escala que nos eleva hacia Dios. La Belleza lo es todo, Ángelo. Cada idea, cada gesto de esas estatuas –señaló con su mano a algunas de las esculturas que adornaban el patio- estaba contenida en la materia, como la belleza lo está en nosotros. ¿Y sabes porqué cuesta tanto liberarla de la piedra o de nuestros cuerpos?
Poliziano negó con la cabeza aguardando en silencio la respuesta de Ficino, pero el clérigo no dijo nada más, sino que se limitó a sacar de su jubón acolchado un pergamino y se lo entregó al poeta.
-He estado a punto de destruirlo –confesó- Cuando lo leas comprenderás lo difícil que ha sido para mí que el amante de los textos se imponga al hombre de Iglesia que soy. Es el original –añadió-; las traducciones que hice al latín las he quemado. No quiero volver a hablar sobre esto en la vida, ¿de acuerdo? Haz con él lo que tu conciencia te dicte –concluyó mirando al documento con verdadero terror.
Sin aguardar respuesta alguna, el clérigo y traductor se levantó del banco de piedra y abandonó el silencioso patio dejando a Ángelo Poliziano leyendo el misterioso manuscrito. Lejos estaban ambos de sospechar que aquella misma noche el estudio de Ficino sería asaltado por el joven amigo de Rafael Malacoda, aunque su empresa se saldó sin el premio que anhelaba.
Mientras leía, el rostro de Poliziano se tornó blanco como el mármol de las estatuas que lo contemplaban con cautela.
Amparado por la vegetación y las sombras Buonarroti sentía que un fuego interior lo devoraba. Las palabras de Ficino habían prendido su corazón. La belleza se oculta en la materia, la idea aguarda a que la mano del artista la libere. Y él, se prometió, sería ese libertador, mas ¿qué contenía aquel manuscrito? ¿Acaso allí encontraría más secretos extraordinarios?
El éxito de Miguel Ángel no pasó desapercibido para nadie. Los siguientes meses los vivió entre la pasión que Poliziano le inculcó por los textos clásicos y por La Divina Comedia de Dante, y las miradas torvas de los demás alumnos de Bertoldo. Rustici, Andrea Sansovino y el resto debían soportar las burlas que en muchas ocasiones hacía Buonarroti de sus dibujos y trabajos, y uno de aquellos días las pullas del joven genio se dirigieron hacia la obra de Pietro Torrigiani. Malacoda, que se había hecho íntimo de Torrigiani, fue quien incitó al robusto aprendiz a lanzarse contra Miguel Ángel y propinarle una paliza brutal de resultas de la cual la nariz de Buonarroti quedó desfigurada para siempre. Cuando lo recogieron del suelo lo daban por muerto. Pero, para desgracia de algunos, sobrevivió.
Malacoda odiaba a Miguel Ángel, y Torrigiani aún más. Ambos se sintieron victoriosos por una vez ante su rival, dado que si Buonarroti amaba la belleza, él jamás podría mostrar al mundo un rostro agraciado con aquella nariz desfigurada. Buonarroti cayó entonces en una depresión de la que salió gracias a la ayuda de Poliziano. El poeta le leía las palabras de Dante, los textos de Homero y Hesíodo, y exaltaba su imaginación de tal modo que las manos del joven arrancaron a la piedra una Batalla de Centauros y Lapitas que dejaría estupefactos a sus enemigos y más embobados aún a sus admiradores.
-Los demás sólo se fijan en si los cuerpos desnudos están perfectos o no, o me reprochan que no he finalizado la obra porque no hay un fondo definido –Buonarroti miró con agradecimiento a Poliziano- Sólo tú te has dado cuenta de lo que quise representar.
-La lucha entre el espíritu y la materia, ¿no es cierto? –preguntó Poliziano. En su rostro apareció de nuevo la sombra de tristeza que Miguel Ángel había advertido en él desde la noche en que Ficino le entregó el enigmático pergamino.
-¿Qué os sucede?
Poliziano negó con la cabeza. No era nada, dijo. ¿Qué otra cosa podía decirle a aquel muchacho?
-Y dime, ¿esta obra significa que ya has resuelto tu debate sobre el paganismo y el cristianismo? ¿O has vuelto a escuchar a ese fraile del demonio?
Buonarroti no pudo sostener la mirada de Poliziano. Era cierto, no había podido resistir la tentación de oír las prédicas encendidas de Girolamo Savonarola, un fraile dominico terrible, de rostro feo y enorme nariz ganchuda cuyos discursos apocalípticos estaban ganando cada vez más audiencia y seguidores.
Lorenzo de Médici, siempre deseoso de ampliar conocimientos, lo había hecho venir a Florencia hacía un tiempo sin sospechar que metía a la zorra dentro del gallinero. El dominico pronto comenzó a cargar contra la sensualidad pagana que se respiraba en la ciudad. Increíblemente, con el paso del tiempo Savonarola comenzó a echar un pulso al propio Lorenzo el Magnífico y alcanzó el priorato del mismísimo monasterio de San Marco.
-No he podido evitarlo –confesó Miguel Ángel, quien se sentía atraído por la llamada a la austeridad que hacía aquel monje febril, y tal vez su fealdad le hacía sentirlo próximo a sí mismo.
Poliziano sacudió la cabeza con tristeza.
-¿No sé adónde vamos a ir a parar con ese loco?
Las palabras de Poliziano fueron proféticas. Los siguientes meses el poder de Savonarola en la ciudad se agigantó, y fue sorprendente para Miguel Ángel ver cerca de aquel fraile al enigmático Rafael Malacoda alentando su cruzada contra el vicio y el fervor intelectual que los Médici habían demostrado por el mundo clásico. Buonarroti admiraba la moral de hierro que el fraile predicaba y que lo llevaba incluso a cargar contra la Iglesia y el papa, pero ¿cómo admitir que quisiera destruir el precioso legado del mundo clásico? ¿Cómo no removerse inquieto, precisamente él, cuando Savonarola condenaba la homosexualidad?
Miguel Ángel se debatía entre una y otra corriente. Por un lado, frecuentaba el convento del Santo Espíritu y se hizo amigo del prior, a quien regaló un Crucifijo de madera policromada que sería la única obra que realizó en ese material en toda su vida; y por otro, esas visitas le servían para que el prior le permitiera estudiar los cadáveres de los enfermos que fallecían en el hospital del convento. Si Savonarola y sus fanáticos seguidores lo supieran, lo condenarían si remedio.
El pulso entre Lorenzo de Médici y el irascible fraile finalizó en la mañana del día 8 de abril de 1492. Tres días antes, durante la noche, una terrible tormenta sacudió Florencia y un rayo acertó a derribar parte de la linterna de Santa María del Fiore. En su casa de Careggi Lorenzo de Médici agonizaba tras una larga enfermedad.
-¿De qué lado cayeron las piedras de la linterna? –preguntó a sus médicos.
Cuando le dijeron que habían caído del lado de su casa auguró que su muerte era inminente, y tres días después se cumplió su vaticinio.
La muerte de Lorenzo el Magnífico sumió en una terrible inquietud a toda la ciudad, ahora definitivamente controlada por Savonarola y el grupo de jóvenes fanáticos que lo acompañaban. Malacoda y su amigo se habían unido a ellos y aprovecharon la oportunidad para tratar de destruir todas las bibliotecas que pudieron, pero en realidad sólo les interesaba la de Ficino, que expurgaron a conciencia sin poder descubrir el ansiado manuscrito que perseguían.
En alguna ocasión el Magnífico se había confiado a Miguel Ángel diciéndole durante una de las cenas que compartían que tenía tres hijos y que uno de ellos era bueno; otro, discreto, y otro era un loco. Los hijos del Magnífico con los que se crió Buonarroti eran Giovanni, que fue cardenal a los dieciesiete años, Giuliano y Piero, el mayor. Sobre Piero recayó el gobierno de la ciudad. Pocos sabían que precisamente él, Piero, era el loco del que había hablado su padre.
Miguel Ángel regresó a la casa familiar tras la muerte de Lorenzo. Seguía manteniendo contacto con Poliziano y también con Cardière, el músico. Y a él fue a quien primero confesó su deseo de huir de Florencia. No se podía vivir más en una ciudad donde un loco había impuesto un régimen de terror y no dudaba en hacerle llamar para moldear con nieve un muñeco, como sucedió el 20 de enero de 1494 tras una fuerte nevada. Ni tampoco se podía respirar más la atmósfera de fanatismo que Savonarola y sus seguidores derramaban a su paso condenando la belleza, el arte y la cultura.
La decisión la tomó finalmente un día de septiembre de 1494, cuando su amigo Cardière le avisó de que el poeta Poliziano quería verlo. Poliziano estaba gravemente enfermo y Miguel Ángel corrió a la cabecera de su cama.
-¿Has resuelto ya tu debate sobre el paganismo y el cristianismo? –le preguntó Poliziano con un hilo de voz antes de sonreir sin fuerza.
Miguel Ángel lloró al verlo en tal estado. Aquel hombre no podía morir, debía ser eterno como los héroes clásicos de los que siempre le habló.
-¿Recuerdas la conversación que tuve con Ficino aquella noche en el patio del palacio de Lorenzo? –preguntó inesperadamente el moribundo.
El muchacho quedó petrificado. ¿Cómo podía saber Poliziano que estuvo espiando aquella noche?
-Vamos, ¿acaso crees que no te ví? –se burló el poeta- Acércame ese cofre –añadió señalando un pequeño arcón de madera que estaba cerca del camastro.
Cuando lo tuvo a su alcance, Poliziano lo abrió con dificultad y rebuscó en su interior. Después, entregó a Miguel Ángel el manuscrito que aquella noche le dio Ficino; el mismo que Rafael Malacoda ansiaba poseer.
-Aquí encontrarás la respuesta a ese debate tuyo, querido Buonarroti. Está en griego, pero encontrarás en el cofre una traducción que yo mismo hice. Cuando la leas será mejor que la destruyas y conserves sólo el original. ¿Me lo prometes?
Miguel Ángel, atónito, sólo acertó a mover afirmativamente la cabeza. Antes de morir, Poliziano dijo algo más:
-¿Recuerdas cuántas veces hemos leído juntos a Dante? –sin aguardar la respuesta del joven artista, añadió-: Pues aquí encontrarás tu Divina Tragedia. Y en ese mismo momento, Ángelo Poliziano expiró.
Por su nariz torcida y deformada por los golpes de Torrigiani resbaló el dolor de Buonarroti. Aún desconocía el terrible legado que el erudito poeta le había confiado.
Sobre el autor:

Mariano F. Urresti, licenciado en Historia y miembro del Consejo Asesor de RTVE en Cantabria.
Nacido en Santander, vive en Santillana del Mar (Cantabria) Es autor de los ensayos Los templarios y la palabra perdida; Un Viaje mágico por el Camino de Santiago; La vida secreta de Jesús de Nazaret; Colón, el Almirante sin rostro; A la sombra del Grial; Felipe II y el secreto de El Escorial y de la novela El talismán de Raziel, todos ellos editados por Edaf.
Es autor también de Camino a la Atlántida (Aladena), Las claves del Código da Vinci y La cara oculta de Jesús (Nowtilus), Los pecados de la Biblia (Espejo de Tinta) y coautor de Gótica (Aguilar) y de 20 historias inquietantes (Minotauro).
Sobre el libro:
Ficha:
Título: La conexión Buonarroti
Autor: Mariano F. Urresti
Editorial: Styria
ISBN: 978-84-96626-25-1
Páginas: 400
Dimensiones: 16 x 23 cm.
P.V.P.: 20,00 €
Argumento:
Miguel Ángel, siendo aprendiz en el taller de Ghirlandaio, frecuentó los jardines del convento de San Marco, en Florencia.
Era el paraíso de los artistas que tenían a Lorenzo de Médici por protector.
Allí conocerá a Marsilio Ficino, modelo del hombre del Renacimiento, poeta, sacerdote y traductor al latín de numerosos textos herméticos.
Uno de aquellos textos contiene una revelación extremadamente peligrosa para los defensores de cualquier religión.
Un documento que llenará de angustia al sabio y, tiempo después, a Miguel Ángel, miembro de la hermandad mística de los Espirituales perseguida por la Inquisición y custodio del texto hermético.
¿Qué relación tuvo la custodia de aquel documento con que Miguel Ángel Buonarroti nunca terminara Los Prisioneros, el grupo escultórico destinado inicialmente a la tumba del papa Julio II?
¿Por qué al final de sus días decidió mutilar con su martillo la Piedad Bandini?
Cinco siglos más tarde una joven ingeniero se verá obligada a desvelar alguno de esos secretos mientras trata de resolver un misterio familiar.
Su búsqueda le conducirá hasta Santa María la Redonda, en Logroño, donde hallará las respuestas a los interrogantes que rodean a muchas de las obras de Miguel Ángel y también a la solución del misterio que envuelve a su familia…
La conexión Buonarroti es un thriller histórico que se adentra en la realidad histórica del artista y entreteje a su alrededor la trama que permitir ofrecer una explicación de las claves de esas y otras obras del genial florentino.

