La conexión Buonarroti

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Capítulo I (continuación)

Aquella noche Ludovico di Leonardo Buonarroti no pegó ojo. ¿Qué quería de él Lorenzo el Magnífico? ¿Qué nueva imprudencia había cometido el estúpido de su hijo?

Bajo las sábanas raídas buscó amparo en el calor de su segunda esposa, Lucrezia degli Ubaldini, con la que se había casado cinco años antes. Anheló poder discutir con la difunta madre de Miguel Ángel, Francesca, el nuevo compromiso en el que le había puesto aquel niño que se había negado a aprender latín en la escuela de Francesco da Urbino, a la que lo habían mandado hacía unos años. ¿Por qué no podía ser Miguel Ángel igual que sus hermanos, Ludovico, Buonarroto y los demás?

Al fin pasó la noche y la mañana descubrió a Ludovico vistiéndose con sus mejores galas y saliendo de su humilde casa en el barrio de la Santa Croce en dirección al temible palacio de la Vía Larga.

En aquella ciudad de algo más de cincuenta mil almas las casas se arracimaban alrededor de las principales iglesias. La Santa Croce, Santa María Novella, San Lorenzo, Santo Espíritu o Santa María del Fiore, coronada con la insultante bóveda que ideó Brunelleschi, eran los imanes a cuyo alrededor se adherían las construcciones. Algunos edificios se unían entre sí dando lugar a insulae que reunían clanes familiares dirigidos por un cabecilla. Mientras, las familias de banqueros y comerciantes se dividían el poder urbanístico desde sus palacios. Los Pitti controlaban el territorio al otro lado del río Arno; los Rucellai tenían su parcela propia, y los Médici eran dueños y señores del norte de la ciudad y, en realidad, de la ciudad entera, puesto que el gobierno de la República era un mero títere controlado por esa riquísima familia. En el fondo, todos lo sabían, Florencia era la República de las apariencias, porque lo que realmente existía era un gobierno republicano sin poder alguno controlado por un principado en la sombra ostentado por Lorenzo de Médici. Y precisamente hacia la boca del lobo caminaba Ludovico aquella mañana.

Entró en el soberbio palacio de la Vía Larga acobardado, retorciendo entre sus manos sudorosas el gorro con el que se tocaba la cabeza. Las estatuas maravillosas que atestaban el patio interior hicieron que se encogiera aún más, y con cada paso que daba por aquella escalera más parecía menguar.
Lorenzo lo recibió en una espléndida sala. Ludovico no lo miró a los ojos porque temía morir allí mismo si lo hacía. De su azoramiento fueron testigos los riquísimos tapices y los cuadros que adornaban las paredes.

-Quiero que tu hijo trabaje para mí –le espetó Lorenzo de Médici sin más preámbulo. Aquello no era una propuesta, sino una orden.

Ludovico se tambaleó, pero trató de recomponer su postura y apeló a la maltrecha historia de su familia para tratar de ganar algo en aquella negociación que, era obvio, en realidad no lo era. Nadie discutía a Lorenzo de Médici.

-Señor, en mi familia jamás hubo artistas –se encorvó aún más ante el dueño de Florencia- Somos funcionarios, como bien sabéis, y hubo tiempos en los que participamos en las más importantes instituciones y…
-Tu hijo no será un criado –lo interrumpió Lorenzo-; vivirá en mi palacio y será uno más de mi familia. Se sentará conmigo a la mesa.
Pálido y aturdido, Ludovico no pudo decir nada de nada.
-Dime qué quieres para ti –añadió el Magnífico dando por zanjada la conversación.

El hombrecillo que estaba ante él no acertó a pedir otra cosa que un humilde puesto de secretario del administrador de aduanas, y Lorenzo el Magnífico hizo un gesto de disgusto. Nada le molestaba tanto como la falta de ambición, pero aceptó conceder su patético deseo a Ludovico.

Cuando el padre de Miguel Ángel salió a la calle aún le temblaban las piernas. No podía creer su buena suerte. Tenía un nuevo trabajo y aún seguía vivo tras haberse entrevistado con un hombre que no dudó en ordenadar descuartizar a más de setenta traidores tras la conjura de los Pazzi. Aquella familia rival había intentado asesinar al propio Lorenzo y a su hermano Juliano para consolidar su monopolio en la explotación del alumbre. Todo sucedió el 26 de abril de 1478 en Santa María del Fiore. Juliano murió, pero Lorenzo escapó con vida y encontró el apoyo del pueblo. Su venganza nadie la olvidaría, porque no es fácil borrar de la memoria los cuerpos descuartizados colgando del Palacio de la Signoria. Miguel Ángel tenía entonces tres años y, lógicamente, no podría recordar aquel horror, pero Ludovico jamás pudo olvidar el olor de la sangre.

-¿Has averiguado algo? –le preguntó a Rafael Malacoda el joven apuesto con el caminaba no lejos del jardín de San Marco. El desconocido vestía una túnica corta entallada de seda roja, calzas de terciopelo verde y unas magníficas botas de gamuza de color marrón. Sus cabellos estaban teñidos de rubio y rizados con hierro caliente, según la moda de la época.

-Estoy seguro que el manuscrito está en poder de Ficino, pero es muy difícil llegar a él. Ni te imaginas cómo lo mira aquí la gente; parece que creen que por haber leído a los griegos en su idioma Ficino ha viajado hasta el mismísimo Olimpo. Es un tipo distante y estirado y cuenta con toda la protección del Magnífico –respondió Malacoda.
-¿Y entonces qué hacemos?
-He pensado que tal vez podríamos entrar en su casa, simular un robo y tratar de encontrar el pergamino.
-¿Lo haríamos los dos?
-Creo que será mejor que te encargues tú. Aunque Ficino parece que no presta atención a nadie, estoy seguro de que conoce a todos los que somos alumnos de Bertoldo. Sería arriesgado que fuera yo.
El joven de rizos dorados se despidió de Malacoda al llegar a San Marco perdiéndose por una callejuela poco transitada.

El palacio de la Vía Larga era un nido de seducción. En cada sala, en cada esquina, se derramaba el perfume de la sensualidad, los amores prohibidos, la herencia carnal del paganismo clásico que el Magnífico alababa. Marsilio Ficino había entrado a formar parte de la nómina de filósofos, artistas y eruditos en la casa de los Médici cuando tenía a penas dieciocho años. Cosme de Médici le encargó entonces traducir los Diálogos de Platón y poco a poco fue tejiéndose una tupida red de amigos entregados a la reflexión neoplatónica. Así nació la llamada Academia, cuya dirección se encomendó al distante Ficino, en la villa campestre de Careggi.

De un modo periódico se adquirían lotes de libros y textos extraordinarios. Pero jamás ninguno había alterado el semblante del clérigo y había revuelto sus entrañas como aquél que había traducido días atrás. Ficino dudaba sobre lo que debía hacer. El hombre de Iglesia que era le impulsaba a destruirlo; el erudito, a conservarlo. Pero, ¿acaso un hombre solo podía soportar el peso terrible de lo que aquel manuscrito decía?

Ficino bajaba por las escaleras del palacio Médici meditando sobre esas cuestiones cuando se cruzó con el joven aprendiz de escultor que Lorenzo había convertido en su protegido. Apenas lo miró. Era más bien bajo y poco agraciado; nada que ver con los bellos efebos que poblaban aquel palacio. Ficino, en cambio, se alegró al ver a Ángelo Poliziano.

-Ángelo, necesito hablar contigo. Es muy urgente –le dijo al poeta, con quien mantenía una buena relación.
-¿De qué se trata? –quiso saber Poliziano mientras llamaba con un gesto a Miguel Ángel, a quien había tomado aprecio desde que el muchacho se instaló en el palacio. De hecho, Poliziano y Cardière, el músico, eran los mejores amigos de Buonarroti.
-Es algo que he descubierto en un texto. ¿Nos vemos esta noche abajo, en el jardín?
Poliziano asintió en silencio. Miguel Ángel no pudo evitar oír la invitación del misterioso Ficino a su amigo, pero fingió no haberlo escuchado.
-¿Cómo está ese bajorrelieve en el que estás trabajando? –preguntó el poeta cuando Ficino se había marchado.
-Lo tengo terminado, señor –respondió Miguel Ángel- ¿Se dignaría a contemplar mi humilde trabajo? –preguntó con una falsa modestia que no era propia de él.

Ambos caminaron hasta el taller donde el jovencísimo escultor había dado forma a una Virgen que amamanta a su hijo. La influencia de su maestro Bertoldo lo había llevado a emplear la misma técnica de aplastamiento o stiacciato que ya usara en su tiempo Donatello. La grandeza de las formas, sobredimensionadas, la audacia de representar al Niño de espaldas, y la inmaculada perfección del trabajo dejaron perplejo a Poliziano.

-¿La Virgen en una escalera? –fue todo lo que pudo decir.
-Una escalera de cinco peldaños, señor –apuntó Miguel Ángel pícaramente.
Poliziano comprendió de inmediato que se trataba de una alusión a la teoría de los cinco grados del ser que había formulado Marsilio Ficino.
-¿Te gustaría tener otras fuentes de inspiración?

Miguel Ángel contestó afirmativamente y miró a Poliziano con una devoción que nunca demostraba a nadie, pues creía que muy pocos tenían algo que enseñarle. Pero aquel hombre sí, aquel hombre era un pozo de sabiduría. Se decía que Poliziano estaba a la altura de cualquier inmigrante griego a la hora de traducir a Homero o a Platón, y pocas personas gozaban de su prestigio en la corte de Lorenzo el Magnífico.

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