La conexión Buonarroti

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Capítulo I

Jardín de San Marco. Florencia. 1490

-¿Acaso no sabes, muchacho, que a los viejos se les caen los dientes?

Miguel Ángel estaba tan ensimismado esculpiendo el fauno que su maestro Bertoldo le había encomendado que no advirtió la presencia de los hombres que, a su espalda, observaban su trabajo.

Quien había realizado aquel comentario provocador era un hombre de unos cuarenta años, voz ronca, porte exquisito, no demasiado alto y un tanto encorvado. Tenía los cabellos negros y lisos, alargada la barbilla, prominente la nariz y ojos astutos. Vestía una túnica adornada con bordados y piedras preciosas y se tocaba con un mazzocchino, un paño de lana enrollado que dejaba caer uno de sus extremos sobre el lado derecho del rostro.

Miguel Ángel Buonarroti no soportaba las críticas, aunque era habitual que él se burlara de los trabajos de los demás alumnos del taller de Bertoldo. Sabía que era superior a todos ellos. Se sentía un elegido por los dioses, de modo que aquella objeción le sentó francamente mal y se giró dispuesto a replicar con rabia a quien osaba entrometerse entre él y el rostro de aquel fauno al que había logrado conceder tal realismo que parecía vivo. La cara burlona, la boca abierta dejando ver sus dientes…, era perfecto. De modo que ¿quién era el imbécil que se atrevía a criticarlo?

Buonarroti se volvió para responder y entonces se encontró cara a cara con Lorenzo el Magnífico. La réplica que tenía preparada se heló en sus labios. Lorenzo de Médici jamás hablaba con los alumnos, y mucho menos se dignaba a valorar sus trabajos, de modo que aquella objeción, en realidad, debía ser tomada como un halago.

Los alumnos de Bertoldo de Giovanni, escultor que fuera discípulo del mismísimo Donatello, acostumbraban a realizar prácticas el jardín de San Marco, propiedad de Lorenzo de Médici y situado entre el convento del mismo nombre y el palacio de la familia de banqueros, sito en la Vía Larga. Lo importante del jardín no eran los árboles, aunque había limoneros, laureles y un cedro en el centro de aquel espacio flanqueado por logias de arcos por las que los monjes paseaban rezando; lo importante de aquel jardín eran los dioses de mármol que lo habitaban. Todos procedían de la colección de esculturas clásicas de Lorenzo el Magnífico, que era tan enorme que había dejado pequeño su palacio. La primera vez que el joven Buonarroti entró en aquel lugar supo que había llegado al cielo. Allí, se dijo, podría luchar cuerpo a cuerpo con la piedra y dominarla como nunca nadie había hecho.

Lorenzo de Medici no aguardó la respuesta de aquel muchacho de quince años de edad y se alejó sonriendo en compañía de su séquito de intelectuales. Miguel Ángel reconoció entre ellos a Marsilio Ficino, a Pico della Mirandola y a Angelo Ambrogini, a quien llamaban Poliziano, entre otros.

-¡Enhorabuena, Miguel Ángel! –exclamó Francesco Granacci palmeando la espalda de Buonarroti- ¡Es genial! ¡El Magnífico se ha detenido a ver tu trabajo!

También el maestro Bertoldo le felicitó, lo que avivó aún más el rencor de los otros discípulos a quienes el irascible Buonarroti provocaba continuamente con sus chanzas. Con cara de malas pulgas lo miraban Francesco Rustici y especialmente el bruto de Pietro Torrigiani. Junto a este último se encontraba un joven de extraña belleza que había llegado a Florencia hacía unas semanas y del cual nadie sabía nada en concreto, salvo que parecía tener una considerable fortuna que no dudaba en malgastar tratando de aprender un oficio, el de escultor, para el que no tenía la menor disposición. Se llamaba Rafael Malacoda.

-¿Enhorabuena? –Miguel Ángel miró a su amigo Granacci estupefacto- Tú sabes mejor que nadie lo que he tenido que pasar para poder llegar aquí. No es cuestión de suerte, sino que tan sólo era cuestión de tiempo que se fijaran en mí.

Granacci estaba acostumbrado a la soberbia de su amigo. Lo había conocido a penas tres años antes, cuando Miguel Ángel recibía un día sí y otro también algún bofetón de su padre, Ludovico di Leonardo Buonarroti Simoni, cada vez que el chico insistía en su loco proyecto de ser artista. Aquel propósito jamás iba a ser aceptado por Ludovico, quien recordaba a su hijo que la familia nunca había tenido un pordiosero en su genealogía, y a eso se reducía el ser artista en Florencia, contra lo que se pudiera pensar. Salvo excepciones, caso de Lorenzo Ghiberti o Filipo Brunelleschi, los artistas no tenían consideración social, y el padre de Miguel Ángel, a pesar de haber caído en el escala social al peldaño más bajo hacía tiempo, le gustaba recordar que sus antepasados llegaron a ocupar cargos notables en el gobierno de la República.

-De no ser por ti, ni siquiera hubiera podido entrar en el taller de Ghirlandaio –reconoció Buonarroti mirando a su amigo.
-Para lo que duraste allí…-le reprochó Granacci.
-No tenía nada que aprender –repuso el orgulloso aprendiz- Odio la pintura y tú lo sabes.

Granacci tenía seis años más que Miguel Ángel y su mediación fue clave para que Ludovico accediera un par de años atrás a que su hijo entrara como aprendiz en el taller de Domenico Ghirlandaio, artista de cierta fama que le pagó sus primeros florines y con quien aprendió, aunque Buonarroti se negara a admitirlo, los rudimentos de la pintura: mezclar y moler los pigmentos de color, reconocer las herramientas y aprender el uso de los materiales. Pero su soberbia le llevó a corregir un día un trabajo del mismísimo maestro, y lo peor es que con sólo trece años de edad lo mejoró claramente.

Miguel Ángel creía que odiaba la pintura, pero en realidad lo que sucedía es que dibujaba como lo haría un escultor, y ése era su destino.

Rafael Malacoda tenía el cabello corto y negro como azabache, sus labios eran carnosos y sus ojos parecían dos espejos azules. Todo en él era perfecto, pero jamás sería un artista. Y eso lo sabían todos los discípulos de Bertoldo, y también el maestro, pero éste lo admitía en el taller porque Malacoda pagaba generosamente. Lo que todos ignoraban, en cambio, es que no estaba allí para aprender arte, sino para localizar un tesoro, un pergamino que podía cambiar la historia de la humanidad y que sospechaba estaba en manos de Marsilio Ficino, a quien vigilaba discretamente.

Marsilio Ficino era la figura más importante de aquella corte de eruditos, filósofos, esotéricos, poetas y músicos de Lorenzo el Magnífico. Era entonces un cincuentón que presidía la llamada Academia Neoplatónica en la que se traducían del griego al latín obras de Platón o Plotino y textos de magia atribuidos a Hermes Trismegisto. Gracias al apoyo primero de Cósimo de Médici y después de su hijo, Lorenzo, compraba los lotes de manuscritos clásicos más extraños y valiosos y luego los traducía. Malacoda tenía informaciones fidedignas que aseguraban que en uno de aquellos lotes había llegado a Florencia el pergamino que buscaba.

Mientras tanto, el comentario de Lorenzo de Médici seguía incomodando al joven Buonarroti. No era suficiente que se hubiera fijado en él para luego ponerle pegas a aquella cabeza de fauno que él quería que fuese perfecta, de modo que cuando todos los demás alumnos se fueron en busca de las diversiones que Florencia ofrecía en abundancia él se entregó febrilmente a su trabajo. Como un sacerdote que ha hipotecado su alma al dios de la piedra trabajó sin desmayo hasta arrancar algún diente de aquel fauno dejando abierta su encía de manera que parecía un anciano de carne y hueso más que de mármol. Y después, aguardó a que el Magnífico volviera al jardín.

Al día siguiente el hombre más poderoso de Florencia, a quien todos temían, se quedó boquiabierto ante aquella obra y ante la insolencia de aquel joven que no era alto y en cuyo rostro orgulloso nada había que admirar. Sin embargo, Lorenzo descubrió en el fondo de aquellos ojos entre pardos y azulados un fuego terrible, el fuego de un genio. Miró las manos enormes de aquel muchacho y no hizo ningún comentario de la obra.

-Dile a tu padre que mañana quiero hablar con él en mi palacio –dijo con su tono de voz ronco y autoritario.

Lorenzo giró sobre sus talones y sus ricos vestidos arrancaron un sonido seco en el aire. Nadie de su séquito prestó atención al joven Buonarroti salvo dos personas, Ángelo Poliziano, el poeta, y Cardière, el músico. Ambos sonrieron al muchacho. Ficino, por el contrario, ni siquiera miró el fauno, su rostro reseco mostraba la expresión grave de quien muele en silencio profundas reflexiones. Lo que no podía sospechar Miguel Ángel era que el clérigo, porque Ficino era clérigo a pesar de que nadie lo diría dado lo exquisito de su vestuario coronado por un cupolino tondo que cubría su cabeza, reflexionaba acerca del contenido de un manuscrito que acaba de traducir del griego al latín y cuyo contenido cambiaría para siempre la manera de entender la vida del propio Buonarroti.

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