Las profecías del tercer milenio
Jesús Callejo

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A la vez fue una época de grandes clarividentes, que traspasaron esa «oscuridad» con sus conocimientos y sus predicciones del futuro.

Dos de ellos estuvieron muy unidos por la Orden del Temple: Juan de Jerusalén, considerado como uno de sus miembros fundadores, y san Malaquías, amigo íntimo de san Bernardo de Claraval, que inspiró las reglas de la citada orden de caballería y monástica.

Tanto uno como otro escribieron textos que fueron encontrados muchos años después de sus muertes y que siguen generando interpretaciones de todo tipo. Uno fue santo y el otro no.

Ambos fueron coetáneos y lo más seguro es que se conocieran al menos de oídas. Los dos sabían escribir y dejaron para la posteridad líneas proféticas sobre lo que nos esperaba. La diferencia es que nadie pone en duda la antigüedad —que no la autoría— de gran parte de las divisas de san Malaquías y sí, en cambio, las de Juan de Jerusalén.

Juan de Jerusalén, el Templario

Según lo poco que nos ha llegado de este hombre, Juan de Jerusalén fue uno de los ocho caballeros que, en el año 1118, agrupados en torno a Hugo de Payns, crearon la orden de los templarios. Al parecer, y de acuerdo con su época, fue considerado una especie de médico curandero y astrólogo.

Posteriormente se rumoreó que el propio Nostradamus se había inspirado en su obra para escribir sus propias centurias adivinatorias. Juan de Jerusalén murió en 1120 cuando contaba 77 años.

Un manuscrito del siglo XIV descubierto en Zagorsk, cerca de Moscú, califica a Juan de Jerusalén de «prudente entre los prudentes, santo entre los santos y que sabía leer y escuchar el cielo», un buen currículo que, de ser cierto, nos pone sobre aviso respecto a sus capacidades futurológicas.

También ese mismo manuscrito señala que Juan solía retirarse frecuentemente al desierto para rezar y meditar, y que estaba en la frontera entre la tierra y el cielo.

Como ven, es muy poco lo que sabemos de él y muy sospechosa la forma en que se encontraron sus profecías siglos después. El manuscrito profético de Juan de Jerusalén fue escrito sobre el año 1110 y se preservó, a través de los siglos, por sucesivos iniciados, designándose como «Protocolo secreto».

Las profecías permanecieron ocultas hasta que en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, en 1941, fueron halladas por las SS —no pudieron ser otros— en una sinagoga de Varsovia. Tras la caída de la Alemania nazi en 1945, y con la entrada de los rusos en Berlín, desaparecieron de nuevo —como si fuera una costumbre— hasta que se redescubrieron en los archivos secretos de la KGB soviética por el profesor M. Galvieski, publicándose una primera edición francesa en el año 1994.

Las profecías parecen escritas específicamente para este fin de milenio, como si éste fuera el tiempo en que deben darse a conocer. Todas ellas comienzan con la frase: «Cuando empiece el año 1000 que sigue al año 1000...».

En 1991 se publicó en España un curioso libro titulado Rituales secretos de los templarios, cuyo autor, oculto tras su nombre iniciático de Frater Iacobus, revelaba por primera vez los secretos de esta enigmática Orden, nacida en el transcurso de la Primera Cruzada y entre cuyos fundadores se encontraba Juan de Jerusalén, caballero, monje y profeta a partes iguales.

Según el Frater Iacobus, los 22 Grandes Maestres que dirigieron los destinos de la Orden a lo largo de casi 200 años se corresponden con los Arcanos Mayores del Tarot, con las letras sagradas del alfabeto hebreo y con las letras del alfabeto mágico de la Rosacruz. Frater Iacobus dice que El libro secreto de profecías, de Juan de Jerusalén, fue un elemento utilizado contra los templarios.

Habrían existido siete ejemplares del mismo, tres de los cuales fueron entregados al Gran Maestre de la Orden, quien a su vez los remitió a Bernardo de Clairvaux.

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