Las profecías del tercer milenio
Jesús Callejo
En mi biblioteca tengo al menos dos docenas de libros que hablan de catástrofes que ya deberían haber ocurrido o que están por ocurrir.
Algunos insensatos se atreven incluso a poner fechas:
— La gran catástrofe de 1983, de Boris Cristoff, un libro apocalíptico que tenía como subtítulo: «¿Se encamina la Tierra hacia su fin?». Se publicó en 1979 y en 1984 quedó obsoleto.
— El fin del mundo, año 1999, de Charles Berlitz. Este autor, ante la duda de equivocarse, deja una ventana abierta a la esperanza diciendo que todo depende de nuestro espíritu solidario, de nuestra capacidad de reacción ante los múltiples peligros que nos acechan. Se cura en salud y hace bien porque 1999 ya pasó.
— 5 de mayo de 2000. Hielo: El último desastre, de Richard Noone. Decía que en el mes de mayo de 2000 la Tierra y la Luna estarían a un lado del Sol, alineadas con Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, situados al otro lado y durante este alineamiento el casquete polar de la Antártida podría deslizarse hacia los océanos y provocar un desastre global.
Entonces ¿por qué compramos estas obras? Las profecías son un tema sugestivo. Nos gusta saber qué le ocurrirá a nuestro hogar, el planeta Tierra, y prestamos atención a quienes nos vaticinan su final. Escuchamos con interés toda clase de chismes y rumores sobre las profecías que se ciernen sobre nuestro hábitat. Si han fallado, mejor; nos reímos del vidente de turno y a otra cosa.
Si la fecha aún no ha llegado, es motivo de tertulia de salón («¿sabéis que Isaac Newton pronosticó el fin del mundo para el año 2060?». «Ya, ya, pero la de los mayas la tenemos más cerca, nada menos que para el año 2012») además de otras conversaciones triviales sobre el último partido de fútbol o la exquisitez de una cerveza alemana.
Tal vez alguien con más información nos dirá que existe un señor llamado Ángel Albert que tuvo un grupo de seguidores tan convencidos de lo inminente del fin del mundo que llevaban siempre consigo un maletín de supervivencia y una cuerda en el maletero de su coche que utilizarían para sujetarse fuerte cuando llegara el fin, ya que la Tierra se agrietaría y se partiría en dos.
Otro tal vez replique diciendo que se ha enterado por televisión de que existe una secta destructiva que cree a pies juntillas en el próximo fin del mundo y que están construyendo búnkeres, arcas o ciudades subterráneas para guarecerse de la lluvia ácida o del diluvio que viene, sectas cuyos miembros se acaban suicidando o, en el mejor de los casos, corriendo a gorrazos a su líder por pifiarla en esta cuestión tan peliaguda.
En resumidas cuentas, digan lo que digan, el futuro siempre está en nuestras manos. Recogemos lo que sembramos y el karma, en estos casos, es la única ley inexorable.
Si queremos un futuro mejor, hay que crearlo desde ya, con la condición de que actuemos como seres libres y conscientes. Sabiendo dónde vivimos y lo que somos. La ignorancia es la que acarrea los desastres, al vivir como si nadie más fuera a heredar este planeta.
Por eso siguen siendo útiles las profecías, para que nos adviertan que el peligro siempre nos está acechando, no tanto el que pueda venir del espacio exterior o de las entrañas de la tierra; el mayor peligro es el que puede generar el propio ser humano con su inconsciencia.
Los profetas medievales
Podría haber empezado el libro hablando del Oráculo de Delfos y sus pitonisas del laurel e incluso de otros oráculos menos conocidos como el de Dodona. Podría referirme a los augures y arúspices etruscos y romanos que adivinaban el porvenir analizando el vuelo de los pájaros o escrutando las entrañas de los animales. Me podía haber extendido sobre los míticos Libros Sibilinos, una antigua colección de oráculos proféticos que se guardaban como si fueran un secreto de Estado en la antigua Roma.
Todos ellos son temas muy atractivos para analizar en un libro de estas características y de los que encontrarán suficiente información en otras obras.
Yo les propongo «ir al grano», avanzar en el tiempo y adentrarnos de momento en la Edad Media, de la que dicen que fue una edad oscura en cuanto a avances culturales y tecnológicos, lo cual no es del todo cierto y se pueden esgrimir cientos de ejemplos para demostrarlo.
Sobre el libro:
"Las profecías del tercer milenio" (Aguilar)

A lo largo de la historia han existido numerosos individuos marcados con el inquietante don de la profecía, víctimas de terribles visiones que auguraban el final de la humanidad.
No sólo son famosas las profecías de Nostradamus, muchos individuos han dejado por escrito sus vaticinios y algunos todavía hoy persisten en desentrañar el misterio de nuestro porvenir.
La posibilidad de conocer lo que sucederá mañana atrae al hombre desde la Antigüedad y el abanico de posibilidades para ese «último día» incluye juicios finales, anticristos, catástrofes naturales, cambios climáticos, etcétera.
¿Está preparado para saber su destino?
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