El fantástico reino del Preste Juan

por Pablo Villarrubia

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Las epístolas del Preste Juan permiten extraer abundante información a propósito del pensamiento de toda una época de profundas convulsiones político-sociales, de un mundo cambiante, donde dos fuerzas espirituales se enfrentaron violentamente: el cristianismo de Occidente y el islamismo de Oriente. Era la época de las cruzadas, cuando los cristianos parecían obsesionados que los religiosos leían a la plebe en iglesias y en las catedrales románicas.

El desconocido artífice —o quizá artífices— de las cartas y sus copias repartidas entre varios monarcas occidentales eran hombres interesados en reconquistar Tierra Santa; sin embargo, no necesariamente eran individuos movidos sólo por intereses terrenales: en ellos probablemente latía también una intención religiosa o espiritual. Estas epístolas —verdaderamente propagandísticas— tenían por objetivo incentivar y conminar a los poderosos a sufragar los gastos de las cruzadas y, especialmente, de determinadas órdenes militares.

Aparte del carácter político-militar de las cartas, éstas encierran un importante mensaje hermético y críptico. Abundan descripciones de ejércitos, recuentos de soldados, armamentos, guerras o batallas libradas, etcétera. Conviene recordar que cuando aparece la carta, aún no se había gestado la tercera cruzada (1189-1192).

No obstante, la mención a la existencia del Preste Juan ya existía poco antes de la segunda cruzada (1147-1149), según la crónica del obispo Otto de Freising, súbdito del Sacro Imperio Germánico; es decir, ya se tenía conocimiento de la existencia del presbítero Juan antes de la emisión de la carta de 1165.

En las primeras décadas del siglo XII, los cruzados que marchan hacia Tierra Santa oyen hablar de un misterioso rey cristianoque reinaba sobre las tres Indias: la Inferior, la Superior y la Última. El término India Inferior designaba, entonces, los amplios e imprecisos territorios situados al oeste del río Ganges, mientras que la India Superior se situaba al este de las orillas de este gran río.

La designación India Última o India Egypti correspondía a los territorios situados entre Egipto y Eritrea (Etiopía). Todo esto contribuyó a provocar aún más confusión a la hora de situar geográfica- mente los dominios del soberano.

El Preste Juan de las Indias Inferior y Superior ganó fuerza con la leyenda de la evangelización de santo Tomás (el são Tomé de los gallegos y portugueses); santo Tomás evangelizó a los medos y persas primero y, luego, a los pueblos de la costa del Malabar y de Coromandel (en la actual India). Se crearon varios núcleos cristianos en estos lejanos territorios.

Algunos osados viajeros europeos contaban que la tumba del apóstol estaba en Madrás. En las cartas, el Preste Juan dejaba muy claro que él era el guardián de la tumba del apóstol santo Tomás, cuyo cuerpo incorrupto seguía obrando milagros entre los fieles.

La tumba se encontraba cerca del palacio del Preste, en una iglesia situada sobre un monte rodeado de un lago, según decía. Las turbulentas y profundas aguas lacustres impedían el acceso al santuario, salvo los ocho días que precedían y seguían las celebraciones del santo. El descenso de las aguas permitía el ir y venir de los peregrinos durante ese periodo.

Lo cierto es que también existían otras comunidades cristianas —no católicas— en aquellos remotos parajes. Algunas eran secuelas de la herejía de Nestorio. Sus seguidores, los nestorianos, marchan hacia la costa de Malabar y otros puntos dispersos de la geografía india cuando su fundador es condenado en el año 431.

Muchos siglos más tarde, a finales del siglo XV, los hombres del intrépido navegante luso Vasco de Gama entraron en contacto con estas comunidades. Pero también existían nestorianos dispersos por el Asia central y en el imperio chino.

Se buscó al Preste Juan en Tartaria, India y Etiopía, donde existían comunidades de cristianos orientales, es decir, no católicos. Por lo que se desprendía de las cartas del Preste Juan, éste podría convertirse en un privilegiado aliado militar de Roma y los imperios occidentales en su lucha contra los musulmanes.

Muchos comerciantes, aventureros y religiosos decidieron emprender peligrosos viajes en busca del Preste Juan y navegaron hacia los lejanos confines de Asia. Allí se encontraron con otra categoría de reyes, diferentes de lo que imaginaban, pero no menos fascinantes por su poder y carisma.

Quizá el objetivo final, la búsqueda de un reino perdido, sólo fuera una excusa para que los europeos decidieran entablar relaciones con países y territorios desconocidos. De hecho, algunas de aquellas expediciones sólo eran embajadas políticas que simplemente deseaban espiar a los ejércitos de los infieles más allá de Tierra Santa.

Otros viajeros anhelaban riquezas, como los mercaderes, y recorrían largas distancias con el fin de trocar sus productos occidentales por los orientales, como especias, sedas y objetos de arte para los más pudientes.

Los más avisados, desde luego, no se dejan engañar, y descubren que el Preste Juan no es más que uno de los cientos de personajes míticos del Medievo, inventado para impulsar a los más temerarios hacia las fronteras imposibles de la cristiandad.

Pero la historia del Preste Juan es, también, la historia de una búsqueda: la cristiandad grecorromana, apoyada en el mito, va en pos de sus hermanas lejanas, de las comunidades cristianas orientales dependientes de sus sedes de Alejandría, Siria, el alto Nilo, Malabar (India), Persia, Armenia, Asia central y China. Las primeras informaciones sobre estas comunidades cristianas orientales heréticas —como la de los nestorianos— sólo calaron en Europa occidental a partir del siglo XII, en pleno auge de la difusión del catarismo, de la expansión de los templarios y de la gesta del Grial.

Pero más tarde, los misioneros que llegaron a los confines de Asia reprobaron a los heréticos nestorianos y deshicieron cualquier vínculo de hermandad. Ya en el siglo XIV los misioneros habían destruido el mito del «buen rey cristiano».

La popularidad —y también el descrédito— de la idea del Preste Juan alcanzó a la lengua popular: durante la Edad Media y el Renacimiento se utilizaba la expresión «¡Al Preste Juan de las Indias!» para ridiculizar a alguien que deseaba embaucar o engañar a los demás o para mofarse de presuntuosos y jactanciosos.

Finalmente, la edad de la razón y la ciencia acabó por debilitar el mito medieval. Este libro está destinado a rescatarlo de los abismos de la historia, al igual que tantos otros mitos, símbolos y lugares desconocidos que rodearon la curiosa historia del poderoso soberano.

Pero un mito no se destruye en un día. El Preste Juan volvería con más fuerza en el siglo XVI, alimentado por los anhelos de expansión de los nautas portugueses.

El reino maravilloso del Preste Juan también quedó reflejado en varios mapas antiguos. Lo ubicaban en varios puntos distintos, entre el «cuerno de África» (actualmente Etiopía y Somalia) y el interior de Asia. Hasta bien entrado el siglo XVII algunos cartógrafos señalaron esos límites imprecisos sobre la esfera terrestre. Algunos cristianos se volcaron en su búsqueda nuevamente.

Cuando ya no pudieron encontrarlo en los desiertos o montañas, lo situaron bajo tierra, en algún lugar de las misteriosas Shambala y Agartha, regiones perdidas en la cordillera más alta de mundo: el Himalaya. ¿Sería el Preste Juan el esperado Mesías llamado Maytreya? En el museo Nicolás Roerich de Moscú tuve la oportunidad de contemplar, junto con mi esposa, la periodista Montserrat Llor, los maravillosos lienzos de este artista y místico que pintaba al Mesías del Tibet. Quizá allí repose el cuerpo momificado del Preste o, quien sabe, hibernando bajo los efectos de alguna pócima mágica que lo hará despertar en el día del Juicio Final, muy probablemente para elegir a los hombres buenos que deberán acompañarle en su nueva misión terrenal.

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