Luces en la superficie de la Luna
Los misteriosos fenómenos TLP,
por Miguel Gilarte Fernández Director del Observatorio
Astronómico de Almadén
de la Plata (Sevilla) y Presidente de la
Asociación Astronómica de España
Las siglas TLP corresponden a las iniciales según la traducción inglesa de "Transient
Lunar Phenomena", o lo que es lo mismo, Fenómenos Transitorios lunares. En
realidad se trata de luces misteriosas que no se observan de forma continuada,
sino de muy tarde en tarde y en momentos de exploraciones lunares muy concretos.
Cierto es que el que escribe siempre se ha mostrado un tanto escéptico en este
sentido, máxime cuando se emplea la palabra misterio. Esas luces tienen
explicaciones muy convincentes que veremos al final, la duda estriba en conocer
certeramente a qué motivo corresponde cada una de las observaciones. Los TLP se
pueden visualizar (repito que es muy difícil ver un TLP; yo jamás he visto uno
hasta la fecha) en el interior de algunos cráteres o sobre las cimas de las
cordilleras montañosas. En algunos casos aparecen como nubes en movimiento o
sombras con un período de vida muy corto.
Algunos observadores de la Luna y hasta la primera mitad del siglo XX, creían
que esas sombras eran grupos de animales que caminaban o corrían sobre la
superficie de la Luna en busca de comida.
La idea no era muy descabellada como parece, pues si nosotros estuviéramos en la
Luna y observáramos ciertas regiones de la Tierra donde los animales se
agruparan masivamente, veríamos moverse sobre la Tierra, sombras de tamaños
variados y para todos los gustos, sobre todo si estos animales se concentraran
en zonas desérticas, caso del bisonte en Estados Unidos antes de la llegada de
los primeros colonos europeos, cuando estos se contaban por millones.
Lo que es cierto, es que sean lo que sean, los TLP deben existir. Grandes
figuras en el campo de la astronomía, han dejado constancia escrita de ellos y
no podemos negar su existencia.
Hagamos un poco de historia:
1778. Desde España, el astrónomo Antonio de Ulloa, mientras contemplaba el
eclipse de Sol del día 24 de junio, da cuenta de una grieta o abertura en la
superficie lunar, que termina con el resultado de un punto brillante cuando los
rayos del sol pasan sobre él.
Cráter Alphonsus, escenario de TLP
1783. El famosísimo astrónomo inglés, descubridor del planeta Urano, William
Herschel observa el 18 de agosto:
"Percibo tres volcanes en diversos lugares de
la Luna. Dos están ya casi extinguidos o a punto de desaparecer, lo que podrá
decirse en la próxima lunación...El tercero muestra una erupción activa de fuego
o de materia luminosa..." ¿Qué observó realmente Herschel?, ¿fueron quizás picos
elevados que se encontraban iluminados por la luz solar o tal vez volcanes
activos?
Un astrónomo de la categoría de Herschel, debía distinguir con claridad los
puntos luminosos de los picos más elevados que se encuentran aún en la penumbra,
pero ¿y la información de los volcanes? Mucha imaginación, podemos pensar, pero
¿quién de nosotros estuvo allí para hacer balance?...
1788. J.H. Schroeter, astrónomo que fue, se dedicó desde su observatorio en
Lilienthal y utilizando telescopios de Herschel a la potencia máxima de 300
aumentos a dibujar mapas de la Luna entre los años 1791 a 1802.
Se dedicó incansablemente a la búsqueda de fenómenos que alteraran la superficie
lunar como bien pudieron ser la aparición de nuevos cráteres o luces lunares. El
26 de septiembre de 1788, cuenta que observaba la zona de la cordillera
montañosa de los Alpes y encontró una luz parecida a una estrella próxima al
cráter Platón. Continúa diciendo que permaneció con ese brillo durante 15
minutos, para posteriormente desaparecer.
1824. El astrónomo Gruithuisen, observa luces que se encienden y que se apagan.
1866. El astrónomo Tempel, comunica la existencia de un punto luminoso en el
circo Aristarco.
1867. Es ésta quizás la más espectacular visión de TLP. El día 13 de mayo en el
cráter Plato,
se observan luces agrupadas entre cuatro y veintiuna. Estas luces
fueron observadas por numerosos astrónomos. Algunos de ellos indican que
mientras varios puntos de luz se hacían más brillantes, los demás perdían
intensidad. Hubo quien llegó a pensar que las luces estaban siendo manejadas por
seres inteligentes. Entre los años 1867 y 1870, el recuento de TLP, se elevó a
varios millares. El cráter Plato acumula el mayor índice de
TLP 1877. Durante este año continuaron apareciendo más luces en la Luna, de las que
dieron buena cuenta astrónomos de observatorios profesionales, como el británico
C. Barret, que describe un punto de luz en el cráter Proclus.
Los cráteres más nombrados con TLP en este año fueron Bessel y Plato, este
último es el que más registros de TLP lleva en su haber desde que se tienen
noticias de las existencia de los TLP. También en este año se derrocha mucha
literatura sobre él y sus TLP.
Se comunicó la existencia de un triángulo
brillante en su interior y luces móviles que se distinguían hacia el cráter
desde varios puntos.
1931. El 22 de febrero nos cuenta el abate Joulia que próximo al cráter
Aristarco, una luz tenue y difusa se encendía y se hacía al tiempo menos
luminosa, progresiva y lentamente.
1937. M.Abdreuko en Amberes, nos informa de la existencia de una pequeña zona
luminosa en el circo Cassini. Este mismo señor en el cráter Aristarco, localiza
una especie de radiación de coloración entre azul y verdosa.
1944. H.P. Wilkins afirma ver un punto de luz brillante en el cráter Plato.
Cráter Proclus, visto desde el Apolo XV
1950. H.P. Wilkins, dice ver otro destello de luz de gran intensidad por la zona
de los cráteres Aristarco y Herodotus. Su contemplación la realiza a través de
un potente telescopio de 370 mm.
1958. El astrónomo de nacionalidad rusa Niteolai Kozyrev, contempla una nube
brillante sobrevolando el pico central del cráter Alphonsus de la que toma
espectro. Se pensó que el pico hubiera podido entrar en erupción, al considerar
la idea de que se tratara de un volcán. Nuevamente el 3 de diciembre volvió a
deleitarse con la visualización de otra nube no muy lejos de la posición de la
anterior, que estuvo presente y en movimiento durante una hora.
1963. Desde el observatorio de Lowell, nos informa de la aparición de un
resplandor de altísimo brillo y de color rojo y sobre la Luna, que bien pudo
observar el astrónomo John Grenace.
1966. Varios observadores, entre ellos el conocido Patrick Moore, describen el
surgimiento de unos resplandores rojizos en el circo Gassendi, el día 30 de
abril.
A partir de la última fecha indicada, las observaciones de TLP disminuyen por
parte de los astrónomos o al menos no se dan a conocer con tanta frecuencia. No
obstante, el fenómeno no ha desaparecido, y hay quien se dedica en cuerpo y alma
a la caza y captura de los TLP.
En España por ejemplo, existen redes de observadores lunares y dentro de este
campo, hay apartados dedicados con exclusividad a la vigilancia de posibles
irregularidades sobre la superficie de la Luna. Parece que nuestra amiga la Luna
se conoce un tanto mejor y no nos dejamos llevar con tanta frecuencia por
fenómenos misteriosos capaces de provocarlos los posibles selenitas (habitantes
de la Luna).
Por otra parte, desde la segunda mitad del siglo XX, numerosas sondas han
estudiado meticulosamente la superficie de nuestro satélite y en 1969 el primer
hombre pisó la Luna. No quiere decir ello que se la conozca como a nuestro
planeta, y siempre quedará la duda de aquellas luces. Pero profundicemos un poco
y veamos qué pueden ser los TLP.
Hablando de modo fácil y como ya comentamos anteriormente, los puntos de luz que
se localizan en las sombras, bien pueden ser provocados por la iluminación de
los picos de las montañas más elevados donde comienza a amanecer y siempre y
cuando estos se sitúen próximos al terminador (línea que divide la noche de día
en la Luna).
Si la distancia al terminador y dentro de la sombra es considerable, la duda
siempre nos puede asaltar, ya que a esta distancia del terminador, difícilmente
el Sol pudiera iluminar las cimas de las montañas más elevadas, pues deberían
tener una altura desproporcionada y esto no ocurre con las montañas lunares.
De todas formas es difícil de explicar como dicen algunos observadores de fama,
que los puntos de luz se hagan intermitentes. Cuando la cima de una montaña está
en la oscuridad y es iluminada por el Sol, ésta no terminará poco a poco
iluminando toda la montaña o por el contrario la dejará en la oscuridad total.
Quizás pueda ocurrir que estemos totalmente equivocados y la Luna no sea un
lugar tan muerto como creemos.
Puede que haya una mínima actividad interior que ponga de tarde en tarde su
aportación para crear una presión interior y haga salir en forma de gas y
pequeñas porciones de lava hacia el exterior y por medio de volcanes, como
pudiera ser el pico del cráter Alphonsus y el famosos circo Plato, que es en
realidad una gran llanura amurallada.
Allí no hay pico, sino un suelo liso.
¿Existen acaso volcanes tan diminutos que
no los podamos ver y surgen cuando hay actividad y desaparecen cuando cesa? Lo
cierto es que Plato es punto de mira por su elevado número de TLP.
Imaginemos por un momento que escapan chorros de gases desde el interior de la
Luna, como si de géiseres se trataran. Este gas al intentar salir al exterior
debe toparse con la capa de polvo (regolita) que se encuentra cubriendo toda la
superficie lunar y por consiguiente, la elevará a diferentes alturas de modo que
quedará expuesta a las radiaciones del Sol y así hacerse luminosas.
Varios chorros de gas que estuvieran más o menos alineados y a no mucha
distancia de separación, darían la impresión de intermitencias y movimiento
(cuando uno está alto y se apaga otro sale del suelo con más fuerza y brillo).
Cráter Aristarco
Según Wiltkins, los TLP pudieran tratarse de la mera reflexión de los rayos del
Sol al incidir sobre ciertos materiales con mayor grado de reflectividad y de
alto albedo. También cabe la posibilidad de que surjan efectos de fluorescencia
por bombardeo de electrones solares.
La duda en todo caso nos invade ante la serie larga de conjeturas con las que
jugamos. Pero alguna de ellas debe ser el "quid" de tan
misteriosa cuestión...
Miguel Gilarte Fernández