Leyendas Urbanas
Entre la realidad y la superstición

por Alberto Granados

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A la semana siguiente el mismo grupito se concentró en la parte trasera del instituto. Casi todos conocían un pequeño recoveco por el que, en alguna ocasión, se colaban en el recinto para fumar o simplemente para esconderse. Con el convencimiento de que nadie les observaba avanzaron, localizaron la ventana que previamente habían dejado entreabierta y, sin muchos esfuerzos, entraron en el edificio ahora vacío. Elvira iba a la cabeza del grupo; del bolsillo trasero de su vaquero sobresalía la vela que pensaba encender. Cuando todos estuvieron dentro, Isaías apoyó la mano en el hombro de Elvira y le susurró:

—Bueno, amiga... ¡Es hora de ser valiente! Te esperamos en el vestíbulo de entrada.

Elvira recorrió el pasillo en penumbra para dirigirse al cuarto de baño. Lo que al principio se planteó como un juego inocente, ahora, mientras caminaba por aquel recinto solitario, le pareció una banalidad a la que no se tenía que haber prestado. Pero a lo hecho, pecho. No podía ya echarse atrás y quedar como una miedosa frente al grupo.

Entró en los servicios, y al pulsar el interruptor descubrió con fastidio que no funcionaba la luz. Sólo se colaba algo de claridad a través de las ventanas.

—¡Mierda, esto ya no me está gustando nada!
Con cierto nerviosismo sacó de su bolsillo la vela y un mechero.
La prendió delante del espejo.
—Verónica...
La primera vez que pronunció el nombre, muy bajito, sintió que tenía la boca seca, con un regusto amargo.
—¡Verónica!
Esta vez intentó pronunciar el nombre con más fuerza:
—¡¡Verónica!!

Súbitamente quedó paralizada frente a la imagen que le devolvía el espejo. Pudo verse a sí misma dentro de un ataúd rodeada de algunos familiares. Lo más terrorífico era que el aspecto que ofrecía era idéntico al actual, al presente. Era ella, y no daba la impresión de que hubiera pasado mucho tiempo.

Aquella visión la dejó helada y de repente todo cambió. Pasó de la incredulidad al miedo en apenas unos segundos. Notó cómo sus piernas dejaron de responderla, le faltaba el aire, se apoyó sobre el lavabo intentando mantenerse en pie. Abrió el grifo del agua para mojarse la cara... ¡Necesitaba reaccionar!:

—¡No puede ser! ¡No puede ser!
Al levantar la cabeza, Elvira quedó aterrorizada. Observó que en el vaho que había cubierto el espejo algo o alguien había escrito una fecha: 27 de abril de 2006.
—Pero... eso es... ¡mañana!...

Presa de un ataque de pánico, el cuerpo de Elvira dejó de responderla; perdió el conocimiento y se desvaneció. El estruendo de la caída alertó a sus amigos, que se precipitaron hacia el baño. Lo que allí descubrieron les sobrecogió: Elvira al caer se había golpeado en la sien con un extremo del lavabo y yacía en el suelo en medio de un charco de sangre. En el espejo aún se podía leer la fecha del día siguiente, justo cuando Elvira... ¡descansaría en su ataúd!

Desde tiempos remotos los espejos han despertado un gran respeto. Se afirmaba que eran puertas a lo divino, a lo espiritual, a lo desconocido... a otro mundo, en definitiva. En la Edad Media romper un espejo era considerado como un insulto a las fuerzas divinas.

El que tenía la mala fortuna de hacerlo era maldecido con siete años de mala suerte. Esta leyenda presenta numerosas variaciones; de hecho, en Estados Unidos cambian el nombre de la protagonista y de la historia, que se conocen como la «leyenda de Bloody Mary» o «de Mary Worth». En dicha versión, la joven debe repetir frente al espejo las frases «María sangrienta» o «infierno de María».

En nuestro país también circulan multitud de versiones: en unas se explica que hay que colocar varias velas frente al espejo; en otras es preciso estar desnudo al invocar; en algunas más se recomienda repetir el nombre entre tres y doce veces; aunque el final es casi siempre el mismo: la protagonista podrá contemplar en la imagen que le devuelve el espejo el espectáculo tenebroso de su propia muerte.

Esta leyenda es una de las muchas relacionadas con el juego de la ouija. Su objetivo es convencernos de que practicar con el maldito tablero no es una buena idea. También quiere advertirnos de que realizar cierto tipo de rituales o conjuros sólo puede acarrear consecuencias funestas.

VESTIDA DESDE EL MÁS ALLÁ

Las cinco amigas habían decidido pasar dos días juntas, un fin de semana diferente. A todas les encantaban las historias de miedo y por eso se habían animado a alquilar aquella casa rural en el centro de un pueblecito medio abandonado. Aquella localidad tuvo gran relevancia en otras épocas lejanas, pues estaba situada en las inmediaciones de un castillo medieval, centro neurálgico de poder en los tiempos de la aristocracia feudal.

Alguien les comentó que aquel viejo caserón destacaba de entre todas las construcciones y que su aspecto se asemejaba más al de un castillo encantado que al de una casa rural. Al parecer, la dueña de la casa era lo más parecido a una ama de llaves de las películas de terror. Estos argumentos les parecieron inmejorables, y el decorado, muy adecuado para vivir un fin de semana terrorífico.

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