Jesús y las mujeres
Antonio Piñero
En cuanto al Templo, no podían pasar más allá del llamado «Patio de las mujeres», que quedaba como cinco grados antes de la zona verdaderamente santa («el santo de los santos») y tres delámbito en el que los sacerdotes celebraban los sacrificios. Había claramente una discriminación hacia las mujeres debido a la posible impureza del lugar santo por flujo de sangre involuntario, según las prescripciones de Levítico 15.
En las sinagogas parece relativamente claro para esta época que las mujeres debían sentarse en lugar aparte de los hombres, aunque el esconderlas en galerías superiores —en el caso de sinagogas grandes— con celosías, de modo que no se las viera, sólo está atestiguado para la época del emperador Trajano en el siglo II. No tenemos ejemplos para el tiempo de la vida de Jesús de mujeres que leyeran la Ley o los profetas en las sinagogas, y desde luego, que explicaran su contenido.
En conjunto, pues, no parece que la mujer pudiera ejercer ninguna función de liderazgo dentro del ámbito religioso en el Israel de la época de Jesús.
Las mujeres como testigos
Otro terreno discutido respecto a las costumbres a principios del siglo I era qué derechos o qué caso se hacía a las mujeres cuando emitían juramentos, o si había posibilidad de que actuaran como testigos en procesos judiciales. Desde luego su testimonio era aceptado de pleno derecho si afirmaba bajo juramento que su ex marido no le había pagado su dote tras el repudio. En otros casos la cuestión no quedaba tan clara. Parece norma general que los juramentos emitidos por una mujer casada debían ser refrendados por el marido.
Si no era así, no tenían validez. Si la mujer era soltera, por lo que fuera, y en edad adulta, naturalmente podía emitir votos religiosos, incluso el de practicar el nazireato. Respecto a actuar como testigo, había rabinos que negaban a las mujeres la posibilidad de serlo; pero otros, la mayoría, mantenían una postura más positiva. Por tanto, no parece cierta la afirmación común de que el judaísmo en tiempos de Jesús no consideraba válido el testimonio de una mujer. En algunos casos se consideraba de más valor el testimonio de una mujer judía que el de un varón pagano y desde luego que el de un esclavo.
Respecto al derecho civil en general Flavio Josefo afirma en su obra Contra Apión II 201, que la mujer tiene un estatus inferior de acuerdo con la ley judía. El texto dice así: «La mujer, dice la Ley, es inferior al varón en todo. Por ello, sométase [a su marido], no por deseo [de éste] de humillarla, sino para que reciba la dirección adecuada. Pues la divinidad otorgó la fuerza [el mando] al varón».
Correcciones a esta imagen negativa
Hasta aquí hemos dibujado una imagen más bien negativa de la posición de la mujer en el Israel de tiempos de Jesús. Pero hemos de destacar también ciertos aspectos positivos puestos de relieve sobre todo por la investigación norteamericana moderna y en España por Isabel Gómez-Acebo (véase la Bibliografía). Insiste esta investigadora en la necesidad de contrastar la imagen de la mujer en Israel como tal con la de muchas otras comunidades judías de la diáspora en las que las féminas podían tener un estatus de igual nivel que el de las mujeres paganas de su entorno.
Aunque la sociedad patriarcal judía limitaba los derechos de la mujer, había notables excepciones que podían ser paradigmáticas.
Así, unos setenta años antes del nacimiento de Jesús, una mujer, Salomé Alejandra, viuda del monarca Juan Hircano, había sido reina de Israel, y —fuera de éste ciertamente— otras mujeres judías habían sido incluso sacerdotisas, como testimonia para el templo judío de Leontópolis, en Egipto, el texto de una inscripción en piedra.
Hemos señalado cómo las mujeres trabajaban como tenderas o incluso cantineras, y cómo tenían una presencia semipública visible como agricultoras que vendían o intercambiaban sus bienes en los mercados, solas o con sus maridos.
Las mujeres no residentes en Jerusalén acompañaban a los varones en sus viajes a las fiestas religiosas judías que tenían su epicentro en el Templo; las mujeres formulaban votos de nazir, como antes indicamos, algo que se estimaba como casi únicamente de ámbito masculino; actuaban como profetisas (Ana, en Lc 2, incluso en el Templo; las tres hijas de Job, en el Testamento apócrifo de Job, obra compuesta quizá en el siglo I d.C.) o recibían revelaciones privadas de algún modo aceptadas, como testimonia la novela de José y Asenet, también probablemente de ese siglo.
Es posible que las figuras de mujeres como Susana (Libro de Daniel) o Judit—aunque aparecieran en la literatura popular piadosa de la época, no en los libros considerados sagrados—, féminas independientes, valerosas e intrépidas, plenas de recursos, influyeran en el imaginario de las mujeres de Israel en el siglo I.
También en el ámbito religioso hay que señalar que, aunque las mujeres no pudieran asumir funciones de liderazgo en Israel, sí se cuenta en tiempos posteriores pero cercanos a Jesús cómo algunas de ellas habían sido célebres como expertas en la Ley y en su interpretación. Así, la renombrada Beruria, mujer de Rabí Meir, o Imma-Shalom, hermana del rabí Gamaliel II y mujer de R. Eleazar, mujeres que han tenido la gloria de que se recoja en el Talmud algunas de sus sentencias sobre la Ley. Si esto ocurría en tiempos del judaísmo rabínico, podría haber sucedido también antes, en tiempos de Jesús.
Por último encontramos mujeres judías destacadas como benefactoras o patronas de sus comunidades o, en general, de las ciudades en las que vivían, como presidentas o jefes de las sinagogas.
Por ello, algunos investigadores opinan que el trato de los rabinos con las mujeres podía ser relativamente normal en un ambiente helenístico, incluido el Israel del siglo I.
En conclusión puede decirse que la posición de la mujer en el
Israel de tiempos de Jesús era más bien negativa, sin llegar a ser horrorosa. Pero a la vez debe afirmarse que su situación legal, social
o religiosa era más o menos igual que en el resto del mundo grecorromano,
donde predominaba también la idea de que la mujer
debía restringirse al ámbito doméstico, y de que no debía ejercer funciones
importantes en la práctica diaria de la política y de la vida
social. Sin embargo, en el terreno de la religión, la función y papel
social de las mujeres era superior en el mundo grecorromano
al que tenía en el judío, pues podía actuar —y de hecho lo hacía muchas
veces— como sacerdotisa, lo que era absolutamente corriente
en el Imperio, pero estaba rigurosamente vetado en Israel.
