Inferno:
Historia de una biblioteca maldita
por Mar Rey Bueno
No menos curioso era don Luis de la Cerda, prestigioso caballero vallisoletano, gran astrólogo judiciario que había viajado por Italia, Francia y Alemania tratando con los astrólogos más famosos de aquellas tierras. Poseía tantos libros y escritos que, a su lado, cuanto tuviera o hubiese tenido otro aficionado de los que frecuentaba Velasco era aire.
Practicaba toda clase de adivinaciones, siendo sus favoritas aquellas que utilizaban una redoma llena de agua o unos espejos para llevar a cabo las pre dicciones. Lo mejor de todo era que se valía en sus experiencias de una licencia especial del Santo Oficio, lo que le proporcionaba total seguridad de que, por muy heterodoxas que fueran sus lecturas y por muy diabólicas que fueran sus prácticas, nunca daría con sus huesos en las temibles cárceles inquisitoriales.
El cenit de la trayectoria astrológica de Velasco tuvo lugar en la villa y corte madrileña. Fue allí donde amplió el espectro de su clientela, ansiosa de pagar sus servicios para que le predijera un futuro prometedor.
Fue en Madrid donde anunció el corregimiento de Medina del Campo a don Perafán de Ribera, el corregimiento de Ágreda al licenciado Oviedo o el gobierno de Asturias al doctor Gutierre Gómez. Trabajaba en su posada aunque también acudía regularmente al palacio real cuando tenía recado para ello. Tras haber visto la mano a muchos letrados, inquisidores y obispos se la examinó nada menos que al Inquisidor Mayor Espinosa, cardenal ministro de Felipe II, quien le prometió ayuda absoluta en cuando decidiera ordenarse sacerdote.
Sus trabajos no se redujeron al ámbito de la lectura de manos, una de sus prácticas favoritas junto con la lectura de las estrellas. En no pocas ocasiones hizo uso de las fórmulas y recetas que había ido acumulando a lo largo de su vida para solucionar los problemas que le planteaban sus confiados clientes. Así, a la condesa de las Fuen tes le había dado unos remedios medicinales para acabar con sus tercianas pertinaces, pues Velasco tenía sentada plaza de médico y había escrito de su mano un libro de medicina, que guardaba encuadernado a modo de breviario.
Tampoco dudó en rezar la oración de santa Elena para que se le revelase en sueños el resultado sobre cierta canongía de Mondoñedo que había salido a concurso.
Oración de santa Elena
Señora santa Elena
Santa sois y digna emperadora
De Grecia de Roma salisteis
a Jerusalén pasasteis
con mi señora Úrsula os hospedasteis
con los clavos de mi señor Jesucristo sanasteis
y a la mañana un turco judío aprisionasteis
y la cruz y los clavos de mi señor Jesucristo le demandasteis
dijo que no la tenía ni de ella sabía
tres días estuvo aprisionado sin comer ni beber
y al cabo de los tres días le fuisteis a ver
le volvisteis a preguntar por la cruz y los clavos
y respondió que no la tenía ni de ella sabía
al verdugo mandasteis llamar
y tres tratos de cuerda le mandasteis dar
y dijo el turco
suéltame Reina Elena
que yo te daré la cruz y clavos de Cristo nuestra luz
y por más señal que el sacerdote que hoy murió
con la cruz de mi señor Jesucristo resucitará
y en eso la conocerás
y la Reina Elena al turco soltó
y la cruz y los clavos de mi señor Jesucristo halló
al sacerdote resucitó
y los clavos el uno al mar hechó
el otro a su hijo Constantino lo envió
para que en las guerras donde estuviese
saliese vencedor y nunca vencido
el tercer clavo para ella lo guardó
para ayudar a todos aquellos que le hubiesen menester.
La fama de Velasco como astrólogo reputado y gran hechicero corrió como la pólvora por todo Madrid. Fueron muchos los que acudieron a él en busca de ayuda.
Otros, sin embargo, se acercaron a su morada en busca de los conocimientos que el burgalés atesoraba. Deseaban transformarse en sus discípulos, ser aprendices de brujo.
El primero de todos fue Juan Alonso de Contreras, al que conoció en casa de un oficial de secretaría pública, llamado Aguirre, mientras examinaba las manos a ciertas damas. Contreras observaba maravillado lo que hacía el astrólogo. Pasó toda la velada esperando el momento oportuno para hablar con él. Cuando lo halló, no dudó en pedirle que le enseñara su arte mediante pago. Velasco, al saber que el mozo tenía habilidades pictóricas, le replicó que le enseñaría cuanto supiera a cambio de un retrato.
En la primera de sus clases Velasco procedió a leer la mano de su nuevo discípulo y halló en ella escrito que el joven estaba perdidamente enamorado de una doncella que apenas reparaba en él. Ante la atribulada confirmación del aprendiz no dudó Velasco en prometerle toda suerte de conocimientos para hacer caer, rendido a sus pies, el objeto de su deseo. Así, le entregó una fórmula para conciliar amores, un secreto para rendir a cualquier mujer y la receta para hacerse invisible y poder entrar en el cuarto de su amada sin que nadie reparase en él.
Fórmula Ad amorem conciliandum
Vete antes que salga el sol y mira donde estuviese una
verbena en flor. Mientras la cortas y la sostienes en la mano
dirás el Pater Noster, el Ave María, el Credo y el Evangelio
de San Juan. Luego, puesto de cara a oriente, te hincarás
de rodillas en el suelo y, tras santiguar la verbena,
dirás: Verbena, yo Juan Alonso te mando por Dios que
te crió que me guardes y me valgas en todas las cosas para
las que yo te cojo y para todo lo que yo quisiere pretender,
v. g. para que llegando contigo a una dama me ame
o que trayéndote conmigo todos me amen, especialmente
llegando contigo a la persona que yo quisiere me ame y si
fuere señor se aficione a mí para hacerme mercedes, o trayéndote conmigo sea yo libre de todos los peligros que a
los hombres suelen suceder.
