Inferno:
Historia de una biblioteca maldita

por Mar Rey Bueno

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Amador de Velasco - El maestro de brujos

En el tercer estante de la primera librería se encuentra el recetario mágico de Amador de Velasco, clérigo astrólogo, hechicero, coleccionista y curioso insaciable, procesado por el Tribunal del Santo Oficio por tener las fórmulas secretas para rendir a cualquier mujer, hacer invisible a cualquier ser humano y caminar en una sola noche trescientas leguas.

Se llamaba Amador Velasco y Mañueco y había nacido a mediados del siglo XVI en la burgalesa ciudad de Grijalba, perteneciente a la merindad de Castrojeriz. Para la sociedad era hijo del escudero Juan de Mañueco y de Ana Pérez de Pozancos y tenía tres hermanos y dos hermanas, si bien su madre le había confesado, siendo muy niño, que él y su hermana gemela Escolástica eran, en realidad, hijos de un pintor, residente en Villada, llamado Juan de Herrera, como el afamado arquitecto que construía residencias mágicas para el todopoderoso Felipe II.

Los primeros años de su niñez los pasó con su abuelo y luego residió en casa de un labrador que le alimentaba a cambio de su trabajo. Allí aprendió a leer pero no a escribir, tarea que no comenzó hasta cumplir los ocho años, cuando emprendió estudios sólidos en Melgar de Fernamental, y los continuó en Granada, Valladolid y Salamanca.

Tras graduarse de bachiller quiso saber más, y empezó a asistir a clases de Medicina en Granada, donde oyó a los afamados doctores Mercado y Torres, futuros galenos reales; y en Valladolid, donde prosiguió con los cursos del doctor Enríquez. Fue en la ciudad del Pisuerga donde comenzó a estudiar Teología como discípulo de los doctores Salamanca y Villarreal, asistiendo a las clases que se impartían en el Colegio de San Gregorio. Tras su etapa vallisoletana se trasladó a Salamanca, donde asistió a las clases de Astrología del maestro Juan Aguilera.

Con el título de Artes en el bolsillo residió, sucesivamente, en Burgos, Valladolid y Madrid. El haber estudiado en tantos lugares diferentes le ayudó a conocer a todo tipo de gente, si bien siempre se movió en un medio de eclesiásticos y caballeros, dentro del cual era estimado por su pericia en la Astrología, la Quiromancia y la Fisognomía.

Su primer éxito como astrólogo tuvo lugar en la ciudad del Cid, donde pronosticó al doctor Hiermo, canónigo y catedrático de Escritura, que le darían obispado, siendo que en el mismo año éste alcanzó la mitra de Mondoñedo.

Para hacer semejante averiguación aplicó las ruedas de Pitágoras, declaradas por el maestro Esquivel, catedrático de Alcalá. Fue la primera de una larga sucesión de pronósticos exitosos, que siempre realizó sin censura alguna, antes bien con la aprobación de grandes letrados y teólogos. Entre otros, fray Bernardino de Castro, predicador agustino que había defendido el uso de pronósticos desde el púlpito; el licenciado Fuentes, comisario del Santo Oficio y canónigo magistral; el maestro Carranza, fraile agustino de Valladolid; o el obispo de Laodicea, buen teólogo y letrado, a quien Velasco pronosticó el arcedianato de Treviño, que finalmente le concedieron.

Fue también en Burgos donde conoció al ilustre don Pedro de Velasco, hijo del todopoderoso Condestable de Castilla, que residía en las casas que su padre tenía en la ciudad castellana. Don Pedro sabía hacer sigilos, imágenes
en plomo y plata con ciertos caracteres teniendo en cuenta las constelaciones y observando los signos y planetas.

Con estos talismanes decía atraer los influjos de las estrellas, según había aprendido de sus muchas lecturas.

Velasco anotó cuidadosamente esta información en uno de los cuadernillos que acumulaba en su gabinete, verdaderas fuentes de saber pertenecientes a un coleccionista insaciable como era este licenciado burgalés.

Cómo todas las cosas artificiales (imágenes, sellos y demás) reciben virtudes de los cuerpos celestes.

La dimensión de los cuerpos celestes, su virtud y poder son tales que no sólo las cosas naturales sino también las artificiales, cuando son expuestas regularmente a las superiores, reciben de inmediato las impresiones del agente potentísimo, y de la vida maravillosa que les da una fuerza celeste y a menudo asombrosa; esto lo confirma el divino Tomás de Aquino, santo doctor, en su libro del Destino, donde dice que las mismas vestimentas, los edificios y todas las obras de arte reciben ciertas cualidades de los astros.

Es así como los magos aseguran que no sólo mediante la mezcla y aplicación de las cosas naturales sino también mediante las imágenes, los sellos, los anillos, los espejos y otros instrumentos fabricados bajo ciertas constelaciones precisas, se pueden recibir cierta ilustración y algo admirable de lo alto.

os rayos de los astros, animados, vivos, sensibles, portadores de dones y cualidades maravillosos, y de un fortísimo poder, al instante y al menor contacto imprimen sobre las imágenes fuerzas milagrosas en una materia que dista de estar bien preparada.

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