editorial por Iker Jiménez

Fue un mes de marzo, hace treinta años. Aún recuerdo perfectamente la sensación de incredulidad que recorría los patios de los colegios.
De todos los colegios de España.
No podíamos. No queríamos creerlo.
De pronto, nos habíamos quedado huérfanos. Sin nuestro maestro.

Félix Rodríguez de la Fuente no necesita ninguna presentación.

No la necesitan los iconos, los símbolos, los que han trascendido al corto espacio de lo humano.

Su obra, su voz, su fuerza y su entusiasmo, siguen contagiando del mismo modo. Siguen irradiando desde algún lugar. Siguen impulsando a muchos desde lo hondo de un recuerdo imborrable anidado al alma. Su chaqueta de bolsillos, el cuello vuelto, su peinado, su sonrisa, su forma de dirigirse a la cámara. Todo en él era único e inimitable.

 

Él era un big bang en expansión cuando se dirigía a nosotros con emoción. Entonces entre emisor y receptor acontecía algo inexplicable. Algo en lo que yo creo. Algo que no es medible ni científico: Magia. Él, chamán paleolítico reencarnado para hacernos llegar las historias del mundo a través de su mirada. Nosotros, los niños de la cueva umbría y profunda, fascinados imaginando universos. Él, buhonero del infinito, siempre portando una carga de ilusiones, de sueños, de

anhelos. Nosotros, niños de toda España, que esperábamos la cita semanal como antaño nuestros antepasados esperaban en las aldeas castellanas la llegada del hombre que con canto hipnótico nos contaba cómo era la realidad en reinos lejanos que nunca íbamos a pisar. Y la realidad, a través de su voz, era mejor y más bella. En eso consistía su magia. La magia de un lenguaje que transformaba neuronas y genes.

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Fue el pasado 21 de marzo de 2010. Era nuestro programa nº 29 de la novena temporada y dedicamos las tres horas de Milenio3 al 'Amigo Félix'.

En el recuerdo nos queda la serie de documentales de "El Hombre y la Tierra", cuya sintonía hacía que millones de personas se acercaran al televisor; o "La aventura de la vida", programa radiofónico donde nos enseñaba a amar la naturaleza...

Juan Manuel Ramos Cumplido es autor del libro "Qué lugar tan hermoso para morir. Crónicas inéditas sobre la vida y la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente", en el cual relata, entre otras cosas, las últimas horas de vida del célebre aventurero y las últimas imágenes que rodaron del programa.

 

Sobre esta obra hemos debatido en el programa junto con el también naturalista, Luis Miguel Domínguez y con Miguel Molina, cámara que acompañaba a Félix Rodríguez de la Fuente, y uno de los supervivientes de la última expedición realizada por el equipo. ¿Qué pasó realmente en el accidente?

Su hija, Odile Rodríguez de la Fuente, impulsora de la Fundación que lleva el nombre de su padre, también ha querido hablar para el programa y nos ha contado cómo realizó el reportaje que su padre no pudo terminar en Alaska hace 30 años: la mayor carrera de trineos tirados por perros.

  • Los lobos aún te lloran

Un genio, Mingote, recuerda al genio que se marchó hace treinta años: 
Félix Rodriguez de la Fuente. Desde entonces, todas las noches, un 
lobo amigo llora mirando a las estrellas
.  (ABC 16 de marzo 1980)

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La Fundación Félix Rodríguez de la Fuente fue creada en 2004 por su familia para salvaguardar y proyectar su legado a fin de que continúe inspirando la comunicación, el diálogo y la reflexión en la sociedad a través de nuevos proyectos.
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