«La princesa de Éboli»

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Así lo contamos en Cuarto Milenio

«La Princesa de Éboli».- La increíble historia de esta enigmática y poderosa mujer. La inteligencia y personalidad de Ana de Mendoza llegó a poner en peligro el Imperio de Felipe II. Un viaje a la apasionante existencia de esta influyente dama. (Programa emitido el 12 de octubre de 2008)

«Éboli»
Secretos de la vida de Ana de Mendoza

por Nacho Ares

Textos del libro "Éboli. Secretos de la vida de Ana de Mendoza", de Nacho Ares, Algaba, Madrid 2005

Fundaciones de santa Teresa


La presencia en Pastrana de Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como santa Teresa de Jesús, dio nuevos bríos a los planes que los príncipes de Éboli estaban desarrollando en el lugar. Sus fundaciones son lo más conocido de la villa y aunque la presencia física de santa Teresa no pasó de tres meses y la de su orden carmelita de pocos años, la huella que ha dejado en Pastrana ha conseguido eclipsar la presencia posterior de otras órdenes religiosas que nada tuvieron que ver con esos comienzos carmelitas. Es el caso de la orden de la Inmaculada Concepción y la de los franciscanos.

Para el caso que aquí nos reúne, Pastrana y la princesa de Éboli, santa Teresa fundó dos monasterios. La historia que antecede a la llegada de la santa a Pastrana no es menos curiosa que todo lo que ocurrió después y merece la pena que nos detengamos en ella.

En su Libro de las fundaciones nos cuenta la religiosa cómo tras fundar en Toledo, sin apenas descanso, después de culminar harto pesado trabajo, recibe la visita de un criado de la princesa de Éboli en el palacio de su prima, doña Luisa de la Cerda, en donde se alojaba la santa. Éste le recuerda el pacto de palabra que había entre ambas para fundar un monasterio en Pastrana. La religiosa, que por aquellas fechas ya contaba con sesenta y cuatro abriles, estaba cansada y no tenía gana de emprender el cansado viaje hasta Guadalajara habiendo, además, acabado de inaugurar la casa en Toledo que tantos esfuerzos y energías les había supuesto.

Pero la insistencia del criado de la Princesa que se había desplazado hasta Toledo con una carroza especial para llevarla cómodamente desde allí, hizo reflexionar a Teresa. Cuenta la propia monja que:
Al poco del recibimiento por parte de los príncipes de Éboli en su palacio ducal, tras la Pascua del Espíritu Santo, en el verano ya de 1569, santa Teresa funda primero el convento del Carmen. La idea era hacer dos fundaciones, una de religiosos y otra de religiosas.

El Carmen, levantado en un cerro a las afueras de Pastrana, junto a la vieja ermita de San Pedro, empezó siendo muy pobre, construyendo apenas unas casas de madera y un templo alrededor de esa ermita primigenia cedida por los príncipes a Ambrosio Mariano Azzaro y a Juan Nardush, más conocido éste por fray Juan de la Miseria. Se trataba de dos ermitaños italianos que santa Teresa conoció a su paso por Madrid, de la mano de la mencionada Leonor de Mascareñas, y que tras hablar con la religiosa abrazaron de buena gana la nueva reforma del Carmelo.

La fundación lo tenía todo. Santa Teresa había tenido mucha suerte en toparse con dos varones que quisieran seguir sus pasos en la fundación de un cenobio masculino. Además, el cerro sobre el que se levantaba la originaria ermita de San Pedro tenía su historia dentro del marco de la leyenda. Allí fue donde Juan Giménez, un vecino de Pastrana, profetizó la fundación del monasterio. Al parecer dijo haber tenido una visión por la cual el palomar de palomas bravas que allí había se tornaría en lugar de palomas mansas y blancas, y que con su vuelo alcanzarían el cielo. En Pastrana hay un lienzo del propio fray Juan de la Miseria en el que se relata esta historia:

“Juan Giménez, vecino de Pastrana, varón sencillo, siervo de Dios e ilustrado con el don de la profecía, profetizando la fundación de este convento, dijo delante de muchos vecinos de la dicha villa, que venían en procesión a esta ermita y palomar ‘¿Veis este palomar de palomas bravas? Pues tiempo vendrá en que se pueble de palomas mansas y blancas que con su vuelo llegarán al Cielo’. En confirmación de esto, muchas personas vieron salir muchas veces, de una cueva de este cerro una procesión de religiosos vestidos de buriel áspero, capas blancas, pies descalzos y velas encendidas en las manos y que dando una vuelta por el cerro se recogían en dicho palomar. Historia de los carmelitas descalzos Tomo I”.

Casi a la par que la fundación del Carmen fue la del monasterio de religiosas de San José. Habitado en la actualidad por una comunidad de monjas de la Orden de la Inmaculada Concepción, el monasterio fue fundado el 9 de julio de 1569 por santa Teresa de Jesús, quedando Isabel de Santo Domingo como primera priora.

La relación entre la princesa de Éboli y santa Teresa nunca fue buena. La gota que colmó el vaso del desencuentro lo encontramos en una anécdota curiosa. Al parecer, doña Ana tenía muchas ganas de leer una especie de diario que llevaba la Santa siempre consigo. En él relataba sus experiencias místicas. Lo comenzó a escribir alentado por su confesor, creando así una especie de autobiografía que posteriormente le daría más de un problema con la Inquisición. Pues bien, conociendo cómo se las gastaba la Princesa, es lógico entender que santa Teresa se negara a la cesión. Pero cuando en ello medió el príncipe de Éboli, la religiosa no tuvo más remedio que claudicar viendo en peligro, seguramente, la fundación de los monasterios. No es que don Ruy Gómez chantajeara a santa Teresa, sino que es más probable que ésta en previsión de futuros problemas prefiriera ceder.

Bajo la promesa de no dejar ni revelar el contenido a nadie, la princesa de Éboli se fue muy contenta con el manuscrito, orgullosa y viéndose vencedora en aquel singular tira y afloja con la religiosa.

La irritación supina de santa Teresa llegó cuando cierto día descubrió a doña Ana leyendo en alto algunos pasajes del manuscrito a sus ayas y pajes, en medio de bromas, burlas y tronchamientos de risa por los vuelos o los trances místicos que protagonizaba la monja de Ávila. La princesa de Éboli era un poco mala, es cierto; pero también hay que reconocer su ingenio.

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