¡ Drácula vive !
Historia del rey de los vampiros
por Gonzalo Pérez Sarró
La forma de muerte preferida
En la lista de atrocidades atribuidas al príncipe de Valaquia se encuentran suplicios de la más diversa índole: decapitaciones, mutilaciones de narices, orejas, órganos sexuales o, en el caso de algunas mujeres, pezones; vaciado de ojos; enterramientos o cremaciones en vida; atormentados que morían cocidos en ollas hirvientes; torturados que eran desollados vivos y todo un largo etcétera de sufrimientos que asustan tanto por su número como por su naturaleza.
Pero sin duda, el modo de ejecución más practicado en el reinado de este sanguinario guerrero fue el empalamiento. De hecho, está su sobrenombre de Tepes (Empalador) para refrendarlo. Este sistema de suplicio y muerte no les debía parecer en sí lo suficientemente doloroso a Drácula y a sus sicarios, ya que añadían, en ocasiones, algunos «detalles».
Estos servidores del horror se cuidaban de que las puntas de las estacas donde iban a ser ensartados aquellos desdichados estuviesen redondeadas. Después las lubrificaban abundantemente con aceites para que el fatídico palo penetrara en las entrañas de la víctima empujando y moviendo de su sitio los órganos internos sin desgarrarlos, lo que producía espantosos dolores en el martirizado.
Los verdugos perseguían con esto la más lenta de las agonías, evitando así una muerte «demasiado» rápida o instantánea. Aunque los grabados del siglo XV nos muestran a reos que son atravesados por el vientre o por el pecho, también lo hacían por la boca. Sin embargo, el método empleado habitualmente era el de introducir la fatal vara por el ano del sujeto.
Había varias formas de hacerlo. Una de ellas consistía en poner al individuo en el suelo con sus miembros inferiores extendidos. Después, cada uno de sus pies era sujeto por una cuerda que a su vez se ataba, por su otro extremo, a una cabalgadura.
Se colocaba al desgraciado de manera que su orificio rectal coincidiera con la punta de la vasta estaca y, entonces se hacía avanzar lentamente a los animales. El poste se iba hundiendo en el cuerpo del ajusticiado hasta que los verdugos consideraban que había quedado suficientemente incrustado como para levantarlo. Acto seguido, se cortaban las ataduras y se elevaba el palo hasta dejarlo en posición vertical.
Poco a poco, el cuerpo se iba clavando más y más hasta que la víctima moría lentamente por la punzada y su exposición a los agentes meteorológicos.
Otra de las maneras más comunes de empalar que empleaban estos mercenarios era colocar al infortunado boca abajo y, a golpe de martillo, introducirle aproximadamente medio metro del mástil. A continuación se izaba el palo hasta que quedaba perpendicular al suelo. Después se procedía a fijar su base en el terreno y, como en el caso anterior, el propio peso del atormentado hacía que su cuerpo fuera clavándose cada vez más, en la larga estaca hasta salir grotescamente por el pecho o la nuca.
Sobre el príncipe rumano existen, sin embargo, otros relatos considerados igualmente verídicos que, si no más amables, sí podríamos decir que encierran un espíritu que nos habla de un personaje que albergaba un gran sentido de la justicia y de la buena conducta.
Lamentablemente, sus correctivos eran poco livianos, algo por otra parte común en la época en que vivió. Las crónicas a que me refiero nos describen un hombre cuyos actos perseguían muy vehementemente el ejemplo y la enseñanza...
Sobre el autor del libro
"¡Drácula vive!" :

Gonzalo Pérez Sarró es periodista e investigador especializado en temas de misterio y colaborador habitual de Milenio3 y Cuarto milenio.
Desde 1983 ha presentado, dirigido y participado en numerosos espacios radiofónicos dedicados al mundo de lo paranormal.
Ha publicado sus reportajes e investigaciones en las revistas fundadas por el Dr. Jiménez del Oso, Espacio y Tiempo y Enigmas.
Es autor del libro Huellas de otra realidad (Edaf, 2006).
