«Conspiración en la Luna»

por José Lesta

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Pero hubo algo que llamó poderosamente la atención del doctor Goliakovski. Cuando el paciente estaba agonizando, se presentó un anónimo oficial de la Armada que le facilitó todos los datos personales del piloto y detalles parcos del accidente que había sufrido su camarada. Acto seguido, el oficial descolgó el teléfono del pasillo para informar a sus superiores. Cuál no sería la sorpresa del doctor Golyakovsky cuando, un par de semanas más tarde vio la foto del desconocido oficial publicada en toda la prensa soviética: ¡se trataba de Yuri Gagarin! Ahora bien, ¿Qué hacía el cosmonauta más famoso del mundo dos semanas antes en un hospital civil atendiendo a un militar quemado?

Dos décadas después, cuando la guerra fría ya casi estaba perdida, el periodista Yaroslav Golovanov recordaba la muerte de aquel anónimo piloto en el diario Izvestia y revelaba algo sorprendente: el piloto era en realidad un cosmonauta llamado Valentín Bondarenko.

Es más, no era un cosmonauta cualquiera sino que había sido elegido entre los seis mejores de la Unión Soviética. Formaba parte de la elite del programa espacial. Según las informaciones del periódico soviético, Bondarenko sufrió un grave accidente cuando se incendió la cabina de presión en la que llevaba aislado 10 días, durante el transcurso de un ejercicio rutinario de entrenamiento.

MUERTOS EN EL ESPACIO


En los últimos años se han publicado más datos y rumores que vienen a complicar aún más este asunto. Según esas nuevas informaciones, los soviéticos mintieron en el artículo de Izvestia para tapar algo aún más grave: la autentica identidad del primer hombre que llegó al espacio.

Esto abre la puerta al espinoso y casi legendario asunto de los muertos no reconocidos de la carrera espacial. ¿Hubo más? El citado Oberg ha elaborado una lista que ha ido aumentando con el tiempo gracias a la desclasificación de los informes soviéticos y la filtración cada vez mayor de información. La verdad es que no tiene desperdicio.

La lista comienza en los albores de la carrera espacial. A los pocos días del lanzamiento del primer satélite de la historia, en 1957 -el Sputnik-, el cosmonauta Ledovsky murió durante un lanzamiento suborbital desde la base secreta de cohetes de Kasputin Yar. Un cosmonauta cuyo nombre se desconoce quedó atrapado en el espacio en mayo de 1960 cuando su cápsula espacial, en órbita terrestre, tomó una dirección incorrecta. Sin embargo, hay informaciones sobre casos mucho más dramáticos.

El 4 de febrero de 1961 varias estaciones radioastronómicas recogieron las señales típicas de un satélite soviético. Al poco tiempo empezaron a transmitir lo que parecían latidos de un corazón. Súbitamente esas pulsaciones se detuvieron. Algunos informes hablaron de una cápsula con dos cosmonautas perdidos y a la deriva (Kachur y Grachev). No fue el único acontecimiento de esas características. Tres meses más tarde, varias estaciones de seguimiento europeas recibieron débiles llamadas de socorro. Tras rastrear el origen de las mismas descubrieron que provenían de una nave en órbita con dos cosmonautas a bordo.
No fueron los únicos, pero la carrera espacial deparó multitud de increíbles secretos aún por desvelarse.

BOMBAS ATÓMICAS EN LA LUNA


Hace ya medio siglo, concretamente el 28 de enero de 1958, en un discurso pronunciado por el general Homer A. Boushey en el Aero Club de Washington se barajaba la idea de usar armas atómicas en la Luna:
«La Luna puede proporcionar una base de represalias de ventajas inigualables. Si dispusiéramos de una base en la Luna, o bien los soviéticos habrían de lanzar un abrumador ataque nuclear hacia ella desde Rusia, dos días o dos días y medio antes de atacar Estados Unidos [y el lanzamiento no podría escapar a la detección], o Rusia podría atacar primero a Estados Unidos, única e inevitablemente para ser un objetivo desde la Luna, unas 48 horas después, de una segura y masiva destrucción».

Eran los tiempos de la guerra fría con los soviéticos y cualquier idea militar era acogida con satisfacción. Además, por lo que se sabe, ese tipo de propuestas jamás germinó ¿O quizás sí?
En mayo de 2000 el doctor Leonard Reiffel, un físico de 73 años de edad que trabajó en la década de 1950 en la Fundación para la Investigación de Armamento, reveló un extraordinario proyecto que habían elaborado los militares estadounidenses medio siglo antes. Al parecer, la Fuerza Aérea desarrolló un plan de alto secreto para detonar una bomba nuclear en la Luna. Tal y como suena.

La Fuerza Aérea quería saber, entre otras cosas, si el tamaño de la nube atómica generada por la detonación sería lo suficientemente grande como para ser visible desde la Tierra a simple vista. Los militares pretendían realizar la explosión nuclear en la cara oculta de la Luna, muy cerca del límite visible. Así lograrían que los rayos del Sol iluminaran la nube radiactiva para hacerla visible. Las pretensiones iniciales eran usar un artefacto dos o tres veces mayor que el de la bomba atómica de Hiroshima.

Para poner en marcha el proyecto, el Pentágono se puso en contacto a finales de 1958 con muy pocos científicos, entre ellos se encontraba un jovencísimo Carl Sagan. En efecto, el famoso y pacífico divulgador científico tuvo su misión en el proyecto, denominado “A119-B”. Concretamente Sagan se encargó de calcular cómo afectaría la débil gravedad lunar a la nube radiactiva y hasta qué punto se expandiría en el espacio exterior. El joven científico fue más allá, sugiriendo que se podría usar la explosión para examinar si la nube contenía algún tipo de material orgánico.

El pentágono nunca ha desmentido la información filtrada recientemente por varios científicos acerca del diabólico plan, pero ¿podemos estar seguros de que en los últimos 50 años jamás se utilizaron armas nucleares en el espacio?

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