«Camino a la Atlántida»

Introducción del libro "Camino a la Atlántida"
de Mariano F. Urresti, Editorial Aladena, diciembre 2008

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SADAVITSE ED NAOI

Aún no lo sabía, pero sólo me separaban unos instantes del inicio de esta aventura, y eso que creía estar en el final del camino. Lo descubrí cuando me tropecé con otra tumba. Estaba en el interior del templo, a la izquierda según se accedía a él.

Me encontré admirando un sepulcro en que aparecía la figura yacente de un hombre que dicen que vivió en el siglo XIV. Pero, ¿qué razón tenía aquella extraña inscripción en el sarcófago?:

SADAVITSE ED NAOI

Recordé entonces la recomendación del investigador Rafael Alarcón: debía leer esa inscripción al revés para descubrir la identidad del difunto. Así lo hice, y el nombre apareció ante mí: Ioan de Estivadas.

¿Quién fue aquel hombre? ¿Qué razón había para ocultar la identidad de ese muerto tras semejante juego de palabras?

La misma fuente afirmaba que aquel difunto fue en sus tiempos mozos un tabernero casado con una mujer llamada María Oanes.

Soy consciente de que una historia como ésa tal vez no le diga nada a nadie, salvo que quien la escuche lleve en el morral del espíritu lo que yo llevaba vivido, sorbido y rumiado a lo largo del Camino.

De pronto, las alertas se dispararon. Me encontraba ante la tumba de un hombre relacionado profesionalmente con el vino y casado con una mujer cuyo nombre era demasiado parecido al del dios babilónico Oanes, deidad instructora que salía periódicamente de las aguas para enseñar ciencias y oficios, como para dejarme indiferente. Además, la profesión del muerto y el lugar en el que me encontraba sirvieron para recordar a otro viticultor memorable, Noé. La Biblia decía que el patriarca plantó vides cuando cesó el diluvio y bebió vino sin control un mal día (“Noé fue agricultor y plantó una viña…” Génesis 9, 20)

Pero, se preguntará el lector, ¿por qué relacionar a Noé con aquel tabernero medieval muerto? Pues porque estaba en Noia, ciudad fundada por la nieta de Noé, Noela, según la tradición. Porque cien historias hablan del desembarco del patriarca por aquellas tierras, y porque comprendí que el Camino no conducía adonde la gente suponía, sino a un lugar tan remoto que no había plano en donde estuviera señalado.

Y fue entonces, allí mismo, en el interior de la iglesia de Santa María a Nova de Noia, donde comencé a imaginar este libro sin saberlo todavía.

Noé fue agricultor, plantó una viña y bebió su vino, dice la Biblia. Y ahora estaba yo ante la tumba de otro hombre vinculado con el vino, tal vez un devoto del saber de Dionisio o de los remotos descendientes de Noé, que, según las leyendas, echaron el ancla en estas tierras un ayer lejano. Pero debió ocurrir que Noé y su familia no pararon quietos, y tuvieron mucho trabajo que hacer en aquel tiempo cuyo cumpleaños no somos capaces de celebrar con seguridad. No tuve más que dejar fluir los recuerdos para evocar otros nombres sospechosos: Noega llamaron tiempo atrás a Gijón; hay un pueblo llamado Noja en Cantabria; hubo en el sur de España una ciudad desaparecida a la que llamaron Noela; Portugal conoce Nojoa, y en otras regiones tienen o tuvieron villas o villorrios de nombre parecido.

Mucho trabajo para una sola familia, pensé. O era una familia extraordinariamente amplia. Tan grande como un pueblo. ¿Debería entonces hablar de náufragos o de conquistadores?

Miré de nuevo la tumba de piedra del tabernero, que de pronto se me antojó el manitú de algún culto perdido, el monolito que representa el Conocimiento, el ídolo de un tiempo remoto…
¡El ídolo!
Cuenta la tradición que en aquellos tiempos fabulosos que no sabemos situar en el calendario Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, navegó hacia Occidente. Y aquella barca suya echó amarras en una costa de la que hablan autores clásicos tomados por gente seria, caso de Plinio, Ptolomeo o Estrabón.

Una vez en tierra, Túbal fundó una ciudad, que no sería otra que Noega, Gijón. Al parecer, otros parientes suyos hicieron lo propio en Galicia, Cantabria y otras regiones de España.

Un puñado enorme de investigadores y autorizados escritores, entre los que se incluyen nombres como el padre Mariana o Antonio de Nebrija, dieron crédito a esa historia. La estirpe de Túbal, aseguraban, funda y coloniza, adiestra e instruye. Y tal vez para que el eco de las pisadas y sermones de Túbal jamás desapareciera de la memoria de las gentes, éstas izaron un altar en su recuerdo en Peña Tú, a un paso de Llanes, Asturias.

Desde su otero, el ídolo de Peña-Tú domina el temible mar Cantábrico como si estuviera atento al posible desembarco futuro de otros dioses instructores.

¿Qué extraño mal se adueñó de mí en Santa María a Nova de Noia que me llevó a hermanar a un desconocido difunto viticultor con Noé y con su familia? ¿Qué relación habría de tener la estirpe del patriarca bíblico con dioses egipcios y evocadoras deidades americanas? ¿Tal vez un mal de África se había apoderado de mí?

Las leyendas están al alcance de todo el mundo. Por doquier se habla de un desastre que asoló tierras y hombres. La Biblia lo llamó diluvio y otorgó el papel protagonista a Noé. Pero en Egipto, en Babilonia, en América y en mil rincones más repiten la misma historia variando sólo detalles triviales y el nombre del hombre justo que salvó al género humano y a los animales a bordo de un barco.

¿Sucedió aquella catástrofe realmente? ¿Cuándo tuvo lugar?, si es que damos crédito a esa idea. ¿Quiénes eran Noé y sus colegas?

Hubo una Edad de Oro en un tiempo remoto. La vida era más dulce, y tal vez no se extinguía nunca. Los dioses y los hombres cohabitaban, hasta que en una jornada maldita la suerte se invirtió. Fue el fin del Edén, la extinción del Jardín de las Hespérides, la desaparición de Etelenty, el hundimiento de la Atlántida.

El mal de África que se adueñó de mí en Santa María a Nova hizo que me permitiera a mí mismo creer en aquellas historias. Cedí a la tentación de establecer relaciones arriesgadas entre algunos restos arqueológicos desconcertantes que salpican el mundo con aquellas narraciones fabulosas que evocan el tiempo oscuro que los egipcios llamaron Tep Zeti.

La súbita aparición de la escritura, de la agricultura y la cerámica que caracterizó la evolución histórica del hombre neolítico siempre me ha parecido sorprendente. ¿Quién obró el prodigio? ¿Fue producto de una evolución o de una enseñanza impartida por algún desconocido instructor?

Las leyendas tal vez ayudan a responder a esos interrogantes. ¿Mintió Platón al construir un relato extraordinario sobre una civilización desaparecida a la que llamó Atlántida? ¿Qué relación pudo tener ese continente fabuloso con otros míticos lugares como el Jardín de las Hespérides o Etelenty?

¿Qué sucedería si en realidad hubo un mundo perdido cuyos habitantes no se extinguieron en su totalidad? ¿Es posible rastrear el itinerario que pudieron seguir los supervivientes que ganaron las costas tras el desastre?

El mundo de los muertos está eternamente envuelto en la oscuridad. Aquel reino no conoce la luz del Sol, y los hombres siempre imaginaron que esa tierra terrible estaba en Occidente, donde el Sol moría cada tarde. Pero era aquél también un lugar de esperanza, puesto que de forma precisa al día siguiente el astro rey lograba salir airoso de su viaje y emergía al amanecer por Oriente. De modo que era posible sobrevivir a la muerte, como lo logró Noé. Su tierra desapareció, pero no se extinguió su cultura.

Los días se hicieron siglos, pero el recuerdo de aquellos maestros y de su lugar de origen no desapareció del corazón de los hombres. De forma instintiva, casi animal, las gentes caminaron religiosamente hacia el lugar donde el Sol moría al atardecer para resucitar al día siguiente a sus espaldas. Caminaron hacia la Atlántida.

Pero, ¿qué sucedería si la historia fuera cíclica y no lineal? Miro al alrededor y tengo serias de dudas de que alguien pueda llegar a peregrinar por nosotros. Tal vez no habrá entonces una Tierra de los Muertos, sino que toda la Tierra habrá muerto.

Mariano F. Urresti