Iker: un ufólogo de once años

Tenía once años, una caja de rotuladores de colores y muchos sueños. Y en mis sueños, siempre misteriosos, enigmáticos, siempre fantásticos y a contracorriente, aparecían ellos: los ovnis.


Martes 27 septiembre 2011

 Ocurrió antes de Cuarto Milenio. De Milenio3. De los libros. De las revistas.

Ocurrió antes que nada.

Tenía once años, una caja de rotuladores de colores y muchos sueños. Y en mis sueños, siempre misteriosos, enigmáticos, siempre fantásticos y a contracorriente, aparecían ellos: los ovnis.

Ellos han sido, sin saber bien qué o quiénes son, los inseparables compañeros de mi vida.

En 1983 esta sufrió un cambio importante. Quizá el más importante. Lo he contado una y mil veces. Mi bicicleta, mi grabadora, y un barrio de Vitoria con gente asustada porque habían visto unas luces en la noche. Y el “flash” de llegar allí poco después de haber leído por accidente un libro de ovnis.

Para aquel niño nada podía ser casual. Y supe de inmediato que aquella era mi vocación. Que no podía haber otra. Que no me importaba nada más en el mundo. Tenía once años… y hasta este preciso momento las “fichas”, una breve muestra,  jamás han abandonado su archivador Centauro.

Yo siempre las he tenido cerca, junto a un arcón repleto de mis trabajos de infancia. Aquí, a mi vera en el despacho. Y en esos cientos de folios, cartulinas y recortes queda grabada esa infancia alucinante en la que fundé, junto a mi primo Roberto, y mis amigos Hector y Borja,  el DISO (Documentos e Investigación Sobre el tema Ovni).

¡Qué bien lo pasábamos! ¡Qué entusiasmo le echábamos a todo! ¡Cuántas noches en vela oteando el firmamento!

Sí, creo que las he tenido cerca para no olvidarme nunca de lo que en verdad soy. Lo que sigo siendo, casi treinta años después, gracias a Dios, a los Ovnis y al Misterio: un niño que sigue soñando sin parar.

Quizá porque no sabe hacer otra cosa.  

Cuando los periodistas me preguntan sobre mi vocación percibo que en la mayoría de los casos no se creen que yo fui, que yo sigo siendo, el “ufólogo de once años”. Y es que quizá esto sea demasiado increíble. Les debe parecer a algunos algo inventado, creado. Artificial.

Esta noche, preparando el programa de Cuarto Milenio, he decidido sin saber bien porqué, tomar un puñado de aquellas viejas fichas. Con caligrafía horrible- algo que no ha cambiado hasta hoy- pero trazadas, trabajadas, modeladas, con esfuerzo, con entusiasmo, con vitalidad, con ilusión. Nunca he sido pejiguero, ni finolis. Ni excesivamente decoroso como se ve.  Al revés. Se me iba la vida en cada relato, en cada caso, en cada dibujo emborronado… casi como si practicase la escritura automática.

Se puede decir que aquellos casos, aquellas fichas a modo de reportes, me brotaban de las entrañas. De lo más hondo. De mis ilusiones inquebrantables.

Me emocionaba con cada suceso, cada dato, imaginando los parajes desiertos, los testigos…y sobre todo imaginándoles a “ellos”: los enigmáticos ocupantes de los ovnis.

Muchos periodistas, recientemente, me han hecho entrevistas sobre el programa, sobre los éxitos de audiencia, sobre eso de ser el “último Mohicano” que queda en mi cadena de televisión. Sobre cosas que para ellos son evidentes e importantes. Y me preguntan sobre alguna “fórmula” del éxito. Como si esta existiera. Quieren saber el resorte, la clave, el pasworrd para el hipotético triunfo mediático.

Cómo, según sus palabras, me lo he montado tan bien. Cómo he acertado a sumarme a la marea de “lo misterioso” en el instante preciso. Como surfear en la ola de una moda. Como una simple oportunidad profesional.

Y yo sonrío para mis adentros.

Desconocen que yo no soy ni un presentador, ni un señor de la tele. Yo soy, en mi vive y late, el ufólogo de 11 años. Nunca se ha marchado. Y quizá ese sea el secreto.

Por eso les respondo que no hay atajos ni griales para todo eso que me cuentan. Solo soñar. Soñar sin temor. Soñarse a uno mismo, recorriendo España y persiguiendo a mis queridos y temidos ovnis. Como hacía Juan José Benítez, mi héroe.

No era Superman ni Spiderman, no era el Capitán Trueno…era JJ Benítez, el Quijote errante que cabalgaba por la llanura a lomos de un SEAT 124. El autor de “100.000 kilómetros tras los ovnis”. Si, él era el faro, la guía. El ejemplo de valentía y fe en mi mundo.  Y yo, a mis once años,  solo quería ser como él y vivir con esa fe, con ese desgarro, con esa poesía propia del último loco de la tierra.

Doy fe de que en todo este tiempo no he llegado a ser JJ. Queda claro. Como no he llegado a ser Félix.  Porque ambas cosas son imposibles y porque uno no ha querido ser copia de nada sino aprender con perpetua admiración. Pero, ahora que lo pienso, tampoco me he desviado mucho de mi sueño. Lo veo ahora, con estos casos, con estos dibujos, con esta letra jeroglífica. Me veo en la terraza, mirando el azul del cielo, tardes y noches anotando cosas, me veo en los montes, acampando, con mi linterna.

Aguardando.  

Lo veo muy claro en esos casos -Hernani, Valencia, Manzanal- que eran sucesos propios, joyas “investigadas” por un grupo de chavales de 11 y 13 años. Preguntando en el colegio, en la calle, a los parientes…

¡Qué bendita, qué maravillosa locura!

Ese es el único “secreto” que conozco. Y creo que es aquello que los demás perciben como  “el éxito social”,  y la presión que se vive cuando se está en una supuesta “cresta de la ola” – que implica muchas cosas y muchas responsabilidades inimaginables-  lo que precisamente puede hacer que olvides quién eres. Se puede borrar, sin mucho esfuerzo, el niño que uno lleva dentro.

Pasa a menudo.

Por eso siempre hay que volver a acariciar las fichas. E incluso, como esta noche, a compartirlas con los demás.

Muchos periodistas me preguntan, a veces como un soniquete, si “creo en lo que hago”. Como si fuese algo delirante o imposible ser como yo soy sin que sea un papel. Y yo sonrío. Y les entiendo.  Y a veces me siento como un extraterrestre. Como un ummita que no es de este mundo.

No es fácil transmitir lo que ha sido mi infancia. Y el espíritu ingenio, alocado, fantástico, lleno de ensoñaciones en el que siempre he vivido. No debe ser muy frecuente. Aunque sé que , por fortuna, no soy el único. Ni mucho menos.

Cuarto Milenio, Milenio3, los libros, el “éxito”…todo eso puede tener su valor. Pero nada, absolutamente nada, compite en mi escala de valores con la magia de mis fichas de la infancia. Hice cientos. Y revistas. Y libros. Libros a mano como “Ovnis recientes” o “Ya han aterrizado”, repletos de esos dibujos casi inadmisibles. Porque solo quería saber y contar.

Hice incluso vídeos. ¿Os imaginais “Cuarto Milenio” con 12, 13 o 14 años?

Quién sabe…a lo mejor esas grabaciones un día ven la luz.

Hoy emerge este entrañable material con casi tres décadas a la espalda, en un tiempo donde Internet y los ordenadores eran una profecía lejana. Y resucitan reconvertidos en pixeles mis garabatos de niño, por si son capaces de motivar alguna vocación. Algún chispazo. Alguna fe en los sueños de alguien. Por muy locos que estos sean.  

Una colega, en esas entrevistas de medios nacionales a las que hago referencia con motivo de la reciente presentación de Cuarto Milenio, me preguntó  a bocajarro que quién era yo realmente. Y me quedé en silencio. Pensando muchas cosas.

- Un niño que sigue soñando.

Eso fue lo que respondí. Ahora sé que estas fichas de mi archivo Centauro del D.I.S.O del invierno de 1984 lo expresan mejor que mis palabras. Mejor que nada. Esta es, posiblemente, mi mejor obra. Porque tenía 11 años. Y jugaba todo el día al futbol e investigaba y leía sobre ovnis. Esas eran mis pasiones.

Y cuando pasa el tiempo, uno se da cuenta de que ese es el auténtico motor que mueve el corazón. Esa chispa que te reconecta con la infancia mágica y te hace saltar de emoción ante un nuevo caso, una nueva pista, una nueva posibilidad.

Esta noche, mientras escucho Oxygene en mi despacho, quiero rescatar algunas de las fichas de mi primer archivo. Veréis que incluso una de ellas está escrita con máquina. Gasté todos mis ahorros en ella y  escuchar el percutir de sus teclas, me sumergía en un mundo alucinante. Me sentía periodista de EGB. Me intuía, me soñaba. Sabía que lo único importante era seguir a los ovnis. Y contarlo.

Esa era mi verdad. Esa es mi verdad.

Quizá, quien sabe, alguien , ahora mismo, sienta la misma llamada del misterio. Porque el misterio es así y nos ronda para ver si nos decidimos.

Y quizá estas cosas sin aparente sentido que ahora plasmo aquí le sirvan, le impulsen, le borren temores. Le hagan tener esa fe necesaria para no dejar de ser niño.

Nada podría alegrarme más.

Iker Jiménez