«Mi fe en el misterio» por Iker Jiménez

Los sucesos vividos por el equipo de Cuarto Milenio en Belchite me devuelven la fe en el misterio. Es lo que siento y así lo dejo por escrito en este momento clave en el que iniciamos una temporada.
Una temporada única. Que no será como las demás.


Lunes 12 septiembre 2011

 Los sucesos vividos por el equipo de Cuarto Milenio en Belchite me devuelven la fe en el misterio. No es que la hubiese perdido, ni mucho menos. Pero esta sensación, esta percepción inusual, que como las cosas verdaderamente importantes no se asemeja en nada a lo ordinario, me aprovisionan de una nueva, energizante, vibrante y maravillosa sensación.

Es lo que siento y así lo dejo por escrito en este momento clave en el que iniciamos una temporada. Una temporada única. Que no será como las demás.

Recuperar la fe…esa es la cuestión. Porque esta fe en el misterio, personalísima, intransferible y que poco sabe de normas y reglas sino que solo atiende a la sinceridad del propio alma,  puede sufrir altibajos.

Eso le ocurre, al investigador, al curioso, al lector o al simple interesado en estos insondables campos fronterizos. Es un estado natural que fluctúa y varía.

Evidentemente, la edad, las experiencias positivas o negativas en este mundo tan extraordinario- en todos los sentidos- que es la búsqueda de los misterios, van perfilando nuestro carácter. Hay personas que ya no encontrarán esa peculiar y escurridiza fe jamás. Se alejaron, se petrificaron, se endurecieron tanto que se volvieron descreídos, alejados, fuera de la órbita fascinante del genuino misterio. Fríos, calculadores, de espaldas a la sorpresa mágica. Al momento de esplendor que gire su vida y su mente anquilosada. Ya no pueden creer en nada más allá de lo físico. De lo probado. De lo admitido. De lo que sale en el catálogo. Volvieron al rebaño de lo homogéneo.

Recientemente el misterio me obsequió con un premio. Lo desconocido, lo enigmático, lo que aparentemente vive y late al margen de lo convencional, de vez en cuando tiene estas cosas y obsequia el tesón del investigador. En otras ocasiones lo ignoto, lo incognoscible, se cruza con uno por el simple hecho de estar en un punto concreto en el minuto exacto. Es una ruleta muy difícil. Se podrá regresar al mismo enclave una y mil veces. Solo con un cuaderno, o con la Nasa entera y sus dispositivos intentando captar señales de cualquier tipo. Pero el misterio ya no estará allí. Su presencia, su sombra, su píldora de magia, no aparecerá ante nosotros. Porque si algo vamos teniendo claro en estas cosas cuasi sagradas de los enigmas que nos rodean es que en nuestro particular duelo por aproximarnos a ellas, no mandamos nosotros.

Y cómo nos irrita eso. Y cuánta fe derrumba eso.

Solo cuando él quiere, cuando toca, el misterio nos ilumina con una sensación confusa, sin igual. Un estallido de átomos que retumban en el corazón. Una mezcolanza de inquietud, miedo, perplejidad, de emoción incontenible.

Eso es recobrar la fe. Uno lo sabe cuando le pasa. No le cabe la menor duda.

Me ha tocado, lo reconozco, en un buen momento. Ser padre , lo intuyo, lo presiento, es uno de los más grandes enigmas que un ser humano puede vivir. Es tan extraordinario, tan insondable, tan onírico y mágico todo lo que siento, que creo que este encuentro con lo no ordinario entre las ruinas de Belchite no es casual.

No podría ser en otra época. Ni de otra forma. Ni con otros protagonistas.

En este tiempo de inenarrable felicidad- y quien sabe si quizá precisamente por eso- viví junto a mi mujer y mi equipo una serie de hechos que no puedo explicar. Cuando eso ocurre, sinceramente, importa poco lo que puedan opinar los demás.

Nosotros estábamos allí. Y lo sabemos.

Creo, en definitiva, que todo esto puede interpretarse como una señal. Una señal siempre positiva. Un premio en mitad del largo camino lleno de esfuerzo, de sorpresa. Sin abandonar jamás el entusiasmo, la emoción, la mirada y el alma de niño. Quizá por eso hemos sentido, una noche de luna nueva, la presencia, la caricia cercana de algo que no se parece a las cosas de este mundo.

Quizá lo hemos vivido porque nuestra alma de niño no se ha hecho demasiado adulta.

Cuando supe que iba a ser padre me fui, en viaje iniciático, a unas cavernas prehistóricas, hondísimas, profundísimas, oscurísimas. Llenas de códigos, de ritos, de signos, de magia latente. Magia tan densa que envuelve, atrapa, empuja, asombra y te postra con su fuerza sagrada de milenios.

Tenía una necesidad imperiosa de regresar a ese lugar. Como si representara para mi un hogar más allá de la realidad. Como una guarida repleta de acogedor y cálido misterio. Un enclave sagrado para pedir, para orar, por la nueva vida.  

Allí, hace ya algún tiempo, descubrí una “máscara”: un ídolo prehistórico. Estaba retratado, esculpido con paciencia desde hacía casi 30.000 años, pero nadie lo había visto. Carmen y yo sentimos un “flash”, una intuición. Algo que tampoco se aún como explicar. Habían pasado cientos de expertos a lo largo de las últimas décadas. Toda la caverna estaba “cartografiada”. No era un sitio muy oculto. Pero no lo habían visto. No iban quizá con la emoción, con el sentido de fervor sagrado y mágico que nosotros portábamos.

Quizá el viejo ídolo reconoció los ojos de unos adultos que aún miraban como niños. Y se sorprendió.   

Quizá por eso se “asomó” en la roca. Fue un encuentro en la tercera fase, pero no con los ovnis, sino con los espíritus de piedra más remotos. Con los primeros dioses nacidos mucho antes de las religiones y las normas.

Y eso no lo olvidaré jamás.

La sensación, el vértigo, el ahogo, el momento de expansión indefinible que viví al cruzarme con aquella cara en la roca ante la cual hombres como yo se habían arrodillado trescientos siglos atrás, es algo que aún me sobrepasa.

Otro premio inesperado. Algo que no lo cambio por nada. Por eso regresé. Para dar las gracias y vivir mi particular rito de bautismo iniciático. Algunos arqueólogos no lo entienden ni entenderán jamás. Otros, lo sé, hacen lo mismo, pero a escondidas.

Huyendo de unas imposiciones dogmáticas que miden y catalogan sin sentir. Sin unirse al mensaje remoto de la primera magia.

El día que vea a mi hija, que me cruce la primera mirada con ella, que me refleje en sus ojos como en un espejo nuevo que me devuelva la imagen del inexplicable y eterno misterio de la vida, imagino que sentiré algo muy similar. Algo que, en su maravilla transporta ecos infinitos que reverberan más allá del tiempo y el espacio. Algo único e irrepetible en todo el tiempo del mundo. Algo que es la esencia, la prueba, de que somos misterio y vivimos inmersos en él. Desde la fecundación hasta la muerte .Puro misterio que nadie entiende del todo.

En medio de ambas experiencias, el “flash” en Belchite. Inesperado, punzante. En la noche, envueltos de los ecos de la guerra, del odio, de la banda sonora de un dolor que no se marcha de allí. Rozándonos con otros universos que a veces se entrecruzan con este.

Y todo esto debe tener algún significado que me desborda y me catapulta en ciertos momentos a dimensiones que existen y a las que solo accedemos en momentos puntuales. Momentos de enorme emoción que uno sabe que marcan su vida.

Quizá se trate de esas  mismas dimensiones a las que viajaban los chamanes de la Prehistoria en busca de respuestas.

A veces esos lugares más allá de lo físico estaban repletos de monstruos y oscuridades. Y en otras, aparecían presencias luminosas y positivas.

Hay algo, y el ser humano lo ha intuido desde siempre, que nadie, ni los más poderosos, pueden dominar. Por eso no han ahorrado fuerzas en cercenarnos lentamente cualquier punto de contacto con esos mundos y misterios que no estaban vetados en la antigüedad. Nos han apartado del resplandor de lo desconocido porque lo más hondo de su inaprensible naturaleza parece muy superior a nuestro entendimiento, a nuestra lógica y a nuestros sentidos.

Y eso no le gusta nada a nuestros ideólogos sociales que trazan los paradigmas que  asumimos sin rechistar.

Es algo que quizá nos espere más allá de la vida. ¿Quién puede negarlo? Como  una verdad ensombrecida a la que nos han impedido asomarnos. Como una tramoya tejida por realidades oficialmente imposibles donde ocurren las cosas  verdaderamente importantes y que no caben en ningún laboratorio.

Quizá, aunque todos los adiestrados dogmáticos del materialismo se empeñen en que vivamos sometidos a los impulsos primitivos, potenciando el consumismo y el clasismo y el desprecio a todo lo sagrado, esa otra realidad llamada misterio nos aguarde para preguntarnos por nuestra actitud dentro del milagro de la vida. Luces y sombras nos aguardan por algo, y están condenadas en los márgenes de nuestra existencia por algún motivo. Pero están.

Quizá el nacimiento de un nuevo ser, los ecos del pasado y la magia que se respira dentro de los úteros de piedra de la prehistoria, son las diferentes notas de un pentagrama que no alcanzo a interpretar del todo por su complejidad.  Pero son señales que estoy viviendo. Y a través de ellas intuyo que una gran sinfonía, arcaica y remota, mucho más poderosa que nuestras ínfulas de grandeza, nuestra patética sensación de control y sabiduría en torno a la realidad, resuena en dimensiones desconocidas. Y todos la conoceremos cuando llegue su momento.  

Eso llamado misterio, que nos premia de vez en cuando con el destello de su presencia, porta, como un ángel anunciador, el mensaje de que hay fuerzas eternas, cósmicas e insondables. No todo lo podemos medir, ni comprar, ni comprender. Hay un mundo más allá. No asomarse es una opción. Hacerlo, con toda la intensidad, con todo el alma, como parte de ese mismo infinito, es otra.

Y cada uno elige.

Yo ya lo he hecho. Desde niño. Pero ahora empiezo a ser consciente del enorme reto. De los valores que la búsqueda me ha dado como persona. De las bases sólidas y mágicas, nada convencionales, nada comunes, nada estandarizadas, que deseo transmitir a los míos.

Una vida mágica, con todo el sentido de maravilla en cada molécula y en cada estrella, en cada gesto y en cada tarea, en cada paisaje y en cada beso, alejada de la convencional grisura calculada con computadora que algunos quieren imponernos. Eso es lo que uno desea después de intentar leer siempre el lado mágico y heterodoxo de la realidad. Ese, quizá, sea el auténtico valor que extraigo de mi misteriosa aventura de vivir apostando por lo no convencional.

Con toda esa fuerza, con todo ese vigor, con toda esa fe, volvemos esta temporada.

Y todo lo que hagamos a partir de ahora estará teñido por este cúmulo de sensaciones maravillosas, intrigantes y extraordinarias.

Dicen que las vocaciones religiosas están a la baja en este mundo del siglo XXI lleno de ladrillos físicos y mentales que nos han construido. Es lógico, porque han hecho que la gente no crea en nada ni en nadie salvo en si mismo y su interés inmediato, camino de una robotización total.

Realmente, ahora que lo pienso, la fe del buscador, la fe del perseguidor y contador de misterios, tiene mucho más de sacerdocio de lo que pensaba.

Sacerdocio errante que a veces recibe algún premio en forma de destello.

Yo, por mi parte, me voy poniendo mi particular “sotana” para esta temporada.

El crucifijo, bizantino y del siglo IV, ya lo llevo al cuello hace algún tiempo.

Y creo, sinceramente, que me ha traído suerte.

Iker Jiménez