«Amigo Lobo» por Iker Jiménez

Doy un paso adelante para intentar proteger al lobo. Porque al lobo quieren cazarlo al sur del Duero. Los políticos españoles así lo han planteado...
Lunes 11 abril 2011

Reconozco que durante algunos años tuve interés por los toros. Acudí a corridas, intentando percibir algo atávico, ritual, místico. Algo de esencia que, sin saber bien por qué, me llamaba con curiosidad. Nunca me gustó el maltrato al toro. Y la verdad es que viví momentos emocionantes, de lucha entre vida y muerte, en una extraña danza. Influido por maestros a los que admiro como Goya, Solana y tantos otros, nunca fui un experto, pero había algo de España Ancestral que me producía escalofríos.

Martincho Bearcaiztegui, El Estudiante de Fálces, con su capa negra de fantasma, y tantos personajes grabados y en aguafuerte se habían convertido en estampas de mis sueños y pesadillas. Y , como curioso errante, quería saber que quedaba de todo eso en la plaza. Esa fue mi peculiar investigación.

A mediados de los noventa dejé de ir a los toros. El toro, como símbolo atávico, poderoso, siempre había contado con mi profundo respeto y admiración. El respeto que se les tiene a los viejos dioses de la vieja Hispania. Eso a pesar de conocer, de cerca en algún que otro encierro, sus peligros. El toro, es justo decirlo, concentraba mi atención y me desagradaba el final de la fiesta, que muchas veces era accidentada y traumática. En 2006, con el estreno televisivo, me invitaron de nuevo a los toros. Llevaba más de una década sin acudir y probé suerte. ¿Me encontraría con esos códigos ancestrales que sin saber por qué habían poblado mi propio inconsciente?

Fue la última vez que pisé una plaza. Mi concepto de los animales quizá había variado exponencialmente. Es muy posible. Aunque siempre fui amante de la fauna, desde niño, lo cierto es que el sufrimiento, aún en la bravura y en la pelea, me desagradaba.

Jamás he regresado. En este aspecto, como persona que no soporta las ideas fijas, inamovibles, impuestas y replicadas sin ser comprendidas, que cree en la libertad del análisis y de la propia contradicción, tuve una transformación. Sin odio hacia nadie. Sin chillidos. Sin soflamas ni proclamas. Un camino solitario y poco transitado. Como a mi me gusta. Como el lobo.

En la última década los animales, todos, se me han revelado como un gran secreto. He sido niño caso criado con perros. Perros de caza y perros guardianes. Perros cariñosos, pequeños y grandes. Y poco a poco se han convertido en compañeros de vida. Con más cariño, más bondad, mas generosidad que la mayoría de los humanos que se han cruzado en mi camino.

Nunca he llorado tanto, por nadie, como por mi perro. Y muchas veces lo he imaginado en los cielos, vagando por las alturas cósmicas, junto a sus ancestros los lobos. Por eso los lobos, y más aún con la voz de Félix como padre de todos ellos, han poblado a veces mis sueños.

Como signo de la última libertad.

El pacto de los lobos y los hombres, el nacimiento de los perros, siempre se ha tejido en mi imaginación como un momento crucial para la humanidad. Una humanidad que hace hoy cosas a los animales que ellos nunca nos harían.

¿Y qué pasó en aquel instante de la Prehistoria? ¿Cómo nos hicimos amigos hombres y animales? ¿Podríamos volver a intentarlo?

“Percibí del lobo algo tan bello, tan noble, tan agreste, tan auténtico, que en esta ocasión yo, eterno enemigo de cruzadas ruidosas que a veces enarbolan banderas sin saber de verdad lo que se cuece por detrás, sí doy un paso adelante...”

Los lobos no son peluches. Como no lo son los tigres o los leopardos. El problema de las muy concienciadas personas del siglo XXI es que en ocasiones lo confunden todo. Y a veces todo pretende ser tan correcto que es como de postal. No auténtico.

Un tigre con hambre, me contaba una noche un explorador, te come. El leopardo, lo mismo. Mejor que no te encuentres con ellos en esa tesitura. La naturaleza es así. Con sus códigos. Y nosotros somos naturaleza. No debemos olvidarlo y abstraernos de ella.

Y en las leyes rígidas de esa naturaleza, el hombre siempre ha convivido y competido con los animales. Pero esa pelea, que entiendo en el hombre prehistórico, donde muchas veces no ganaba la batalla sino al contrario, no tiene mucho sentido hoy, aquí, con el lobo. Con nuestro lobo.

El lobo no representa peligro para el ser humano ahora mismo. Muchas circunstancias terribles deben darse para que suceda un percance. El lobo, y lo he comprobado, huye del hombre siempre. Entre tantas preguntas he conocido al lobo, que era uno de mis sueños. Un miembro del equipo de Félix, Carlos Sanz, hizo el milagro. Y esa mañana mi mujer fue aceptada por una manada.

Difícil de olvidar. Difícil no posicionarse después de lo vivido.

“No debemos cometer otra tropelía sobre nuestra especie más bella. No debemos seguir la espiral de dominio y destrucción de la naturaleza...”

Percibí del lobo algo tan bello, tan noble, tan agreste, tan auténtico, que en esta ocasión yo, eterno enemigo de cruzadas ruidosas que a veces enarbolan banderas sin saber de verdad lo que se cuece por detrás, sí doy un paso adelante. Doy un paso adelante para intentar proteger al lobo. Porque al lobo quieren cazarlo al sur del Duero. Los políticos españoles lo han planteado a la Comunidad Económica Europea. Y animo a muchas personas sensibles a que hagan lo mismo. Que muestren su opinión de forma cívica y rotunda.

Que se cace y persiga al lobo me parece un gran error. Los políticos y los amigos de cacerías en confortables puestos, lo desean. Yo, amigo de lo que significa la raíz de la España Mágica, lo detesto. Yo, amigo de la naturaleza, creo que no es el camino. Que se puede cometer un error. Un error terrible. Que podemos echar por tierra lo que Félix logró con tanto esfuerzo, humanidad y genialidad.

“He visto al lobo. Lo he tocado. Lo he mirado. Me ha impregnado con su olor. Y el lobo no es peor que el hombre...”

He visto al lobo. Lo he tocado. Lo he mirado. Me ha impregnado con su olor. Y el lobo no es peor que el hombre. Ni mucho menos. Es el último superviviente. Que no nos entiende. Que no sabe de políticas, ni intereses. Que quiere vivir en paz , sabiendo poco de esta especie decadente, como hace milenios. Por los mismos campos que un día fueron suyos.

Hay soluciones buenas para todos; hay posibles medidas. Los biólogos y estudiosos lo saben muy bien. Yo solo espero que la ley humana y el vil metal no nos dejen sin el Lupus Canis Signatus. En un país donde los mataderos y las granjas de explotación dan pánico, con animales víctima y animales explotados que, con soflamas o sin ellas, parece que no interesan a nadie, no debemos cometer otra tropelía sobre nuestra especie más bella. No debemos seguir la espiral de dominio y destrucción de la naturaleza.

En un país donde el maltrato y el abandono de perros es una lacra que nos define como especie, no debemos tropezar de nuevo.

Amigo Lobo, te deseo lo mejor. Tienes derecho a vivir. Por mi parte, con la imagen, con la voz y con la palabra, clamaré por esta injusticia.

Es lo mínimo que puedo hacer… después de haberte conocido.

Iker Jiménez
+ enlaces de interés:

Dossier: Operación Lobo
Reportaje: Jugando con lobos