«Las dedicatorias de mis amigos»

por Iker Jiménez

Tengo, desde siempre, la costumbre bibliófila de pedir a todos los amigos - y no amigos- escritores que me rubriquen sus obras cuando aparecen por la Nave del Misterio, bien sea en su versión radiofónica o televisiva.

Amo los libros, por eso me rodean siempre, y se que, estampados por sus autores, esos volúmenes cobran una magia especial. Se han convertido, de pronto y como por ensalmo, en otra cosa. En algo que además de tinta y papel, tiene alma.

"A Iker, mi mejor lector. Juanelo y yo te queremos"

Baltasar Magro

"A Carmen e Iker, dos almas atlantes"

Manuel Pimentel

Cuenta la leyenda que no se deben dar a conocer las dedicatorias que le hacen a uno. Que deben permanecer en la bruma, tras las tapas. Pero yo lo hago, en esta columna, porque ambas han coincidido en el tiempo y para servidor valen mucho en su sentido más profundo. Reflejan algo que quiero contar a los cuatro vientos. Porque en los tiempos que corren, en la época de la desidia y la perdida de referencias, pueden ser importantes. O al menos son la muestra de que no todo está perdido.

Esta semana de primavera, en el espacio de apenas un par de días, he tenido la fortuna de verme cara a cara con dos ejemplos de honestidad, rigor, valentía e ilusión. Raras avis, desde luego. Ambos te insuflan su energía cuando les oyes hablar, apasionados, de sus novelas y sus verdades. Ambos son capaces de ir de frente, sin reparar en el eterno "qué dirán" esgrimido siempre por tanto mediocre que todo lo adormece, dispuestos a transmitir una fuerza muy especial a quien quiera leer y escuchar. Una fuerza que parece atávica y remota. Auténtica en un mundo donde todo es sucedáneo. Quizá hablemos de la fuerza de la ilusión pura.

A mi me gusta aprender de estas visitas. Y por eso les pido que me firmen su libro, como en un ritual ancestral, para que algo de ese espíritu que me trajeron se quede en mi biblioteca. Se quede conmigo.

En la penumbra del estudio 1 estuvo el gran Baltasar Magro. Su rostro es y será para siempre el de Informe Semanal, uno de los programas legendarios de la Televisión. Un reportero que ama la investigación, la búsqueda...y el misterio. Disfruté de su presencia como nunca. Ya sabía, y ya habíamos discurrido mucho ambos sobre la enigmática figura de "el Da Vinci Toledano", Juanelo Turriano... pero lo que nos ocurrió esa madrugada, frente a los micrófonos, fue emocionante.

Yo veía y sentía a un periodista del quien aprender, a un hombre que emanaba emoción en cada palabra. Como deben vivirse las cosas. Y así, de aquel genio incomprendido y antiguo, acabamos hablando, delante y detrás de la luz roja que nos conectaba con todo el país, de la batalla entre la Ortodoxia y la Heterodoxia. De la cruzada que se libra desde casi el principio del tiempo. De la guerra invisible entre quienes se emocionan y creen en lo que hacen...y los que quieren cuadricular el mundo, el pensamiento y la vida como si fuese una fórmula fría e impersonal.

Con Baltasar comprendí lo difícil que siempre lo tienen los libre pensadores. Esos a los que me adscribo desde que tengo uso de razón. Pero también percibí lo firmes que están nuestras trincheras para combatir todo lo que sea ostracismo, desidia, ganas de matar lo asombroso y deseos de pulverizar cualquier recuerdo de la España Mágica y Ancestral.

Quienes quieran hacerlo, quienes quieran fulminar ese legado, siempre nos tendrán enfrente.

Fue una auténtica comunión de pensamientos. Ahí vi a un maestro. Diáfano. En su forma de escribir, de reflexionar y de expresarse. Y pensé, ya en el silencio de la casa, la suerte de tener amigos así. La suerte de poder rodearte de esa fuerza de los solitarios que creen en lo que hacen. Al margen de cualquier rebaño establecido por el dogma ortodoxo. Solitarios y libres.

Un par de jornadas atrás, en esa semana milagros y edificante, recibí en el plató de Cuarto Milenio a Manuel Pimentel. Entre otras miles de cosas, editor -increíble la labor que este hombre está haciendo solo con la fe del que ama los libros- escritor y célebre y valorado Ministro de Trabajo en la frontera del fin de milenio. Manuel me impresionó como pocas personas lo han hecho en mi trayectoria vital.

Cada palabra, cada gesto, cada sentencia, brotaban como un torrente que mana fluido en quien es riguroso y poeta al mismo tiempo, del que sabe y el que aprende constantemente del río de la existencia. Del que no tiene miedo a la verdad… ni al misterio. Del que sabe que queda todo por descubrir y que no teme las reacciones, las burocracias, las verdades políticamente correctas ni el globalismo atronador que todo lo asfixia y que no quiere que recordemos ni quienes fuimos.

Y si el gran Juanelo Turriano, el genio, alquimista y creador de vidas androides en el Toledo del Siglo XVI, fue banderín de enganche con Baltasar, del mismo modo, surgió la Atlántida y su mito y su verdad. La Atlántida más allá de las columnas de Hércules, la Atlántida prodigiosa y quizá andaluza que sin duda existió y que nadie sabe exactamente ni cómo fue ni cómo la maldición de los dioses la sumió en los abismos en una sola noche. Ese mundo que a veces se aparece en inteligibles piedras o pistas difusas indicando un sueño.

Y de esos ecos de la Atlántida, con valentía, con sabiduría, sin temor a tanto científico y tanto arqueólogo temeroso de abandonar por un solo instante la Ortodoxia aprendida de manual, Manuel Pimentel dio una clase magistral. Inolvidable. Y quise aprender de ella hasta el último segundo.

El periodista prestigioso me firmó su "Círculo de Juanelo", y el Ex-Ministro, editor y escritor, hizo lo propio con su maravilloso "El Librero de la Atlántida". Y ambos rieron, sabiendo que esas novelas tenían tanta verdad que hasta los no iniciados podrían encontrarse con ella. No hay mayor secreto que el que se pone delante de los ojos y nos ciega con su enigma.

Ya llevo detrás mucha radio, unos 1500 programas en todos estos años, desde 1990, mucha tele -cosa que resulta milagrosa en los tiempos que corren- y os aseguro, amigos de la Nave del Misterio, que a veces no es un caso, una historia o un documento, lo que emociona y estremece. A veces son dos amigos. Dos sabios. Dos valientes. Eso es lo que te anima a seguir, a aprender. Con la esperanza de guardar algo de ellos. De ese espíritu auténtico que no abunda.

Por eso, desde esta semana, esas firmas significan, desde sus estantes, que hay gente que merece la pena.Image Y tener maestros es, siempre querer aprender. Y estoy convencido de que querer aprender es, en definitiva, aprovechar y exprimir el gran misterio de la vida.

Iker Jiménez