LAS SOMBRAS DEL CAMPOSANTO

La madrugada del 18 de marzo el e-mail nos reservaba una sorpresa monumental.

La excelente pintora gaditana, Carmen Lupión, especialista en trabajos basados en fotografía antigua, nos remitía una imagen reveladora: tres niñas, agarradas de la mano, con trajecitos de volantes, con lazos en el pelo y con misteriosa sonrisa.

No había duda, eran las tres niñas del Camposanto de la provincia de Ávila que tantos quebraderos de cabeza nos habían dado a lo largo y ancho del último año.

Conectamos con ella y nos confirmó que incluso justo tras la emisión de un programa de Cuarto Milenio nos había remitido una información previa sobre la existencia de esa imagen. Por desgracia, los más de siete mil mensajes semanales que recibimos hacia el programa, hacen completamente imposible leerlos todos. Pero Carmen volvió a remitirnos la información y la vieja estampa. Y su insistencia fue clave. No había duda, era una toma antigua, muy difícil de encontrar, posiblemente de una web austriaca.

La posición, el tamaño y la composición general demostraba que las tomas obtenidas por Nacho, el sobrino de Isabel García, eran, por lo tanto, una manipulación.

Reconozco que mi confianza en la familia era total. Por eso la sorpresa ha sido mayúscula. Cierto es que, a partir del programa especial de Cuarto Milenio, las cosas se habían ido precipitando, tomando unos derroteros que, presumíamos, iban a acabar del modo más espectacular. Los diversos analistas informáticos tenían claro que de ser montaje era hábil y elaborado, y que había un archivo que demostraba cierta manipulación interna a través de un célebre programa informático.

Plasmamos estas dudas, conjugándolas con la presencia de toda la familia en el Camposanto, mostrando como Nacho, principal protagonista- y autodenominado escéptico- hacía cada una de las tomas. Desde qué punto y de qué forma. Incluso apoyándose en la cabeza de su novia a modo de trípode. Allí estuvimos todos, indagando, buscando, con una familia entregada que nos dio todos los datos y toda la ayuda.

Por eso confiamos en que no mentían. ¿Cómo iban a hacerlo allí, mano a mano, pasando frío con nosotros y contándonos como ocurrió todo con todo lujo de detalles?

Tras las pesquisas de Milenio3- con sustos incluidos a modo de extrañas grabaciones obtenidas ante el Jefe de Programas y con la ayuda inestimable de uno de los más veteranos y expertos Técnicos de la SER, Javier Rodríguez- comprobamos que, efectivamente, el lugar tenía algo especial. Era una sensación, una intranquilidad. ¿La historia allí concentrada? ¿ La sugestión por las imágenes que en un primer instante habían sorprendido a tanta gente?

He de reconocer que nunca me había encontrado con una actitud así de una persona que evidentemente, o había manipulado personalmente las imágenes para engañarnos, o había contado con otros para gastarnos una monumental broma que ha salido por la culata.

Nacho, el que apretó el botón en el Camposanto, hablaba con exactitud, con cadencia, punto por punto, paso a paso, tenemos horas de grabación con él y, desde luego, de demostrarse el fraude definitivamente, es uno de los mejores actores que me he encontrado en la vida.

Quizá era una broma a su propia tía, Isabel, magnífica persona que creyó honestamente en el fenómeno. Que nos ayudó, que investigó, que por escrito dejó en esta web la certeza de su puño y letra de que eran las fotos de su familia y que no había fraude alguno. La misma que se disgustó en un llanto tremendo el día que le contamos que habíamos recibido una foto antigua que demostraba definitivamente nuestras sospechas.

Y es que las sospechas existían.

Después del célebre programa de enero, pedimos por activa y por pasiva la tarjeta original. La respuesta era la avería de la cámara, pero descubrimos que había un programa, sofisticado y caro, que aún podría recuperar la información primigenia. Quizá era nuestra actitud de llegar hasta el fondo del asunto lo que heló la sangre del principal protagonista.

Y digo esto porque a raíz de este instante todo fue silencio por su parte. Fue entonces cuando vimos que Nacho, en nuestra opinión único protagonista como autor de las fotos y cuya actitud nada tiene que ver con la del resto de la familia García, reculaba, se aislaba y ya no quería colaborar.

Prometimos a la audiencia que investigaríamos hasta el final. Y muchos amigos, cientos, se involucraron en la búsqueda del archivo original, de la foto raíz. Al final, casi de casualidad, la pintora gaditana daba en la diana.

Como periodistas creo que hemos cumplido en nuestra misión; contar todo lo que fuimos descubriendo paso a paso. Lo incomprensible es que alguien actúe de ese modo, acompañándonos, implicando a su propia familia, como si su sospechosa broma inicial destinada quizá a minar la credibilidad de determinado programa se le fuera escapando de las manos. Quizá Nacho no esperaba que el equipo de Milenio investigase hasta el final.

La trama de las niñas del Camposanto tiene varios factores que aún se me escapan y que espero podamos descubrir con el tiempo.

Lo asombroso, lo que queda para mí en esta experiencia, es el valor profundo de la colaboración ciudadana, de esa red inmensa de amigos activos que además de oyentes o televidentes son verdaderos buscadores…y también el aprendizaje sobre lo complejo de la condición humana. Algo que siempre puede sorprender al más pintado.

Hasta hoy nunca creería que alguien pudiese efectuar un montaje como este. No por las niñas, la complejidad o la forma de ayudarnos sibilinamente en el lugar de los hechos y ante grabadoras y cámaras. No es por eso, sino por algo que entra de lleno en la condición humana. Y me explico; aquellas niñas apócrifas estaban sobre una tumba de un familiar.

Y eso… eso si que es grave. Tanto como para compadecer al propio autor del fraude.



 

Iker Jiménez